lunes, 7 de diciembre de 2015

# 3

CAPITULO # 3.-
Raven se despertó poco a poco, se sentía incapaz de abrir los ojos, el sueño
se apoderaba de ella y la arrastraba. De alguna forma sabía que no debía
despertar, aunque era esencial que lo hiciera. Abrió los ojos a la fuerza y
volvió la cabeza hacia la ventana. El sol entraba a raudales. Se obligó a
sentarse y al hacerlo, las sábanas se deslizaron dejando a la vista su cuerpo
desnudo.
- Tom – susurró - te tomas demasiadas libertades - Intentó conectar con
él automáticamente, sentía una necesidad imperiosa de hacerlo. Al notar que
dormía, se retiró de su mente. El ligero contacto fue suficiente. El estaba a
salvo.
Raven se sentía diferente, feliz incluso. Podía hablar con cualquiera, tocar a
cualquiera sin importarle esa sensación de peligro. La libertad de relajarse
en presencia de otro ser era una alegría enorme.
Tom tenía grandes responsabilidades. Ella no sabía quién era él, solo que
era alguien importante. Era obvio que se sentía muy a gusto con sus poderes,
no como ella, que aún se sentía como una especie de monstruo. Quería ser
como él, tener confianza en sí misma y no importarle la opinión de los demás.
No conocía apenas nada de la vida en Rumanía. Las poblaciones rurales eran
pobres y supersticiosas. No obstante eran personas amables y con una
bonita artesanía. Tom era diferente. Había oído hablar de la gente de los
Cárpatos; no de los gitanos, sino de unas personas bien educadas, con dinero
y que vivían por decisión propia en el corazón del bosque, en plena montaña.
¿Tom era su líder? ¿Era esa la razón de su arrogancia y de su carácter
reservado?
La ducha le sentó bien a su cuerpo, librándolo de aquella sensación de
somnolencia. Se vistió con sumo cuidado, se puso unos vaqueros, un jersey
de cuello de cisne y una sudadera. Aunque hiciera sol, hacía mucho frío en
las montañas, y tenía pensado ir a explorar. Por un momento sintió un dolor
agudo y una quemazón en el cuello. Se retiró el jersey para examinar la
herida. Era una marca extraña, parecía el mordisco de un adolescente
enamorado, pero aún más intenso.
Se ruborizó al recordar la imagen de Tom en el momento de dejarle la
marca. ¿Por encima de todo tenía que ser tan extremadamente provocativo?
Podía aprender mucho de él. Se había dado cuenta de que él era capaz de
estar siempre protegido del constante bombardeo de emociones. Para ella,
ser capaz simplemente de sentarse en medio de una habitación atestada de
gente y no sentir nada más que sus propias emociones, sería un enorme
milagro.
Raven se calzó sus botas de montaña. ¡Un asesinato en este lugar! Era un
sacrilegio. Los habitantes del pueblo debían estar aterrorizados. Al salir de
la habitación sintió un extraño movimiento del aire. Como si tuviera que
empujar contra una fuerza invisible. ¿Tom otra vez? ¿Intentaba
mantenerla encerrada? No. Si había sido capaz de tal cosa, aquellas
barreras invisibles la habrían detenido. Aquello era una especie de
protección para mantener a cualquiera lejos de su habitación. Aún
destrozado por el dolor y la rabia de aquel asesinato sin sentido y tan
horrendo, la había ayudado a dormir. La imagen de Tom preocupándose
de protegerla y ayudarla la hizo sentirse querida.

Eran las tres de la tarde – demasiado tarde para almorzar y excesivamente
temprano para cenar – y Raven tenía hambre. La dueña de la pensión le
preparó muy amablemente una cesta con comida para que cenara de camino.
Ni una sola vez mencionó que se hubiera producido un asesinato. De hecho,
parecía ignorar por completo esta noticia. Raven no se sentía con ganas de
sacar el tema. Era raro; la señora fue tan amable y simpática – incluso habló
de Tom, para ella era un viejo amigo, muy querido – pero Raven no pudo
decir ni una sola palabra del asesinato ni de lo que había supuesto para él.
Una vez fuera, se colocó la mochila en la espalda. No pudo percibir el horror
del asesinato en ningún sitio. Ni en la pensión ni en la calle parecían
excesivamente perturbados. Pero no podía estar equivocada; las imágenes
habían sido claras y fuertes, y el dolor agudo y muy real. Había percibido
tantos detalles que no podía ser obra de su imaginación.
- ¡Señorita Whitney! Su apellido es Whitney, ¿verdad? - dijo una voz
femenina unos pasos detrás de ella. Margaret Summers se acercaba
deprisa, su rostro reflejada ansiedad, nerviosismo. Era una señora próxima
a los setenta años, de aspecto frágil, cabello gris y una forma de vestir
acorde con su edad - Querida, está muy pálida esta mañana. Todos
estábamos muy preocupados por usted. Ese joven, llevándosela de la manera
que lo hizo, nos dejó muy asustados.
A Raven le hizo gracia.
- Su presencia intimida un poco ¿no es así? Es un viejo amigo que se
preocupa en exceso por mi salud. Créame, Sra. Summers, me cuida muy bien.
Es un importante hombre de negocios; puede preguntarle a cualquiera del
pueblo.
- ¿Está enferma querida? - Preguntó Margaret de forma solícita,
acercándose tanto que Raven se sintió amenazada.
- Me estoy recuperando - contestó sin dejar lugar a dudas, deseando que
fuese cierto.
