CAPITULO # 3.-
Raven se despertó poco a
poco, se sentía incapaz de abrir los ojos, el sueño
se apoderaba de ella y
la arrastraba. De alguna forma sabía que no debía
despertar, aunque era
esencial que lo hiciera. Abrió los ojos a la fuerza y
volvió la cabeza hacia
la ventana. El sol entraba a raudales. Se obligó a
sentarse y al hacerlo,
las sábanas se deslizaron dejando a la vista su cuerpo
desnudo.
- Tom – susurró - te
tomas demasiadas libertades - Intentó conectar con
él automáticamente,
sentía una necesidad imperiosa de hacerlo. Al notar que
dormía, se retiró de su
mente. El ligero contacto fue suficiente. El estaba a
salvo.
Raven se sentía
diferente, feliz incluso. Podía hablar con cualquiera, tocar a
cualquiera sin
importarle esa sensación de peligro. La libertad de relajarse
en presencia de otro ser
era una alegría enorme.
Tom tenía grandes
responsabilidades. Ella no sabía quién era él, solo que
era alguien importante.
Era obvio que se sentía muy a gusto con sus poderes,
no como ella, que aún se
sentía como una especie de monstruo. Quería ser
como él, tener confianza
en sí misma y no importarle la opinión de los demás.
No conocía apenas nada
de la vida en Rumanía. Las poblaciones rurales eran
pobres y supersticiosas.
No obstante eran personas amables y con una
bonita artesanía. Tom
era diferente. Había oído hablar de la gente de los
Cárpatos; no de los
gitanos, sino de unas personas bien educadas, con dinero
y que vivían por
decisión propia en el corazón del bosque, en plena montaña.
¿Tom era su líder? ¿Era
esa la razón de su arrogancia y de su carácter
reservado?
La ducha le sentó bien a
su cuerpo, librándolo de aquella sensación de
somnolencia. Se vistió
con sumo cuidado, se puso unos vaqueros, un jersey
de cuello de cisne y una
sudadera. Aunque hiciera sol, hacía mucho frío en
las montañas, y tenía
pensado ir a explorar. Por un momento sintió un dolor
agudo y una quemazón en
el cuello. Se retiró el jersey para examinar la
herida. Era una marca
extraña, parecía el mordisco de un adolescente
enamorado, pero aún más
intenso.
Se ruborizó al recordar
la imagen de Tom en el momento de dejarle la
marca. ¿Por encima de
todo tenía que ser tan extremadamente provocativo?
Podía aprender mucho de
él. Se había dado cuenta de que él era capaz de
estar siempre protegido
del constante bombardeo de emociones. Para ella,
ser capaz simplemente de
sentarse en medio de una habitación atestada de
gente y no sentir nada
más que sus propias emociones, sería un enorme
milagro.
Raven se calzó sus botas
de montaña. ¡Un asesinato en este lugar! Era un
sacrilegio. Los
habitantes del pueblo debían estar aterrorizados. Al salir de
la habitación sintió un
extraño movimiento del aire. Como si tuviera que
empujar contra una
fuerza invisible. ¿Tom otra vez? ¿Intentaba
mantenerla encerrada?
No. Si había sido capaz de tal cosa, aquellas
barreras invisibles la
habrían detenido. Aquello era una especie de
protección para mantener
a cualquiera lejos de su habitación. Aún
destrozado por el dolor
y la rabia de aquel asesinato sin sentido y tan
horrendo, la había
ayudado a dormir. La imagen de Tom preocupándose
de protegerla y ayudarla
la hizo sentirse querida.
Eran las tres de la
tarde – demasiado tarde para almorzar y excesivamente
temprano para cenar – y
Raven tenía hambre. La dueña de la pensión le
preparó muy amablemente
una cesta con comida para que cenara de camino.
Ni una sola vez mencionó
que se hubiera producido un asesinato. De hecho,
parecía ignorar por
completo esta noticia. Raven no se sentía con ganas de
sacar el tema. Era raro;
la señora fue tan amable y simpática – incluso habló
de Tom, para ella era un
viejo amigo, muy querido – pero Raven no pudo
decir ni una sola
palabra del asesinato ni de lo que había supuesto para él.
Una vez fuera, se colocó
la mochila en la espalda. No pudo percibir el horror
del asesinato en ningún
sitio. Ni en la pensión ni en la calle parecían
excesivamente
perturbados. Pero no podía estar equivocada; las imágenes
habían sido claras y
fuertes, y el dolor agudo y muy real. Había percibido
tantos detalles que no
podía ser obra de su imaginación.
- ¡Señorita Whitney! Su
apellido es Whitney, ¿verdad? - dijo una voz
femenina unos pasos
detrás de ella. Margaret Summers se acercaba
deprisa, su rostro
reflejada ansiedad, nerviosismo. Era una señora próxima
a los setenta años, de
aspecto frágil, cabello gris y una forma de vestir
acorde con su edad -
Querida, está muy pálida esta mañana. Todos
estábamos muy
preocupados por usted. Ese joven, llevándosela de la manera
que lo hizo, nos dejó
muy asustados.
A Raven le hizo gracia.
- Su presencia intimida
un poco ¿no es así? Es un viejo amigo que se
preocupa en exceso por
mi salud. Créame, Sra. Summers, me cuida muy bien.
Es un importante hombre
de negocios; puede preguntarle a cualquiera del
pueblo.
- ¿Está enferma querida?
- Preguntó Margaret de forma solícita,
acercándose tanto que
Raven se sintió amenazada.
- Me estoy recuperando -
contestó sin dejar lugar a dudas, deseando que
fuese cierto.
- ¡Yo la he visto antes!
- exclamó Margaret - Usted es la extraordinaria
joven que ayudó a la
policía a capturar a aquel demonio que asesinaba en San
Diego hace más o menos
un mes. ¿Qué puede estar haciendo usted aquí, en
este lugar?
Raven se frotó la
frente.
- Este tipo de trabajo
es muy extenuante, Sra. Summers. A veces enfermo.
Fue una persecución
larga y necesitaba alejarme de todo aquello. Quería
visitar algún hermoso
lugar remoto, un lugar saturado de historia, donde
nadie me reconociera y
me señalara con el dedo como a un monstruo.
Los Cárpatos son muy hermosos. Puedo caminar,
sentarme tranquilamente y
dejar que el viento se
lleve los recuerdos de aquella mente depravada.
- ¡Oh, querida! -
Margaret alargó la mano con preocupación, intentando
tocarla.
Rápidamente, Raven se apartó
hacia un lado.
- Lo siento mucho; me
molesta mucho tocar a cualquier persona después de
impregnarme de la mente
de un loco. Por favor, entiéndalo.
Margaret asintió con la
cabeza.
- Aunque he notado que a
su joven amigo no le importó tocarla.
Raven sonrió.
- Es muy mandón, y le
encanta especialmente representar escenas
melodramáticas, pero es
muy bueno conmigo. Hace tiempo que nos
conocimos. Tom viaja
muchísimo, ¿sabe? - Sus labios soltaron toda la
sarta de mentiras sin
ninguna dificultad. Se odió por ello - No quiero que
nadie sepa nada de mí,
Sra. Summers. Odio la publicidad y en este momento
necesito estar apartada
de todo. Por favor, no le diga a nadie quién soy.