- ¡Yo la he visto antes! - exclamó Margaret - Usted es la extraordinaria
joven que ayudó a la policía a capturar a aquel demonio que asesinaba en San
Diego hace más o menos un mes. ¿Qué puede estar haciendo usted aquí, en
este lugar?
Raven se frotó la frente.
- Este tipo de trabajo es muy extenuante, Sra. Summers. A veces enfermo.
Fue una persecución larga y necesitaba alejarme de todo aquello. Quería
visitar algún hermoso lugar remoto, un lugar saturado de historia, donde
nadie me reconociera y me señalara con el dedo como a un monstruo.
 Los Cárpatos son muy hermosos. Puedo caminar, sentarme tranquilamente y
dejar que el viento se lleve los recuerdos de aquella mente depravada.
- ¡Oh, querida! - Margaret alargó la mano con preocupación, intentando
tocarla.
Rápidamente, Raven se apartó hacia un lado.
- Lo siento mucho; me molesta mucho tocar a cualquier persona después de
impregnarme de la mente de un loco. Por favor, entiéndalo.
Margaret asintió con la cabeza.
- Aunque he notado que a su joven amigo no le importó tocarla.
Raven sonrió.
- Es muy mandón, y le encanta especialmente representar escenas
melodramáticas, pero es muy bueno conmigo. Hace tiempo que nos
conocimos. Tom viaja muchísimo, ¿sabe? - Sus labios soltaron toda la
sarta de mentiras sin ninguna dificultad. Se odió por ello - No quiero que
nadie sepa nada de mí, Sra. Summers. Odio la publicidad y en este momento
necesito estar apartada de todo. Por favor, no le diga a nadie quién soy.
- Por supuesto que no, querida, pero ¿cree que es seguro que ande vagando
por ahí, sola? Hay muchos animales salvajes merodeando por esta zona.
- Tom me acompaña en mis pequeñas excursiones, y obviamente no voy a
curiosear por el bosque cuando anochece.
- ¡Oh! - Margaret pareció calmarse - ¿Tom Dubrinsky? Aquí todos hablan
de él.
- Ya se lo dije, me cuida en exceso. Y en verdad, le encantan los platos de la
dueña de la pensión - le confió con una sonrisa, alzando la cesta con comida -
Mejor me marcho o llegaré tarde.
Margaret la dejó pasar.
- Tenga mucho cuidado, querida.
Raven se despidió agitando la mano y se alejó dando un paseo despacio y
tranquilo por el camino que se internaba en el bosque y subía hacia la
montaña. ¿Por qué se había visto obligada a mentir? Le gustaba estar sola y
jamás se había tenido que justificar por lo que hacía. Por algún motivo que
no acababa de entender, no quería hablar de la vida de Tom con nadie,
menos aún con Margaret Summers. La mujer parecía excesivamente
interesada en él. Se le notaba en la mirada y en la voz, aunque no hizo ningún
tipo de comentario al respecto. Podía sentir a Margaret Summers
estudiándola cuidadosamente, hasta que el camino giró bruscamente y los
árboles la ocultaron.
Raven movió la cabeza con tristeza. Se estaba convirtiendo en una especie
de presa, al evitar que cualquiera se le acercara, incluso una dulce viejecita
preocupada por su seguridad.
- ¡Raven! ¡Espera!
Cerró los ojos, molesta por la intromisión. Se las arregló para componer una
sonrisa en cuanto Jacob la alcanzó.
- Jacob, me alegra que te hayas recuperado, te atragantaste, ¿verdad? Fue
una suerte que el camarero conociera la maniobra de Heimlich.
Jacob frunció el ceño.
- No me atraganté - dijo a la defensiva, no quería que ella lo acusara de no
saber comportarse en la mesa - Todos lo creen, pero no me atraganté con un
trozo de carne.
- ¿De verdad? La forma en la que te agarró el camarero… - no acabó la
frase.
- Bueno, no te quedaste el tiempo suficiente para darte cuenta - la acusó de
mala gana, totalmente ceñudo - Dejaste simplemente que ese… Neandertal
te sacara en brazos de allí.
- Jacob - dijo amablemente - no me conoces, no sabes nada de mí ni de mi
vida privada. Por lo poco que conoces, ese hombre podía ser mi marido. Me
encontraba muy mal anoche. Siento mucho no haberme quedado, pero en
cuanto vi que te recuperabas, no creí apropiado vomitar en el comedor.
- ¿Cómo es que conoces a ese hombre? - preguntó Jacob celoso - Los
vecinos del pueblo dicen que es el hombre más poderoso de esta zona. Es
rico, es el dueño de todos los negocios petrolíferos. El típico hombre de
negocios con mucho poder. ¿Cómo pudiste conocer a un hombre así?
Se estaba acercando a Raven cada vez más, y de repente, cayó en la cuenta
de lo solos que se encontraban y de lo retirados del pueblo que estaban.
Tenía una mirada de niño consentido que estropeaba su rostro infantil.
También pudo percibir otra cosa, una especie de excitación, que lo hacía
sentir culpable. Percibió que ella era una parte importante de sus fantasías
más perversas. Jacob era un niño rico acostumbrado a conseguir cualquier
nuevo juguete que se le antojara.
Raven percibió un pequeño movimiento en su mente.
 ¿Raven? Temes por tu seguridad -Tom estaba profundamente dormido,
pero luchaba por despertarse.
Ahora empezó a preocuparse. Tom era una especie de interrogación en su
cabeza. No sabía qué iba a hacer él, solo que la protegería. Por ella misma,
por Tom y por Jacob, este último tenía que entender que no quería nada
con él. Puedo manejar esto, le contestó para tranquilizarlo.
- Jacob - dijo pacientemente - creo que deberías marcharte; vuelve a la
pensión. No soy una mujer fácil de intimidar. Me estás acosando y no tendré
ningún problema en exponer una denuncia en la policía local, o como se llamen
- Contuvo la respiración al notar que Tom esperaba.
- ¡Muy bien, Raven! ¡Véndete al mejor postor! ¡A ver si consigues un marido
rico! Él te usará y luego te dejará tirada; ¡Eso es lo que hacen los hombres
como Dubrinsky! - gritó Jacob. Escupió algunos insultos más y se marchó
dando zancadas.
Raven dejó escapar el aire de sus pulmones muy despacio, dando gracias.
- ¿Ves?- Dijo obligándose a reírse en sus pensamientos- Manejé yo misma la
situación, y eso que soy una insignificante mujer. Sorprendente ¿no?
Desde el otro lado de la densa arboleda, imposible de ver desde donde ella
estaba, se oyó el grito de terror de Jacob y después un débil gemido.
Mezclado con su segundo chillido, pudo oírse el rugido de un oso enfurecido.
Algo pesado cayó al suelo entre los arbustos, detrás de Raven. Ella oyó la
risa de Tom, muy masculina, se estaba divirtiendo de lo lindo.
- Muy divertido, Tom. -Jacob emanaba miedo pero no se había hecho
daño- Tienes un sentido del humor bastante dudoso.
- Necesito dormir. Deja de meterte en problemas, mujer.
- Si no te quedaras despierto toda la noche, no pasarías todo el día
durmiendo, le regañó. ¿Cuándo trabajas?
- Los ordenadores trabajan solos.
La imagen de Tom con un ordenador la hizo reír. A él no le pegaban los
coches ni los ordenadores.
- Vuelve a dormir grandullón. Muchísimas gracias, puedo manejarme yo sola
sin un enorme machote que me proteja.
- Preferiría, en realidad, que volvieras a la pensión hasta que yo me levante.
No hubo ni el más ligero asomo de orden en su voz. Estaba intentando
suavizar su forma de ser y sus esfuerzos la hicieron sonreír.
- No lo haré, aprende a vivir con mi forma de ser.
- Las americanas sois realmente difíciles.
Siguió subiendo la montaña, la risa de Tom todavía resonaba en su
cabeza. Dejó que la quietud de la naturaleza inundara su mente. Los pájaros
cantaban suavemente; el viento susurraba entre los árboles. El prado estaba
cubierto de flores de intensos colores que se mecían con la brisa.
Raven no se detuvo, se sentía en paz en aquella soledad. Se encaramó a una
roca escarpada, en la parte alta de una pradera rodeada de espesos grupos
de árboles. Comió y se tumbó de espaldas, recreándose en el paisaje.
Tom se movió, permitiendo a sus sentidos explorar su entorno. Yacía en la
tierra poco profunda, sin que nadie lo molestara. Ningún humano se había
acercado a su guarida. Quedaba poco menos de una hora para el anochecer.
Emergió de la tierra, saliendo al sótano húmedo y frío. Mientras se duchaba,
imitando la manera humana de proceder a la limpieza – aunque realmente no
era necesario -, tocó la mente de Raven. Estaba amodorrada en la montaña,
desprotegida y empezaba a oscurecer. Frunció el ceño. La mujer no tenía ni
idea de cómo tomar medidas de protección. Le urgía darle una buena
sacudida, no, más aún, quería levantarla de donde estaba tumbada y
mantenerla segura en sus brazos para siempre.
Se puso en marcha bajo el pálido sol, subiendo por los caminos de la montaña
con la rapidez de los suyos. El sol acariciaba su piel, calentándola, haciéndole
sentir vivo. Las gafas oscuras, realizadas especialmente para él, le protegían
los ojos ultrasensibles; no obstante, le molestaban unos pequeños pinchazos.
Al acercarse a la roca donde Raven dormía, captó el olor de otro de los
suyos, de un hombre.
- Rand.
Tom enseñó los dientes. El sol se hundió tras la montaña, alargando las
sombras de las colinas y bañando el bosque con tenebrosos secretos. Tom
salió al claro, con los brazos extendidos a ambos lados. Su cuerpo emanaba
poder, se movía de forma fluida, como si volara. Era un demonio que
acechaba, silencioso y letal.
Rand estaba de espaldas a él, acercándose a Raven. Al sentir la fuerza en el
aire, se giró. Sus facciones estaban desfiguradas por el dolor y la ira.
- Tom… - le falló la voz, cerró los ojos - Sé que jamás me perdonarás.
Sabías que no era un verdadero compañero para Noelle. Aún así, ella no
hubiera permitido que yo me marchara. Me amenazó con quitarse la vida si la
dejaba, si yo intentaba buscar a otra. Permanecí junto a ella como un
cobarde.
- ¿Por qué te encuentro agazapado al lado de mi mujer? - gruño Tom,
mientras la furia lo invadía. Las excusas de Rand le asqueaban, aunque
fueran ciertas. Si Noelle había amenazado con morir bajo el sol, él tendría
que haberlo sabido. Tom tenía el suficiente poder para detener el
comportamiento auto-destructivo de Noelle. Rand sabía muy bien que él era
su príncipe, su líder, y aunque nunca había compartido su sangre con el
compañero de su hermana, podía leer en su mente el placer perverso que le
proporcionaba esta relación, su dominio sobre ella y la obsesión que Noelle
sentía.