- Por supuesto que no,
querida, pero ¿cree que es seguro que ande vagando
por ahí, sola? Hay
muchos animales salvajes merodeando por esta zona.
- Tom me acompaña en mis
pequeñas excursiones, y obviamente no voy a
curiosear por el bosque
cuando anochece.
- ¡Oh! - Margaret pareció
calmarse - ¿Tom Dubrinsky? Aquí todos hablan
de él.
- Ya se lo dije, me cuida
en exceso. Y en verdad, le encantan los platos de la
dueña de la pensión - le
confió con una sonrisa, alzando la cesta con comida -
Mejor me marcho o llegaré
tarde.
Margaret la dejó pasar.
- Tenga mucho cuidado,
querida.
Raven se despidió agitando
la mano y se alejó dando un paseo despacio y
tranquilo por el camino
que se internaba en el bosque y subía hacia la
montaña. ¿Por qué se había
visto obligada a mentir? Le gustaba estar sola y
jamás se había tenido que
justificar por lo que hacía. Por algún motivo que
no acababa de entender, no
quería hablar de la vida de Tom con nadie,
menos aún con Margaret
Summers. La mujer parecía excesivamente
interesada en él. Se le
notaba en la mirada y en la voz, aunque no hizo ningún
tipo de comentario al respecto.
Podía sentir a Margaret Summers
estudiándola
cuidadosamente, hasta que el camino giró bruscamente y los
árboles la ocultaron.
Raven movió la cabeza con
tristeza. Se estaba convirtiendo en una especie
de presa, al evitar que
cualquiera se le acercara, incluso una dulce viejecita
preocupada por su
seguridad.
- ¡Raven! ¡Espera!
Cerró los ojos, molesta
por la intromisión. Se las arregló para componer una
sonrisa en cuanto Jacob la
alcanzó.
- Jacob, me alegra que te
hayas recuperado, te atragantaste, ¿verdad? Fue
una suerte que el camarero
conociera la maniobra de Heimlich.
Jacob frunció el ceño.
- No me atraganté - dijo a
la defensiva, no quería que ella lo acusara de no
saber comportarse en la
mesa - Todos lo creen, pero no me atraganté con un
trozo de carne.
- ¿De verdad? La forma en
la que te agarró el camarero… - no acabó la
frase.
- Bueno, no te quedaste el
tiempo suficiente para darte cuenta - la acusó de
mala gana, totalmente
ceñudo - Dejaste simplemente que ese… Neandertal
te sacara en brazos de allí.
- Jacob - dijo amablemente
- no me conoces, no sabes nada de mí ni de mi
vida privada. Por lo poco
que conoces, ese hombre podía ser mi marido. Me
encontraba muy mal anoche.
Siento mucho no haberme quedado, pero en
cuanto vi que te
recuperabas, no creí apropiado vomitar en el comedor.
- ¿Cómo es que conoces a
ese hombre? - preguntó Jacob celoso - Los
vecinos del pueblo dicen
que es el hombre más poderoso de esta zona. Es
rico, es el dueño de todos
los negocios petrolíferos. El típico hombre de
negocios con mucho poder.
¿Cómo pudiste conocer a un hombre así?
Se estaba acercando a
Raven cada vez más, y de repente, cayó en la cuenta
de lo solos que se
encontraban y de lo retirados del pueblo que estaban.
Tenía una mirada de niño
consentido que estropeaba su rostro infantil.
También pudo percibir otra
cosa, una especie de excitación, que lo hacía
sentir culpable. Percibió
que ella era una parte importante de sus fantasías
más perversas. Jacob era
un niño rico acostumbrado a conseguir cualquier
nuevo juguete que se le
antojara.
Raven percibió un pequeño
movimiento en su mente.
¿Raven? Temes por tu seguridad -Tom
estaba profundamente dormido,
pero luchaba por
despertarse.
Ahora empezó a
preocuparse. Tom era una especie de interrogación en su
cabeza. No sabía qué iba a
hacer él, solo que la protegería. Por ella misma,
por Tom y por Jacob, este
último tenía que entender que no quería nada
con él. Puedo
manejar esto, le contestó para tranquilizarlo.
- Jacob - dijo
pacientemente - creo que deberías marcharte; vuelve a la
pensión. No soy una mujer
fácil de intimidar. Me estás acosando y no tendré
ningún problema en exponer
una denuncia en la policía local, o como se llamen
- Contuvo la respiración
al notar que Tom esperaba.
- ¡Muy bien, Raven!
¡Véndete al mejor postor! ¡A ver si consigues un marido
rico! Él te usará y luego
te dejará tirada; ¡Eso es lo que hacen los hombres
como Dubrinsky! - gritó
Jacob. Escupió algunos insultos más y se marchó
dando zancadas.
Raven dejó escapar el aire
de sus pulmones muy despacio, dando gracias.
- ¿Ves?- Dijo obligándose a
reírse en sus pensamientos- Manejé yo misma la
situación, y
eso que soy una insignificante mujer. Sorprendente ¿no?
Desde el otro lado de la
densa arboleda, imposible de ver desde donde ella
estaba, se oyó el grito de
terror de Jacob y después un débil gemido.
Mezclado con su segundo
chillido, pudo oírse el rugido de un oso enfurecido.
Algo pesado cayó al suelo
entre los arbustos, detrás de Raven. Ella oyó la
risa de Tom, muy
masculina, se estaba divirtiendo de lo lindo.
- Muy
divertido, Tom. -Jacob emanaba
miedo pero no se había hecho
daño- Tienes un sentido
del humor bastante dudoso.
- Necesito dormir. Deja de meterte
en problemas, mujer.
- Si no te quedaras despierto toda
la noche, no pasarías todo el día
durmiendo, le regañó. ¿Cuándo trabajas?
- Los ordenadores trabajan solos.
La imagen de Tom con un
ordenador la hizo reír. A él no le pegaban los
coches ni los ordenadores.
- Vuelve a
dormir grandullón. Muchísimas gracias, puedo manejarme yo sola
sin un enorme
machote que me proteja.
- Preferiría,
en realidad, que volvieras a la pensión hasta que yo me levante.
No hubo ni el más ligero
asomo de orden en su voz. Estaba intentando
suavizar su forma de ser y
sus esfuerzos la hicieron sonreír.
- No lo haré, aprende a vivir con
mi forma de ser.
- Las americanas sois realmente
difíciles.
Siguió subiendo la
montaña, la risa de Tom todavía resonaba en su
cabeza. Dejó que la
quietud de la naturaleza inundara su mente. Los pájaros
cantaban suavemente; el
viento susurraba entre los árboles. El prado estaba
cubierto de flores de
intensos colores que se mecían con la brisa.
Raven no se detuvo, se
sentía en paz en aquella soledad. Se encaramó a una
roca escarpada, en la
parte alta de una pradera rodeada de espesos grupos
de árboles. Comió y se
tumbó de espaldas, recreándose en el paisaje.
Tom se movió, permitiendo
a sus sentidos explorar su entorno. Yacía en la
tierra poco profunda, sin
que nadie lo molestara. Ningún humano se había
acercado a su guarida.
Quedaba poco menos de una hora para el anochecer.