A sus espaldas, Raven se movió, se sentó y se echó el pelo hacia atrás, ese
pequeño gesto tan suyo. Se veía soñolienta, provocativa, era una sirena
esperando a su amante. Rand giró la cabeza para mirarla y una expresión
taimada y astuta cruzó por su rostro. Ella sintió la inmediata orden de
Tom para que guardara silencio, y percibió el dolor no reprimido de Rand,
sus celos y el odio que sentía hacia Tom, la tensión palpable entre los dos
hombres.
- Byron y Jacques me dijeron que ella estaba bajo tu protección. No podía
dormir y sabía que estaba sola sin ningún hechizo que la protegiera. Tenía
que hacer algo o habría elegido unirme a Noelle - Era un ruego, buscaba
comprensión, no el perdón. No obstante, Raven no creyó nada de lo que Rand
dijo. No supo por qué ya que su dolor era real. Quizás estaba desesperado
por conseguir el respeto de Tom y sabía en el fondo que no iba a lograrlo
- Entonces, estoy en deuda contigo - dijo Tom solemnemente, le costaba
un enorme esfuerzo ocultar el asco que sentía por un hombre que dejaba a
su mujer desprotegida, habiendo dado a luz hacía tan poco tiempo, para
atormentarla con el olor que otra mujer dejaría sobre él.
Raven bajó de la roca, era una menuda mujer de mirada compasiva en sus
grandes ojos azules.
- Siento muchísimo la muerte de su esposa - dijo en un susurro, cuidando de
mantener la distancia. Era el marido de la mujer asesinada. Su dolor y
culpabilidad llegaban hasta el cuerpo de Raven con dolorosa intensidad, pero
ella estaba preocupada por Tom. Algo iba mal con Rand. Su mente estaba
desequilibrada, no era malvado, pero había algo extraño en él.
- Gracias - dijo Rand escuetamente - Necesito a mi hijo, Tom.
- Necesitas que la tierra te cure - le contestó Tom como respuesta, era
una decisión irrevocable y estaba firmemente decidido a que se cumpliera su
voluntad. No entregaría un precioso bebé indefenso a este hombre en su
actual estado mental.
El estómago de Raven se contrajo de dolor, igual que su corazón, al oír la
crueldad de las palabras de Tom. Apenas comprendía lo que encerraba la
orden de Tom. Este hombre, rebosante de dolor por el asesinato de su
esposa, iba a ser privado de la presencia de su hijo, y aceptaba la palabra de
Tom como una ley absoluta. Sintió su profundo dolor como si fuera
propio, y no estaba de acuerdo con la decisión de Tom.
- Por favor, Tom. Yo amaba a Noelle - De forma instintiva Raven supo que
no estaba rogando para quedarse con el bebé.
La furia oscureció el rostro de Tom, dejó un atisbo de crueldad en su
boca y enrojeció sus ojos oscuros.
- No me hables de amor, Rand. Entiérrate; cúrate. Encontraré al asesino y
vengaré la muerte de mi hermana. Jamás volveré a dejarme arrastrar por el
sentimentalismo. Si no hubiera escuchado sus súplicas, ahora estaría viva.
- Soy incapaz de dormir. Tengo el derecho de cazar a los asesinos - La voz
de Rand sonaba resentida, desafiante, buscando el respeto y la igualdad
como lo hace un niño, aún sabiendo que no podía conseguirlos.
La impaciencia y la amenaza brillaron en los pensativos ojos de Tom.
- Entonces te obligaré a que lo hagas, te daré la orden para que descanses,
puesto que tu mente y tu cuerpo lo necesitan - Dijo con el tono más neutral
que Raven le había escuchado. Si no hubiera sido por la furia que ardía en
sus ojos negros, habría creído que se comportaba de forma amable y que
cuidaba realmente de la salud del hombre.- No podemos permitirnos que desaparezcas, Rand - Su voz se suavizó, usó un tono aterciopelado que seducía
y ordenaba implacablemente. - Vas a dormir, Rand. Irás con Eric y dejarás que te prepare y te cuide. Permanecerás dormido hasta que no representes un peligro ni para ti, ni para los demás.
Raven estaba asombrada y alarmada por el absoluto poder de su voz, él
ostentaba ese poder como si fuera su deber. La voz de Tom por sí sola
podía inducir a un profundo trance hipnótico. Nadie discutía sus decisiones,
ni siquiera en un asunto tan grave como era decidir quién cuida a un bebé. Se
mordió el labio inferior, estaba muy confundida. Tom tenía razón en lo
del bebé. Ella percibía algo malo en Rand, pero que un hombre maduro
obedeciera su orden – tuviera que obedecer su orden – la aterrorizó. Nadie
debería poseer esa voz, ese don. Algo tan poderoso podía emplearse de la
forma equivocada, podía corromper a aquel que lo poseía.
Se quedaron de pie, uno en frente del otro, mirándose, mientras Rand se
alejaba entre la creciente oscuridad. Raven sentía el enfado de Tom,
estaba disgustado con ella. Desafiante, alzó la barbilla. El se acercó,
deslizándose increíblemente rápido, sus dedos se cerraron alrededor de su
garganta, como si quisiera estrangularla.