Emergió de la tierra,
saliendo al sótano húmedo y frío. Mientras se duchaba,
imitando la manera humana
de proceder a la limpieza – aunque realmente no
era necesario -, tocó la
mente de Raven. Estaba amodorrada en la montaña,
desprotegida y empezaba a
oscurecer. Frunció el ceño. La mujer no tenía ni
idea de cómo tomar medidas
de protección. Le urgía darle una buena
sacudida, no, más aún,
quería levantarla de donde estaba tumbada y
mantenerla segura en sus
brazos para siempre.
Se puso en marcha bajo el
pálido sol, subiendo por los caminos de la montaña
con la rapidez de los
suyos. El sol acariciaba su piel, calentándola, haciéndole
sentir vivo. Las gafas
oscuras, realizadas especialmente para él, le protegían
los ojos ultrasensibles;
no obstante, le molestaban unos pequeños pinchazos.
Al acercarse a la roca
donde Raven dormía, captó el olor de otro de los
suyos, de un hombre.
- Rand.
Tom enseñó los dientes. El
sol se hundió tras la montaña, alargando las
sombras de las colinas y
bañando el bosque con tenebrosos secretos. Tom
salió al claro, con los
brazos extendidos a ambos lados. Su cuerpo emanaba
poder, se movía de forma
fluida, como si volara. Era un demonio que
acechaba, silencioso y
letal.
Rand estaba de espaldas a
él, acercándose a Raven. Al sentir la fuerza en el
aire, se giró. Sus
facciones estaban desfiguradas por el dolor y la ira.
- Tom… - le falló la voz,
cerró los ojos - Sé que jamás me perdonarás.
Sabías que no era un
verdadero compañero para Noelle. Aún así, ella no
hubiera permitido que yo
me marchara. Me amenazó con quitarse la vida si la
dejaba, si yo intentaba
buscar a otra. Permanecí junto a ella como un
cobarde.
- ¿Por qué te encuentro
agazapado al lado de mi mujer? - gruño Tom,
mientras la furia lo
invadía. Las excusas de Rand le asqueaban, aunque
fueran ciertas. Si Noelle
había amenazado con morir bajo el sol, él tendría
que haberlo sabido. Tom
tenía el suficiente poder para detener el
comportamiento
auto-destructivo de Noelle. Rand sabía muy bien que él era
su príncipe, su líder, y
aunque nunca había compartido su sangre con el
compañero de su hermana,
podía leer en su mente el placer perverso que le
proporcionaba esta
relación, su dominio sobre ella y la obsesión que Noelle
sentía.
A sus espaldas, Raven se
movió, se sentó y se echó el pelo hacia atrás, ese
pequeño gesto tan suyo. Se
veía soñolienta, provocativa, era una sirena
esperando a su amante.
Rand giró la cabeza para mirarla y una expresión
taimada y astuta cruzó por
su rostro. Ella sintió la inmediata orden de
Tom para que guardara
silencio, y percibió el dolor no reprimido de Rand,
sus celos y el odio que
sentía hacia Tom, la tensión palpable entre los dos
hombres.
- Byron y Jacques me
dijeron que ella estaba bajo tu protección. No podía
dormir y sabía que estaba sola
sin ningún hechizo que la protegiera. Tenía
que hacer algo o habría
elegido unirme a Noelle - Era un ruego, buscaba
comprensión, no el perdón.
No obstante, Raven no creyó nada de lo que Rand
dijo. No supo por qué ya
que su dolor era real. Quizás estaba desesperado
por conseguir el respeto
de Tom y sabía en el fondo que no iba a lograrlo
- Entonces, estoy en deuda
contigo - dijo Tom solemnemente, le costaba
un enorme esfuerzo ocultar
el asco que sentía por un hombre que dejaba a
su mujer desprotegida, habiendo
dado a luz hacía tan poco tiempo, para
atormentarla con el olor
que otra mujer dejaría sobre él.
Raven bajó de la roca, era
una menuda mujer de mirada compasiva en sus
grandes ojos azules.
- Siento muchísimo la
muerte de su esposa - dijo en un susurro, cuidando de
mantener la distancia. Era
el marido de la mujer asesinada. Su dolor y
culpabilidad llegaban
hasta el cuerpo de Raven con dolorosa intensidad, pero
ella estaba preocupada por
Tom. Algo iba mal con Rand. Su mente estaba
desequilibrada, no era
malvado, pero había algo extraño en él.
- Gracias - dijo Rand
escuetamente - Necesito a mi hijo, Tom.
- Necesitas que la tierra
te cure - le contestó Tom como respuesta, era
una decisión irrevocable y
estaba firmemente decidido a que se cumpliera su
voluntad. No entregaría un
precioso bebé indefenso a este hombre en su
actual estado mental.
El estómago de Raven se
contrajo de dolor, igual que su corazón, al oír la
crueldad de las palabras
de Tom. Apenas comprendía lo que encerraba la
orden de Tom. Este hombre,
rebosante de dolor por el asesinato de su
esposa, iba a ser privado
de la presencia de su hijo, y aceptaba la palabra de
Tom como una ley absoluta.
Sintió su profundo dolor como si fuera
propio, y no estaba de acuerdo
con la decisión de Tom.
- Por favor, Tom. Yo amaba
a Noelle - De forma instintiva Raven supo que
no estaba rogando para
quedarse con el bebé.
La furia oscureció el
rostro de Tom, dejó un atisbo de crueldad en su
boca y enrojeció sus ojos
oscuros.
- No me hables de amor,
Rand. Entiérrate; cúrate. Encontraré al asesino y
vengaré la muerte de mi
hermana. Jamás volveré a dejarme arrastrar por el
sentimentalismo. Si no
hubiera escuchado sus súplicas, ahora estaría viva.
- Soy incapaz de dormir.
Tengo el derecho de cazar a los asesinos - La voz
de Rand sonaba resentida,
desafiante, buscando el respeto y la igualdad
como lo hace un niño, aún
sabiendo que no podía conseguirlos.
La impaciencia y la
amenaza brillaron en los pensativos ojos de Tom.
- Entonces te obligaré a
que lo hagas, te daré la orden para que descanses,
puesto que tu mente y tu
cuerpo lo necesitan - Dijo con el tono más neutral
que Raven le había
escuchado. Si no hubiera sido por la furia que ardía en
sus ojos negros, habría
creído que se comportaba de forma amable y que
cuidaba realmente de la
salud del hombre.- No podemos permitirnos que desaparezcas, Rand - Su voz se
suavizó, usó un tono aterciopelado que seducía
y ordenaba
implacablemente. - Vas a dormir, Rand. Irás con Eric y dejarás que te prepare y
te cuide. Permanecerás dormido hasta que no representes un peligro ni para ti,
ni para los demás.
Raven estaba asombrada y
alarmada por el absoluto poder de su voz, él
ostentaba ese poder como
si fuera su deber. La voz de Tom por sí sola
podía inducir a un
profundo trance hipnótico. Nadie discutía sus decisiones,
ni siquiera en un asunto
tan grave como era decidir quién cuida a un bebé. Se
mordió el labio inferior,
estaba muy confundida. Tom tenía razón en lo
del bebé. Ella percibía
algo malo en Rand, pero que un hombre maduro
obedeciera su orden –
tuviera que obedecer su orden – la aterrorizó. Nadie
debería poseer esa voz,
ese don. Algo tan poderoso podía emplearse de la
forma equivocada, podía
corromper a aquel que lo poseía.
Se quedaron de pie, uno en
frente del otro, mirándose, mientras Rand se
alejaba entre la creciente
oscuridad. Raven sentía el enfado de Tom,
estaba disgustado con
ella. Desafiante, alzó la barbilla. El se acercó,
deslizándose
increíblemente rápido, sus dedos se cerraron alrededor de su
garganta, como si quisiera
estrangularla.
- No volverás nunca a
cometer una tontería como esta.
Ella parpadeó, mientras
mantenía su mirada.
- No intentes intimidarme,
Tom; no funcionará. Nadie me dice lo que
tengo que hacer, ni dónde
puedo ir.
Bajó las manos hasta sus
muñecas, apresándolas, amenazando con romper
sus frágiles huesos.
- No toleraré ninguna
tontería que pueda poner en riesgo tu vida. Ya hemos
perdido a una de nuestras
mujeres. No voy a perderte.
Había dicho que era su
hermana. La compasión luchó con su instinto de
protección. La base de
esta discusión era el miedo que él sentía a que ella
desapareciera.
- Tom, no puedes guardarme
dentro de una caja y ponerme en un rincón
seguro - Habló tan
tiernamente como pudo.
- No voy a discutir sobre
tu seguridad. Hace un rato estabas sola con un
hombre que estaba
planeando tomarte a la fuerza. Cualquier animal salvaje
podía haberte atacado, y
si no hubieras estado bajo mi protección, Rand
podría haberte hecho daño
en su actual estado.
- Nada de eso ha ocurrido,
Tom - Tocó dulcemente su mentón en una
tierna caricia - Tienes
suficientes preocupaciones, suficientes
responsabilidades como
para que me añadas a la lista. Puedo ayudarte.
Sabes que soy capaz de
hacerlo.
Tiró de su muñeca para que
cayera sobre él.
- Vas a volverme loco, Raven
- La estrechó contra su cuerpo. Su voz bajó de
tono, hasta convertirse en
una caricia hipnótica, en pura magia negra - Eres
la única persona a la que
ansío proteger, y aún así no me obedeces. Insistes
en mantener tu
independencia. Todos los demás se apoyan en mi fuerza,
pero tú buscas ayudarme,
compartir mis obligaciones - Bajó la boca hacia la
suya.
De nuevo Raven sintió que
la tierra retumbaba bajo sus pies, sintió el
estallido eléctrico en el
aire, a su alrededor. Era algo curioso. La
temperatura de su piel
subió hasta hacerla arder. En su cabeza giraban
miles de puntitos de
colores. La boca de Tom reclamaba la suya, posesiva,
agresiva, dominante,
borrando cualquier intento de resistencia. Ella separó
los labios, permitiendo su
ardiente y dulce asalto.
Raven posó sus manos sobre
los anchos hombros, y después le rodeó el
cuello. Sentía como su
cuerpo se derretía. Tom quería tumbarla sobre la
suave hierba, arrancarle
esas ofensivas prendas del cuerpo y hacerla
irremediablemente suya.
Sabía a pura inocencia. Nadie, nunca, le había
pedido compartir sus
pesadas obligaciones. Nadie, hasta que llegó esta
muchachita mortal, había
pensado en el precio que él pagaba. Una humana.
Tenía el coraje necesario
para plantarse ante él, y él no podía más que
respetarla por ello.
Tom tenía los ojos
cerrados, deleitándose en la sensación del cuerpo de
Raven pegado al suyo, en
el hecho de quererla con aquella intensidad. Estaba
consumido por un deseo
ardiente. De mala gana alzó la cabeza, le dolía todo
el cuerpo, de forma atroz.
- Vámonos a casa, Raven -
Su voz era pura seducción.
La boca de Raven se curvó
en una sonrisa.
- No creo que tu casa sea
un lugar seguro. Eres de la clase de hombre
contra la que me previno
mi madre.
Tom la abrazó de forma
posesiva, atrapándola contra su cuerpo. No tenía
ni la más ligera intención
de apartarse de ella, de dejar que se marchara. Le
indicó con su cuerpo el
camino a seguir, por donde él quería. Caminaron
juntos en un agradable
silencio.
- Jacob no tenía intención
de hacerme daño - negó de repente - Lo habría
percibido.
- Tú no tenías intención
de tocarlo, pequeña, y eso lo salvó.
- Realmente creo que es capaz de cometer actos violentos. Siempre es duro
evitar la violencia - Le
dirigió una traviesa sonrisa - Va pegada a ti como una
segunda piel.
Le tiró de la gruesa
trenza en venganza por la broma.
- Quiero que vengas a
vivir a mi casa. Por lo menos hasta que encontremos a
los asesinos y nos
hagamos cargo de ellos.
Raven caminó en
silencio. Tom había dicho hagamos, como si fueran un
equipo. Eso le gustó.
- ¿Sabes, Tom? Es de lo
más extraño. Nadie en el pueblo, ni en la pensión,
parecía saber nada del
asesinato hoy.
Sus dedos rozaron
levemente sus delicados pómulos.
- Y tú no dijiste nada.
Le dirigió una mirada
calmada, por debajo de sus largas pestañas.
- Por supuesto. No me
divierto cotilleando.
- Noelle murió
cruelmente, su muerte no tiene ningún sentido. Ella era la
compañera de Rand…
- Ya dijiste eso antes,
¿qué significa “compañera”?
- Ese término es igual
al de marido o esposa – explicó - Noelle había dado a
luz a un niño hace sólo
dos meses. Yo era el responsable de ellos. Noelle no
será tema de cotilleo.
Nosotros mismos encontraremos a sus asesinos.
- ¿No crees que si
hubiera un asesino en serie suelto en pueblo tan pequeño,
la gente tendría derecho
a saberlo?
Tom escogió las palabras
con sumo cuidado.
- Los rumanos no están
en peligro. Y esto no es obra de una sola persona.
Los asesinos desean
acabar con nuestra gente. La verdadera raza de los
Cárpatos está casi
extinguida. Tenemos enemigos implacables que estarían
felices de vernos
muertos a todos.
- ¿Por qué?
Tom se encogió de
hombros.
- Somos diferentes;
tenemos ciertos dones, ciertos talentos. La gente teme
aquello que es
diferente. Deberías saberlo.
- Quizás por mis venas
corra una versión diluida de vuestra sangre - dijo
Raven con una pizca de
tristeza. Era agradable pensar que tenía
antepasados con su mismo
don.
El corazón de Tom voló
hacia el de Raven. Su vida debía haber sido
terriblemente solitaria.
Tom quería arroparla entre sus brazos,
protegerla de las cosas
desagradables de la vida. La suya era una soledad
auto-impuesta; Raven no
había tenido elección.
- Nuestros negocios con
el petróleo y los minerales, en un país donde la
mayoría apenas tiene
nada, provocan odio y celos. Yo soy la ley para mi
gente. Me enfrento con
aquello que amenaza nuestra posición y nuestras
vidas. Fue mi
desacertada decisión la que colocó a Noelle en peligro; debo
atrapar a sus asesinos y
hacer justicia.
- ¿Por qué no has
llamado a las autoridades locales? - Se esforzaba por
entender, pero tenía que
ir despacio.
- Yo soy la autoridad
para mi gente. Soy la ley.
- ¿Tú solo?