- No volverás nunca a cometer una tontería como esta.
Ella parpadeó, mientras mantenía su mirada.
- No intentes intimidarme, Tom; no funcionará. Nadie me dice lo que
tengo que hacer, ni dónde puedo ir.
Bajó las manos hasta sus muñecas, apresándolas, amenazando con romper
sus frágiles huesos.
- No toleraré ninguna tontería que pueda poner en riesgo tu vida. Ya hemos
perdido a una de nuestras mujeres. No voy a perderte.
Había dicho que era su hermana. La compasión luchó con su instinto de
protección. La base de esta discusión era el miedo que él sentía a que ella
desapareciera.
- Tom, no puedes guardarme dentro de una caja y ponerme en un rincón
seguro - Habló tan tiernamente como pudo.
- No voy a discutir sobre tu seguridad. Hace un rato estabas sola con un
hombre que estaba planeando tomarte a la fuerza. Cualquier animal salvaje
podía haberte atacado, y si no hubieras estado bajo mi protección, Rand
podría haberte hecho daño en su actual estado.
- Nada de eso ha ocurrido, Tom - Tocó dulcemente su mentón en una
tierna caricia - Tienes suficientes preocupaciones, suficientes
responsabilidades como para que me añadas a la lista. Puedo ayudarte.
Sabes que soy capaz de hacerlo.
Tiró de su muñeca para que cayera sobre él.
- Vas a volverme loco, Raven - La estrechó contra su cuerpo. Su voz bajó de
tono, hasta convertirse en una caricia hipnótica, en pura magia negra - Eres
la única persona a la que ansío proteger, y aún así no me obedeces. Insistes
en mantener tu independencia. Todos los demás se apoyan en mi fuerza,
pero tú buscas ayudarme, compartir mis obligaciones - Bajó la boca hacia la
suya.
De nuevo Raven sintió que la tierra retumbaba bajo sus pies, sintió el
estallido eléctrico en el aire, a su alrededor. Era algo curioso. La
temperatura de su piel subió hasta hacerla arder. En su cabeza giraban
miles de puntitos de colores. La boca de Tom reclamaba la suya, posesiva,
agresiva, dominante, borrando cualquier intento de resistencia. Ella separó
los labios, permitiendo su ardiente y dulce asalto.
Raven posó sus manos sobre los anchos hombros, y después le rodeó el
cuello. Sentía como su cuerpo se derretía. Tom quería tumbarla sobre la
suave hierba, arrancarle esas ofensivas prendas del cuerpo y hacerla
irremediablemente suya. Sabía a pura inocencia. Nadie, nunca, le había
pedido compartir sus pesadas obligaciones. Nadie, hasta que llegó esta
muchachita mortal, había pensado en el precio que él pagaba. Una humana.
Tenía el coraje necesario para plantarse ante él, y él no podía más que
respetarla por ello.
Tom tenía los ojos cerrados, deleitándose en la sensación del cuerpo de
Raven pegado al suyo, en el hecho de quererla con aquella intensidad. Estaba
consumido por un deseo ardiente. De mala gana alzó la cabeza, le dolía todo
el cuerpo, de forma atroz.
- Vámonos a casa, Raven - Su voz era pura seducción.
La boca de Raven se curvó en una sonrisa.
- No creo que tu casa sea un lugar seguro. Eres de la clase de hombre
contra la que me previno mi madre.
Tom la abrazó de forma posesiva, atrapándola contra su cuerpo. No tenía
ni la más ligera intención de apartarse de ella, de dejar que se marchara. Le
indicó con su cuerpo el camino a seguir, por donde él quería. Caminaron
juntos en un agradable silencio.
- Jacob no tenía intención de hacerme daño - negó de repente - Lo habría
percibido.
- Tú no tenías intención de tocarlo, pequeña, y eso lo salvó.
- Realmente creo que es capaz de cometer actos violentos. Siempre es duro
evitar la violencia - Le dirigió una traviesa sonrisa - Va pegada a ti como una
segunda piel.
Le tiró de la gruesa trenza en venganza por la broma.
- Quiero que vengas a vivir a mi casa. Por lo menos hasta que encontremos a
los asesinos y nos hagamos cargo de ellos.
Raven caminó en silencio. Tom había dicho hagamos, como si fueran un
equipo. Eso le gustó.
- ¿Sabes, Tom? Es de lo más extraño. Nadie en el pueblo, ni en la pensión,
parecía saber nada del asesinato hoy.
Sus dedos rozaron levemente sus delicados pómulos.
- Y tú no dijiste nada.
Le dirigió una mirada calmada, por debajo de sus largas pestañas.
- Por supuesto. No me divierto cotilleando.
- Noelle murió cruelmente, su muerte no tiene ningún sentido. Ella era la
compañera de Rand…
- Ya dijiste eso antes, ¿qué significa “compañera”?
- Ese término es igual al de marido o esposa – explicó - Noelle había dado a
luz a un niño hace sólo dos meses. Yo era el responsable de ellos. Noelle no
será tema de cotilleo. Nosotros mismos encontraremos a sus asesinos.
- ¿No crees que si hubiera un asesino en serie suelto en pueblo tan pequeño,
la gente tendría derecho a saberlo?
Tom escogió las palabras con sumo cuidado.
- Los rumanos no están en peligro. Y esto no es obra de una sola persona.
Los asesinos desean acabar con nuestra gente. La verdadera raza de los
Cárpatos está casi extinguida. Tenemos enemigos implacables que estarían
felices de vernos muertos a todos.