- Tengo otros que
ejecutan mis órdenes, que persiguen y cazan; son muchos,
de hecho. Pero todas las
decisiones son responsabilidad mía.
- Eres juez, jurado y
¿también verdugo? - apuntó ella, conteniendo la
respiración mientras
esperaba la respuesta. Sus percepciones no podían
mentir. Ella habría
sentido la mancha del mal en él, sin importar lo buena que
fuera la protección que
él hubiera intentando interponer. Nadie era tan
poderoso como para que
sus sentidos no detectaran una pequeña brecha. No
se percató de que había
dejado de andar hasta que Tom le acarició los
brazos arriba y abajo,
calentándola porque empezaba a tiritar.
- Ahora me temes - Dijo
con cansancio, pero muy suavemente, como si se
sintiera herido. Y en
realidad la idea le hacía daño. Había intentado que ella
le temiera; había
provocado su miedo deliberadamente, y ahora que
conseguía su objetivo,
entendía que no era lo que pretendía de ella.
Raven sintió la voz
suave de Tom en el fondo del alma.
- No te tengo miedo, Tom
- negó dulcemente, ladeando la cabeza para
estudiar sus facciones a
la luz de la luna - Tengo miedo por ti. Tanto poder
acaba por corromper a
quien lo posee. Tanta responsabilidad lleva a la
destrucción. Tomas
decisiones de vida o muerte que sólo están en manos de
Dios.
Las manos de Tom
acariciaron su sedosa piel, hasta posarse en sus labios.
Sus ojos eran enormes en
su pequeño rostro, sus sentimientos estaban
desnudos ante los
hipnóticos ojos de Tom. Había preocupación,
compasión, un amor que
empezaba a nacer y una dulce, muy dulce inocencia
que agitaba sus
entrañas. Ella se preocupaba por él. Estaba preocupada.
Tom emitió un gemido.
Raven no tenía ni idea de lo que estaba ofreciendo
a alguien como él. No se
sentía con fuerzas suficientes para resistirse, y se
odiaba a él mismo por su
egoísmo.
- Tom - Raven le
acarició el brazo enviando oleadas de calor por su piel,
haciendo hervir su
sangre. No se había alimentado y la mezcla de amor,
deseo y hambre era
explosiva, embriagadora y muy, muy peligrosa. ¿Cómo no
iba a amarla cuando
conocía sus pensamientos y su mente? Era la luz que
iluminaba su oscuridad,
su otra mitad. Aunque debía estar prohibido y
probablemente fuese un
error de la naturaleza, no podía evitar amarla.
- Deja que te ayude.
Comparte esto conmigo. No te alejes de mí - El simple
roce de su mano, la
preocupación de sus ojos, la pureza y la sinceridad de su
voz le llenaron de una
dulzura desconocida hasta entonces para él.
La atrajo hacia él,
demasiado consciente de las urgentes demandas de su
cuerpo. Con un ronco
gruñido animal la levantó, le susurró una orden muy
suave y se movió con
toda la rapidez de la que era capaz.
Raven parpadeó y se
encontró en la cálida biblioteca de Tom, el fuego
arrojaba sombras sobre
la pared, y ella no estaba muy segura de cómo había
llegado hasta allí. No
recordaba haber ido caminando, pero aún así, estaban
en el interior de la
casa. Tom tenía la camisa desabrochada, dejando a la
vista los fuertes
músculos de su pecho. Sus ojos negros estaban fijos en su
rostro, observándola con
la quietud y la atenta vigilancia de un depredador.
No intentaba ocultar que
la deseaba.
- Te daré una última oportunidad,
pequeña - Las palabras le salieron bruscas
y roncas, como si le
rasgaran dolorosamente la garganta - Encontraré la
fuerza necesaria para
dejarte marchar si quieres hacerlo. Ahora. En este
momento.
Estaba al otro lado de
la habitación. El aire pareció detenerse. Si viviera
hasta llegar a los cien
años, jamás borraría este momento de su memoria.
Tom estaba de pie,
esperando su decisión de unirse a él o condenarlo a la
soledad eterna. Tenía la
cabeza orgullosamente levantada; su cuerpo,
vibrante de masculina
agresividad, estaba tenso; sus ojos ardían de deseo.
Su imagen borraba todo
pensamiento cabal de la mente de Raven. Si lo
condenaba, ¿no se
condenaría ella misma a sufrir el mismo destino? Alguien
necesitaba amar a este
hombre, cuidarlo aunque fuera un poquito. ¿Cómo
podía seguir tan solo?
Él estaba esperando. Sin órdenes, sin seducciones,
solo con sus ojos, su
necesidad, su absoluta soledad. Los otros confiaban en
su fuerza, le exigían
que utilizara sus habilidades, no obstante, no le
mostraban ningún afecto
ni le agradecían su incesante vigilancia. Ella podía
saciar su hambre como
los otros no podían. Lo supo instintivamente. No
habría otra mujer para
él. La quería a ella. La necesitaba a ella. Era incapaz
de alejarse de él.
- Quítate la sudadera -
Dijo suavemente. Ya no había vuelta atrás. Tom
había leído la decisión
en sus ojos, en el suave temblor de sus labios.
Raven dio un paso atrás,
sus ojos azules se agrandaron. Muy despacio, casi
de mala gana, se quitó
la prenda, de alguna forma, en su interior, sabía que
le estaba dando mucho
más que su inocencia. Sabía que le estaba dando su
vida.
- El jersey.
Raven se pasó la lengua
por los labios, humedeciéndolos. Una salvaje
sacudida, casi primitiva
traspasó el cuerpo de Tom en respuesta.
Mientras ella se quitaba
el jersey de cuello de cisne, sus manos bajaron a
los botones del
pantalón. Se sentía aprisionado, la tela se tensaba
haciéndole daño. Tuvo
cuidado de utilizar la forma humana de desvestirse
para no asustarla más.
El cuerpo desnudo de
Raven brillaba a la luz del fuego. Las sombras rozaban
los contornos de su
figura. Su talle era estrecho y su cintura pequeña,
acentuando la
generosidad de sus pechos. El hombre que había en él inspiró
bruscamente, el animal
rugió exigiendo ser liberado.
Tom dejó caer su camisa
sobre el suelo, incapaz de soportar por más
tiempo el roce de la
tela sobre su piel. De lo profundo de su garganta surgió
un sonido animal, una
salvaje llamada. En el exterior de la casa el viento
empezó a soplar y unas
nubes oscuras ocultaron la luna. Apartó todos los
adornos humanos que
quedaban sobre su cuerpo, dejándolo a la vista, sus
músculos estaban bien
formados y estaban tensos por la necesidad.
Raven tragó saliva con
dificultad mientras se bajaba los tirantes de encaje
del sujetador, dejando
que cayera al suelo. Sus pechos quedaron a la vista,
incitantes, los rosados
pezones endurecidos por el deseo.
Cruzó la distancia que
los separaba de un solo salto, sin importarle las
explicaciones que
tendría que dar más tarde. El instinto de un milenio de
edad tomó el control de
su cuerpo. Rasgó los ofensivos vaqueros y se los
arrancó de un solo
tirón, arrojándolos a un lado. Raven gritó, el miedo ante
su fuerza añadió una
tonalidad gris a sus ojos azules. Tom la calmó con
una caricia, pasando sus
manos por su cuerpo, guardando cada línea del
mismo en su memoria.
- No temas mi deseo,
pequeña - susurró dulcemente - Jamás te haría daño.
Sería incapaz.
Raven tenía una
estructura pequeña y delicada, y su piel era seda ardiente.
Las manos de Tom la
tocaban por todos lados, le dejó suelto el pelo y se
lo cepilló con los
dedos, su tacto enviaba dardos ardientes a su ingle. Su
cuerpo se tensó,
dolorido. Dios, la necesitaba tanto. Tanto.
Tom atrapó la nuca de
Raven de forma que ella no pudiera escapar; con el
pulgar, le echó la
cabeza hacia atrás, hasta dejar expuesta su garganta y los
pechos a su alcance.
Movió la mano muy lentamente, siguiendo la curva de su
hombro hasta dejarla,
por un momento, sobre la marca que le dejó en el
cuello que con el
contacto, se tornó ardiente y palpitante. De allí tomó un
camino descendente, para
acariciar la suavidad de su pecho. Siguió con los
dedos cada marca de sus
costillas, alimentando su deseo, y acallando el
miedo de Raven. Se
recreó en su vientre, y en la curva de sus caderas hasta
reposar la mano sobre el
triángulo de suaves rizos sobre sus piernas.
Raven ya había sentido
sus caricias con anterioridad, pero esto era mil
veces más fuerte. Sus
manos despertaban en ella una desesperada
necesidad y tenía la
sensación de estar hundiéndose en un mundo de puro
placer. Tom gruñó algo
por lo bajo, en su propia lengua y la tomó en sus
brazos para dejarla en
el suelo frente al fuego. Su cuerpo se movía con
agresividad, atrapando a
Raven bajo él, en el suelo. Por un momento a ella le
recordó un animal
salvaje que intentaba someter a su compañera. Tom ni
siquiera se había dado
cuenta, hasta ese momento, de lo cerca que había
estado de transformarse
en un vampiro. Las emociones, la pasión y la lujuria
formaban en su interior
un torbellino que le hacía temer por Raven y por él
mismo.
La luz del fuego arrojó
una sombra diabólica sobre él. Parecía un enorme e
invencible animal
agazapado junto a ella de forma peligrosa.
- Tom - Pronunció su nombre
tiernamente, en un intento de que suavizara
la expresión salvaje de
su rostro. Necesitaba que fuera más despacio.
Le agarró las muñecas
con las dos manos, uniéndolas por encima de la cabeza
de Raven y manteniéndola
así inmovilizada.
- Necesito que confíes
en mí, pequeña - En su voz se mezclaban la orden
imperante y esa magia
negra que sólo él conjuraba - Dame tu confianza. Por
favor, dámela.
Ella estaba aterrada,
era tan vulnerable, allí, atrapada en el suelo como en
un sacrificio pagano, en
una especie de ofrenda a un dios desaparecido hace
siglos. Los ojos de Tom
devoraban su cuerpo haciéndola arder allí donde
posaba su brillante
mirada. Raven yacía inmóvil bajo su despiadada fuerza,
sintiendo que había
tomado una decisión implacable, consciente de la
terrible lucha interior
que se desarrollaba en su mente. Su mirada azul vagó
sin rumbo por las líneas
de su rostro; su boca, tan sensual, también era
capaz de demostrar
crueldad; sus ojos, que brillaban con ardiente fiereza.
Raven se movió para comprobar
la fuerza del cuerpo masculino, sabiendo que
sería imposible
detenerlo. Temía su unión porque no se sentía segura, no
sabía qué esperar, pero
confiaba en él, creía en él.
La sensación de su suave
cuerpo desnudo retorciéndose bajo él lo inflamó
aún más. Tom pronunció
su nombre en un gemido mientras su mano se
deslizaba por el muslo
de Raven, hasta encontrar el cálido lugar entre sus
piernas.
- Confía en mí, Raven.
Necesito tu confianza - Sus dedos recorrieron la
suavidad de Raven,
reclamándola, provocando un flujo de cálida humedad.
Inclinó la cabeza sobre
ella para probar su sabor, su textura, su aroma.
Raven gritó cuando
sintió la boca de Tom sobre un pezón, cuando sus
dedos se introdujeron
aún más en ella. Oleadas de placer recorrían su
cuerpo. Él se movió más
despacio, recorriendo con la lengua el camino
abierto por sus dedos.
Con cada caricia, su cuerpo se tensaba aún más, su
corazón se abría a Raven
y el animal que él mantenía enjaulado se hacía más
y más fuerte. Una
compañera. Su compañera. Suya. Inhaló su aroma hasta
guardarlo en lo más
profundo de su alma; su lengua la recorría lentamente,
en una prolongada
caricia.
Raven volvió a moverse
bajo él, aún insegura, pero se calmó cuando vio que él
levantaba la cabeza y
que en sus ojos ardía el firme propósito de ser su
dueño. De forma
deliberada, le separó las rodillas, dejándola totalmente
vulnerable. Le sostuvo
la mirada, advirtiéndola, inclinó la cabeza entre sus
piernas y bebió.
Tom sabía, en el fondo
de su mente, que Raven era demasiado inocente
para hacer el amor de
forma tan salvaje, pero estaba decidido a que ella
conociera lo que era el
placer, el placer que él podía proporcionarle, muy
distinto del placer que
obtuvo con su sugestión hipnótica. Había esperado
demasiado que apareciera
su compañera, habían sido interminables siglos de
hambre, oscuridad e
infinita soledad. No podía ser tierno y considerado
cuando su cuerpo entero
le exigía que la hiciera totalmente suya para
siempre. Sabía que su
confianza en él significaba todo. Su fe en él sería lo
único que la protegería.
El cuerpo de Raven se
convulsionó en una serie de espasmos mientras
gritaba. Tom pasó la
lengua muy despacio sobre ella, saboreando su piel,
su suavidad y lo
exquisito de su cuerpo. Cada detalle, hasta el más mínimo,
quedó grabado en su
mente, formando parte del salvaje placer al que estaba
abandonándose.
Le soltó los brazos y se
inclinó para besarla sobre los ojos, en la boca.
- Eres tan hermosa,
Raven. Sé mía. Sólo mía - Apretaba su cuerpo contra el
de ella, los músculos
totalmente tensos, increíblemente fuerte, temblando
de necesidad.
- No podría haber nadie
más, Tom - contestó dulcemente mientras
pasaba los dedos por la
piel ardiente de su espalda. Acarició su rostro,
contraído por la
desesperación, se deleitó en el tacto de su pelo - Confío en
ti, sólo en ti.
Tom la agarró por las
caderas.
- Seré tan delicado como
pueda, pequeña. No cierres los ojos, quédate
conmigo.
Estaba preparada para
él, húmeda, caliente, pero al entrar en ella sintió la
barrera. Ella jadeó
tensando el cuerpo.
- Tom - Había pánico en
su voz.
- Será sólo un instante,
pequeña, y después te llevaré al cielo - Esperó su
aprobación con mortal
agonía.
Lo miró con ojos
trémulos, confiando plenamente en él. Nadie de los suyos ni
ningún humano lo había
mirado de esta forma a lo largo de los siglos. Tom
se movió hacia delante
penetrando en su estrecha funda, enterrándose allí.