- ¿Por qué?
Tom se encogió de hombros.
- Somos diferentes; tenemos ciertos dones, ciertos talentos. La gente teme
aquello que es diferente. Deberías saberlo.
- Quizás por mis venas corra una versión diluida de vuestra sangre - dijo
Raven con una pizca de tristeza. Era agradable pensar que tenía
antepasados con su mismo don.
El corazón de Tom voló hacia el de Raven. Su vida debía haber sido
terriblemente solitaria. Tom quería arroparla entre sus brazos,
protegerla de las cosas desagradables de la vida. La suya era una soledad
auto-impuesta; Raven no había tenido elección.
- Nuestros negocios con el petróleo y los minerales, en un país donde la
mayoría apenas tiene nada, provocan odio y celos. Yo soy la ley para mi
gente. Me enfrento con aquello que amenaza nuestra posición y nuestras
vidas. Fue mi desacertada decisión la que colocó a Noelle en peligro; debo
atrapar a sus asesinos y hacer justicia.
- ¿Por qué no has llamado a las autoridades locales? - Se esforzaba por
entender, pero tenía que ir despacio.
- Yo soy la autoridad para mi gente. Soy la ley.
- ¿Tú solo?
- Tengo otros que ejecutan mis órdenes, que persiguen y cazan; son muchos,
de hecho. Pero todas las decisiones son responsabilidad mía.
- Eres juez, jurado y ¿también verdugo? - apuntó ella, conteniendo la
respiración mientras esperaba la respuesta. Sus percepciones no podían
mentir. Ella habría sentido la mancha del mal en él, sin importar lo buena que
fuera la protección que él hubiera intentando interponer. Nadie era tan
poderoso como para que sus sentidos no detectaran una pequeña brecha. No
se percató de que había dejado de andar hasta que Tom le acarició los
brazos arriba y abajo, calentándola porque empezaba a tiritar.
- Ahora me temes - Dijo con cansancio, pero muy suavemente, como si se
sintiera herido. Y en realidad la idea le hacía daño. Había intentado que ella
le temiera; había provocado su miedo deliberadamente, y ahora que
conseguía su objetivo, entendía que no era lo que pretendía de ella.
Raven sintió la voz suave de Tom en el fondo del alma.
- No te tengo miedo, Tom - negó dulcemente, ladeando la cabeza para
estudiar sus facciones a la luz de la luna - Tengo miedo por ti. Tanto poder
acaba por corromper a quien lo posee. Tanta responsabilidad lleva a la
destrucción. Tomas decisiones de vida o muerte que sólo están en manos de
Dios.
Las manos de Tom acariciaron su sedosa piel, hasta posarse en sus labios.
Sus ojos eran enormes en su pequeño rostro, sus sentimientos estaban
desnudos ante los hipnóticos ojos de Tom. Había preocupación,
compasión, un amor que empezaba a nacer y una dulce, muy dulce inocencia
que agitaba sus entrañas. Ella se preocupaba por él. Estaba preocupada.
Tom emitió un gemido. Raven no tenía ni idea de lo que estaba ofreciendo
a alguien como él. No se sentía con fuerzas suficientes para resistirse, y se
odiaba a él mismo por su egoísmo.
- Tom - Raven le acarició el brazo enviando oleadas de calor por su piel,
haciendo hervir su sangre. No se había alimentado y la mezcla de amor,
deseo y hambre era explosiva, embriagadora y muy, muy peligrosa. ¿Cómo no
iba a amarla cuando conocía sus pensamientos y su mente? Era la luz que
iluminaba su oscuridad, su otra mitad. Aunque debía estar prohibido y
probablemente fuese un error de la naturaleza, no podía evitar amarla.
- Deja que te ayude. Comparte esto conmigo. No te alejes de mí - El simple
roce de su mano, la preocupación de sus ojos, la pureza y la sinceridad de su
voz le llenaron de una dulzura desconocida hasta entonces para él.
La atrajo hacia él, demasiado consciente de las urgentes demandas de su
cuerpo. Con un ronco gruñido animal la levantó, le susurró una orden muy
suave y se movió con toda la rapidez de la que era capaz.
Raven parpadeó y se encontró en la cálida biblioteca de Tom, el fuego
arrojaba sombras sobre la pared, y ella no estaba muy segura de cómo había
llegado hasta allí. No recordaba haber ido caminando, pero aún así, estaban
en el interior de la casa. Tom tenía la camisa desabrochada, dejando a la
vista los fuertes músculos de su pecho. Sus ojos negros estaban fijos en su
rostro, observándola con la quietud y la atenta vigilancia de un depredador.
No intentaba ocultar que la deseaba.
- Te daré una última oportunidad, pequeña - Las palabras le salieron bruscas
y roncas, como si le rasgaran dolorosamente la garganta - Encontraré la
fuerza necesaria para dejarte marchar si quieres hacerlo. Ahora. En este
momento.
Estaba al otro lado de la habitación. El aire pareció detenerse. Si viviera
hasta llegar a los cien años, jamás borraría este momento de su memoria.
Tom estaba de pie, esperando su decisión de unirse a él o condenarlo a la
soledad eterna. Tenía la cabeza orgullosamente levantada; su cuerpo,
vibrante de masculina agresividad, estaba tenso; sus ojos ardían de deseo.
Su imagen borraba todo pensamiento cabal de la mente de Raven. Si lo
condenaba, ¿no se condenaría ella misma a sufrir el mismo destino? Alguien
necesitaba amar a este hombre, cuidarlo aunque fuera un poquito. ¿Cómo
podía seguir tan solo? Él estaba esperando. Sin órdenes, sin seducciones,
solo con sus ojos, su necesidad, su absoluta soledad. Los otros confiaban en
su fuerza, le exigían que utilizara sus habilidades, no obstante, no le
mostraban ningún afecto ni le agradecían su incesante vigilancia. Ella podía
saciar su hambre como los otros no podían. Lo supo instintivamente. No
habría otra mujer para él. La quería a ella. La necesitaba a ella. Era incapaz
de alejarse de él.
- Quítate la sudadera - Dijo suavemente. Ya no había vuelta atrás. Tom
había leído la decisión en sus ojos, en el suave temblor de sus labios.
Raven dio un paso atrás, sus ojos azules se agrandaron. Muy despacio, casi
de mala gana, se quitó la prenda, de alguna forma, en su interior, sabía que
le estaba dando mucho más que su inocencia. Sabía que le estaba dando su
vida.
- El jersey.
Raven se pasó la lengua por los labios, humedeciéndolos. Una salvaje
sacudida, casi primitiva traspasó el cuerpo de Tom en respuesta.
Mientras ella se quitaba el jersey de cuello de cisne, sus manos bajaron a
los botones del pantalón. Se sentía aprisionado, la tela se tensaba
haciéndole daño. Tuvo cuidado de utilizar la forma humana de desvestirse
para no asustarla más.
El cuerpo desnudo de Raven brillaba a la luz del fuego. Las sombras rozaban
los contornos de su figura. Su talle era estrecho y su cintura pequeña,
acentuando la generosidad de sus pechos. El hombre que había en él inspiró
bruscamente, el animal rugió exigiendo ser liberado.
Tom dejó caer su camisa sobre el suelo, incapaz de soportar por más
tiempo el roce de la tela sobre su piel. De lo profundo de su garganta surgió
un sonido animal, una salvaje llamada. En el exterior de la casa el viento
empezó a soplar y unas nubes oscuras ocultaron la luna. Apartó todos los
adornos humanos que quedaban sobre su cuerpo, dejándolo a la vista, sus
músculos estaban bien formados y estaban tensos por la necesidad.
Raven tragó saliva con dificultad mientras se bajaba los tirantes de encaje
del sujetador, dejando que cayera al suelo. Sus pechos quedaron a la vista,
incitantes, los rosados pezones endurecidos por el deseo.
Cruzó la distancia que los separaba de un solo salto, sin importarle las
explicaciones que tendría que dar más tarde. El instinto de un milenio de
edad tomó el control de su cuerpo. Rasgó los ofensivos vaqueros y se los
arrancó de un solo tirón, arrojándolos a un lado. Raven gritó, el miedo ante
su fuerza añadió una tonalidad gris a sus ojos azules. Tom la calmó con
una caricia, pasando sus manos por su cuerpo, guardando cada línea del
mismo en su memoria.
- No temas mi deseo, pequeña - susurró dulcemente - Jamás te haría daño.
Sería incapaz.
Raven tenía una estructura pequeña y delicada, y su piel era seda ardiente.
Las manos de Tom la tocaban por todos lados, le dejó suelto el pelo y se
lo cepilló con los dedos, su tacto enviaba dardos ardientes a su ingle. Su
cuerpo se tensó, dolorido. Dios, la necesitaba tanto. Tanto.
Tom atrapó la nuca de Raven de forma que ella no pudiera escapar; con el
pulgar, le echó la cabeza hacia atrás, hasta dejar expuesta su garganta y los
pechos a su alcance. Movió la mano muy lentamente, siguiendo la curva de su
hombro hasta dejarla, por un momento, sobre la marca que le dejó en el
cuello que con el contacto, se tornó ardiente y palpitante. De allí tomó un
camino descendente, para acariciar la suavidad de su pecho. Siguió con los
dedos cada marca de sus costillas, alimentando su deseo, y acallando el
miedo de Raven. Se recreó en su vientre, y en la curva de sus caderas hasta
reposar la mano sobre el triángulo de suaves rizos sobre sus piernas.
Raven ya había sentido sus caricias con anterioridad, pero esto era mil
veces más fuerte. Sus manos despertaban en ella una desesperada
necesidad y tenía la sensación de estar hundiéndose en un mundo de puro
placer. Tom gruñó algo por lo bajo, en su propia lengua y la tomó en sus
brazos para dejarla en el suelo frente al fuego. Su cuerpo se movía con
agresividad, atrapando a Raven bajo él, en el suelo. Por un momento a ella le
recordó un animal salvaje que intentaba someter a su compañera. Tom ni
siquiera se había dado cuenta, hasta ese momento, de lo cerca que había
estado de transformarse en un vampiro. Las emociones, la pasión y la lujuria
formaban en su interior un torbellino que le hacía temer por Raven y por él
mismo.
La luz del fuego arrojó una sombra diabólica sobre él. Parecía un enorme e
invencible animal agazapado junto a ella de forma peligrosa.
- Tom - Pronunció su nombre tiernamente, en un intento de que suavizara
la expresión salvaje de su rostro. Necesitaba que fuera más despacio.
Le agarró las muñecas con las dos manos, uniéndolas por encima de la cabeza
de Raven y manteniéndola así inmovilizada.