Raven emitió un pequeño
quejido, y él la besó para borrar el dolor con su
lengua. Se obligó a
permanecer quieto, a sentir como sus corazones latían al
unísono, y a escuchar el
murmullo de la sangre por sus venas. Raven acomodó
su cuerpo al suyo.
La besó dulcemente, con
ternura, abriendo su mente para compartirlo todo
con ella. Su amor era
salvaje, obsesivo, protector y ciertamente no lo daba
fácilmente, pero su
entrega a Raven era total y absoluta. Se movió despacio
y con mucho cuidado en
un principio, esperando la reacción en sus expresivos
ojos.
Las demandas del cuerpo
de Tom empezaron a imponerse sobre ellos
mismos. Su piel ardía en
llamaradas y sus entrañas rugían. Pequeñas gotas de
sudor perlaron sus
músculos, tensos. Empezó a moverse sobre ella muy
lentamente, reclamándola
como suya, enterrando su cuerpo en el de ella una
y otra vez, con un
hambre insaciable.
Raven le empujó
ligeramente en el pecho con las manos, en una especie de
protesta. Tom gruñó una
advertencia mientras bajaba la cabeza hacia el
pecho izquierdo. Ella
era pura seda, estrecha y ardiente. Su ritmo se hizo
más rápido, buscando el
único alivio que conocía para saciar su
desesperación. Eran un
solo ser; ella era su otra mitad. Raven se movió de
nuevo, alejándose
ligeramente de él, y su boca dibujó un grito silencioso que
evidenciaba su temor a
las oleadas de increíble placer que la consumían.
Tom gruñó otra vez, era
la protesta del animal que habitaba en él. Hundió
los dientes en la curva
de su hombro, aplastándola contra el suelo.
La leña que ardía en la
chimenea estalló. Retumbó el trueno y la casa tembló
mientras los relámpagos
caían uno tras otro en el bosque. Tom rugió,
gritó al cielo mientras
se elevaban por encima de la tierra. El placer
continuó mezclado con el
dolor. Necesitaba más y más. Al introducirse con
fiereza en ella
desencadenó un deseo tal que la bestia despertó por
completo en su interior.
La boca de Tom se
deslizó desde el hombro hasta encontrar el loco latido
del corazón de Raven
bajo sus apetitosos pechos. Su lengua acarició un
pezón endurecido y trazó
sendas de placer a su alrededor. Clavó
profundamente los
dientes y bebió, se alimentó de ella, la hizo suya de
nuevo en un frenesí
sexual que era totalmente incapaz de saciar.
Su sabor era dulce,
limpio y muy adictivo. Anhelaba todavía más y más, su
cuerpo empujaba una y
otra vez, cada vez más profundo, poderoso y fuerte,
llevándola de nuevo a
sentir aquella explosión de placer.
Raven luchó consigo
misma porque era incapaz de reconocer a Tom en
aquel animal sensual y
voraz. Su cuerpo respondía a sus demandas, incapaz
de sentirse saciado. Tom
torturaba la piel de su pecho, la hacía arder y le
enviaba espirales de
placer que parecían no tener fin. Sentía como se iba
debilitando mientras una
euforia totalmente desconocida la dejaba lánguida
bajo él. Tomó la cabeza
de Tom entre sus manos y la acunó, entregándose
por completo para que
saciara su hambre mientras su cuerpo se
convulsionaba una y otra
vez.
Fue su entrega lo que le
devolvió la cordura. Esta mujer no estaba
hipnotizada; se ofrecía
libremente porque era capaz de sentir la necesidad
que habitaba en él,
porque confiaba en que él no sería capaz de hacerle
daño, porque sabía que
él se detendría antes de matarla.
Cerró la herida del
pecho lamiéndola con la lengua. Elevó la cabeza, en sus
ojos oscuros aún se
podía ver el ansia, en su boca llevaba el sabor de su
sangre. Soltó una
maldición en voz baja, odiándose a sí mismo por lo que
había hecho. Ella estaba
bajo su protección. Jamás había experimentado por
nadie el asco que sintió
en ese momento hacia él. Raven se había entregado
voluntariamente, y él la
había tomado de modo egoísta, había dejado que
imperara la bestia de su
interior para sentir el éxtasis de unirse a su
compañera.
Cogió su cuerpo inerte
entre sus brazos.
- No morirás, Raven -
Estaba furioso consigo mismo. ¿Lo había hecho a
propósito? ¿Lo había
buscado en algún lugar remoto de su mente? Buscaría
la respuesta más tarde.
En este momento ella necesitaba sangre
urgentemente.
- Quédate conmigo,
pequeña. Me quedé en este mundo por ti. Tienes que ser
fuerte por los dos. ¿Me
oyes Raven? No me dejes. Puedo hacerte feliz. Sé
que puedo.
Se abrió una herida en
el pecho y apretó la boca de Raven contra el
torrente carmesí que
salió de la brecha.
- Vas a beber;
obedéceme.
Sabía que era mejor
darle su sangre en un vaso, pero quería sentir su boca
sobre su piel,
necesitaba abrazarla mientras ella tomaba su sangre,
mientras le devolvía la
vida a su famélico cuerpo.
Obedeció a la fuerza,
casi rechazando su sangre. Intentó apartar la cabeza.
Pero él la agarró,
impidiendo que se alejara.
- Vivirás, pequeña. Bebe
más.
Raven tenía una voluntad
de acero. Ni siquiera su gente necesitaba una
orden tan fuerte para
conseguir que le obedecieran. Por supuesto, ellos
confiaban en él, y
querían obedecer. Aunque Raven no era siquiera
consciente de que él la
estaba obligando, algún remoto sentido de
supervivencia luchaba
contra su orden. No importaba. Impondría su
voluntad. Siempre la
imponía.
Tom la llevó en brazos
hasta sus aposentos. Estrujó las hierbas curativas
y un aroma dulzón
impregnó la habitación. Las extendió alrededor de la cama
y sobre su pequeño e
inmóvil cuerpo. La sumió en un profundo sueño. La
obligaría a beber dentro
de una hora. Por un momento, se quedó de pie,
observándola, mientras
un profundo grito le subía por la garganta. Era tan
hermosa, un extraño y
valioso tesoro que él había tratado de forma tan
cruel en lugar de
cuidarla y mimarla, apartándola de su otro yo salvaje. Los
hombres de los Cárpatos
no eran humanos. Su forma de hacer el amor era
extremadamente salvaje.
Raven era joven, era humana y virgen. Y él no
había sido capaz de
enterrar sus recién adquiridas emociones en el
torbellino de pasión.
La tocó con temblorosos
dedos, dejando una ligera caricia sobre su rostro
mientras se inclinaba
para besar su boca. Con un juramento, se dio la vuelta,
y salió de la
habitación. Los hechizos de protección eran los más fuertes que
conocía, ella no podría
salir y nadie podría entrar.
En el exterior rugía la
tormenta, con la misma furia e intensidad que había
en su alma. Dio tres
pasos y saltó hacia el cielo, cruzándolo como un rayo
hacia el pueblo. El
viento gemía y formaba remolinos a su alrededor. La casa
que buscaba no era más
que una pequeña cabaña. Se quedó de pie en la
puerta, su rostro
reflejaba el tormento que sufría.
Edgar Hummer abrió en
silencio la puerta, apartándose hacia un lado para
dejarle pasar.
- Tom.
Su voz era amable. Edgar
Hummer era un anciano de ochenta y tres años. La
mayoría de ellos los
había pasado al servicio del Señor. Consideraba un
enorme privilegio ser
uno de los escasos amigos de Tom Dubrinsky.
Tom invadió la
habitación con su sola presencia, con el poder que emanaba
de su cuerpo. Estaba
nervioso, profundamente molesto. Caminaba de un lado
a otro sin descanso
mientras la tormenta aumentaba en el exterior.
Edgar se sentó en su
sillón, encendió la pipa y esperó. Para él, Tom era un
hombre tranquilo, que no
demostraba ningún tipo de emoción. Este era, sin
embargo, un hombre
peligroso, un hombre que Edgar jamás había
vislumbrado en Tom.
Tom golpeó con el puño
la chimenea y resquebrajó algunas piedras.
- Esta noche estuve a
punto de matar a una mujer - Confesó de forma
súbita y dolorida - Me
dijiste que Dios nos creó con un propósito, que fuimos
creados por Él. Soy más
animal que hombre, Edgar, no puedo continuar
engañándome. Buscaría el
descanso eterno, pero incluso eso se me niega. Los
asesinos acechan a mi
gente. No tengo derecho a abandonarles hasta que
sepa que están
protegidos. Ahora, mi mujer está en peligro, no solo por mi
parte, sino también por
parte de mis enemigos.
Edgar dio una calada a
su pipa tranquilamente.
- Has dicho ‘mi mujer’.
¿Amas a esta mujer?
Tom agitó la mano
obviando el tema.
- Ella es mía - Era una
afirmación, un decreto. ¿Cómo podía él usar la palabra
amor? Era tan insípida
para los sentimientos que él albergaba por Raven. Ella
era la encarnación de la
pureza, la bondad, la compasión. Todo lo que él no
era.
Edgar asintió con la
cabeza.
- Estás enamorado de
ella.
Tom frunció el entrecejo
de forma amenazadora.
- Yo necesito. Yo ansío.
Yo quiero. Esa es mi vida - Lo dijo atormentado,
intentando que fuera
verdad.
- Entonces, ¿Por qué sientes
ese dolor, Tom? Tú la querías, quizás la
necesitaras y me imagino
que la tomaste. Tú estabas hambriento, supongo
que te alimentaste de su
sangre. ¿Por qué deberías sentir dolor?
- Sabes que no es
correcto que tomemos la sangre de las mujeres por las
que sentimos otros
apetitos.
- Has dicho muchas veces
que no has sentido apetitos sexuales desde hace
siglos. Que eres incapaz
de sentir - le recordó con voz calmada.
- Ella me hace sentir -
confesó Tom, con un vivo dolor en los ojos - La
quiero a mi lado cada
momento del día. La necesito. Dios, debo tenerla. No
sólo su cuerpo, también
su sangre. Soy adicto a su sabor. Lo ansío todo de
ella, pero está
prohibido.
- Pero ¿lo hiciste de
todas formas?
- Estuve a punto de
matarla.
- Pero no lo hiciste.
Todavía vive. Ella no puede ser la primera de la que te
alimentas hasta este
extremo. ¿Te causaron las otras este dolor?
Tom se dio la vuelta.
- No lo entiendes. Fue
la manera en la que sucedió, lo que hice con
posterioridad. Me lo
temía desde la primera vez que escuché su voz.
- Si nunca había
sucedido antes, ¿Por qué lo temías?
Tom dejó caer la cabeza
apretando los puños a ambos lados del cuerpo.
- Porque la quería, no
podía soportar la idea de dejarla. Quería que ella
supiera cómo soy, que
conociera lo peor de mí. Que viera todo lo que soy.
Quería unirla a mí,
atarla a mí para que nunca se marche de mi lado.
- Ella es humana.
- Sí. Tiene habilidades,
tiene un vínculo mental conmigo. Tiene compasión, es
hermosa. Me dije a mí
mismo que no podía hacer esto, que estaba mal. Pero
en el fondo, sabía que
lo haría.
- Y aún sabiendo que
ibas a hacer algo incorrecto, lo hiciste. Debías tener
una buena razón.
- Egoísmo. ¿No me has
escuchado? Yo, yo, yo. Todo para mí. Encontré una
razón para continuar con
mi existencia y tomé lo que no era para mí, y aún
ahora, mientras hablo
contigo, sé que no la dejaré marchar.
- Acepta tu forma de
ser, Tom. Acepta tu verdadera naturaleza.
Tom soltó una amarga
carcajada.
- Todo está tan claro
para ti. Dices que soy uno de los hijos de Dios. Que
tengo una razón de ser.
Que debo aceptar mi naturaleza. Mi naturaleza es
tomar lo que creo que es
mío, guardarlo y protegerlo. Encadenarlo a mí si es
necesario. No puedo
dejar que se marche. No puedo. Ella es libre como el
viento. Si encerrara al
viento en una jaula, ¿moriría?
- Entonces no lo encierres,
Tom. Confía en que permanecerá a tu lado.
- ¿Cómo puedo proteger
al viento, Edgar?
- Tom, has dicho que no
puedes. No puedes dejarla marchar. No lo harías,
no lo harás. Dijiste que
no puedes, en presente, hay una diferencia.
- Para mí. ¿Y ella qué?
¿Qué opción le estoy dando a ella?
- Siempre he creído en
ti, en tu bondad y en tu fuerza. Es bastante posible
que la chica te necesite
también. Has estado escuchando las leyendas y
mentiras asociadas a los
de tu especie durante tantos años que estás
empezando a creer esas
tonterías. Para un vegetariano, alguien que come
carne puede resultar
repulsivo. El tigre necesita al ciervo para sobrevivir.
Una planta necesita
agua. Todos necesitamos algo. Tú sólo tomas lo que
necesitas. Arrodíllate,
recibe la bendición de Dios y vuelve con tu mujer.
Encontrarás la manera de
proteger al viento.
Tom se arrodilló
obedientemente, inclinó la cabeza dejando que la paz
que emanaba del anciano
penetrara en él y le reconfortara. En el exterior, la
furiosa tormenta cesó de
repente, como si hubiese desgastado toda su
furia.
- Gracias, Padre - susurró
Tom.
- Haz lo que debas para
proteger a los tuyos. A los ojos de Dios, sois sus
hijos.
HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL TERCER CAPITULO ... POR RAZONES DEMORARE EN SUBIR EN ESTA YA QUE UNA AMIGA QUE LA LEE QUE ES JENIFER DEMORA EN LEER POR CUESTIONES PERSONALES YA QUE NO LE DA TIEMPO DE LEERLA DE UN SOLO GOLPE IRA LEYENDALA POCO A POCO Y ESPERARE A QUE ELLA TERMINE DE LEER Y COMENTE PARA SUBIR EN ESTA NOVELA ... GRACIAS POR COMENTAR Y YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO Y DISFRUTEN DE LA NOVE ... SOLO USTEDES SABRAN QUE LA NOVELA SIGUE AUNQUE LA TENGA EN CANCELADA ... GRACIAS Y ADIOS :)) DISFRUTEN DE LA SAGA
Tom tomo todo de Raven!!
ResponderEliminarMe encantaaa..
Siguelaa :) Mil gracias por esperarme! Besos
Sigueeeeee
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