- Necesito que confíes en mí, pequeña - En su voz se mezclaban la orden
imperante y esa magia negra que sólo él conjuraba - Dame tu confianza. Por
favor, dámela.
Ella estaba aterrada, era tan vulnerable, allí, atrapada en el suelo como en
un sacrificio pagano, en una especie de ofrenda a un dios desaparecido hace
siglos. Los ojos de Tom devoraban su cuerpo haciéndola arder allí donde
posaba su brillante mirada. Raven yacía inmóvil bajo su despiadada fuerza,
sintiendo que había tomado una decisión implacable, consciente de la
terrible lucha interior que se desarrollaba en su mente. Su mirada azul vagó
sin rumbo por las líneas de su rostro; su boca, tan sensual, también era
capaz de demostrar crueldad; sus ojos, que brillaban con ardiente fiereza.
Raven se movió para comprobar la fuerza del cuerpo masculino, sabiendo que
sería imposible detenerlo. Temía su unión porque no se sentía segura, no
sabía qué esperar, pero confiaba en él, creía en él.
La sensación de su suave cuerpo desnudo retorciéndose bajo él lo inflamó
aún más. Tom pronunció su nombre en un gemido mientras su mano se
deslizaba por el muslo de Raven, hasta encontrar el cálido lugar entre sus
piernas.
- Confía en mí, Raven. Necesito tu confianza - Sus dedos recorrieron la
suavidad de Raven, reclamándola, provocando un flujo de cálida humedad.
Inclinó la cabeza sobre ella para probar su sabor, su textura, su aroma.
Raven gritó cuando sintió la boca de Tom sobre un pezón, cuando sus
dedos se introdujeron aún más en ella. Oleadas de placer recorrían su
cuerpo. Él se movió más despacio, recorriendo con la lengua el camino
abierto por sus dedos. Con cada caricia, su cuerpo se tensaba aún más, su
corazón se abría a Raven y el animal que él mantenía enjaulado se hacía más
y más fuerte. Una compañera. Su compañera. Suya. Inhaló su aroma hasta
guardarlo en lo más profundo de su alma; su lengua la recorría lentamente,
en una prolongada caricia.
Raven volvió a moverse bajo él, aún insegura, pero se calmó cuando vio que él
levantaba la cabeza y que en sus ojos ardía el firme propósito de ser su
dueño. De forma deliberada, le separó las rodillas, dejándola totalmente
vulnerable. Le sostuvo la mirada, advirtiéndola, inclinó la cabeza entre sus
piernas y bebió.
Tom sabía, en el fondo de su mente, que Raven era demasiado inocente
para hacer el amor de forma tan salvaje, pero estaba decidido a que ella
conociera lo que era el placer, el placer que él podía proporcionarle, muy
distinto del placer que obtuvo con su sugestión hipnótica. Había esperado
demasiado que apareciera su compañera, habían sido interminables siglos de
hambre, oscuridad e infinita soledad. No podía ser tierno y considerado
cuando su cuerpo entero le exigía que la hiciera totalmente suya para
siempre. Sabía que su confianza en él significaba todo. Su fe en él sería lo
único que la protegería.
El cuerpo de Raven se convulsionó en una serie de espasmos mientras
gritaba. Tom pasó la lengua muy despacio sobre ella, saboreando su piel,
su suavidad y lo exquisito de su cuerpo. Cada detalle, hasta el más mínimo,
quedó grabado en su mente, formando parte del salvaje placer al que estaba
abandonándose.
Le soltó los brazos y se inclinó para besarla sobre los ojos, en la boca.
- Eres tan hermosa, Raven. Sé mía. Sólo mía - Apretaba su cuerpo contra el
de ella, los músculos totalmente tensos, increíblemente fuerte, temblando
de necesidad.
- No podría haber nadie más, Tom - contestó dulcemente mientras
pasaba los dedos por la piel ardiente de su espalda. Acarició su rostro,
contraído por la desesperación, se deleitó en el tacto de su pelo - Confío en
ti, sólo en ti.
Tom la agarró por las caderas.
- Seré tan delicado como pueda, pequeña. No cierres los ojos, quédate
conmigo.
Estaba preparada para él, húmeda, caliente, pero al entrar en ella sintió la
barrera. Ella jadeó tensando el cuerpo.
- Tom - Había pánico en su voz.
- Será sólo un instante, pequeña, y después te llevaré al cielo - Esperó su
aprobación con mortal agonía.
Lo miró con ojos trémulos, confiando plenamente en él. Nadie de los suyos ni
ningún humano lo había mirado de esta forma a lo largo de los siglos. Tom
se movió hacia delante penetrando en su estrecha funda, enterrándose allí.
Raven emitió un pequeño quejido, y él la besó para borrar el dolor con su
lengua. Se obligó a permanecer quieto, a sentir como sus corazones latían al
unísono, y a escuchar el murmullo de la sangre por sus venas. Raven acomodó
su cuerpo al suyo.
La besó dulcemente, con ternura, abriendo su mente para compartirlo todo
con ella. Su amor era salvaje, obsesivo, protector y ciertamente no lo daba
fácilmente, pero su entrega a Raven era total y absoluta. Se movió despacio
y con mucho cuidado en un principio, esperando la reacción en sus expresivos
ojos.
Las demandas del cuerpo de Tom empezaron a imponerse sobre ellos
mismos. Su piel ardía en llamaradas y sus entrañas rugían. Pequeñas gotas de
sudor perlaron sus músculos, tensos. Empezó a moverse sobre ella muy
lentamente, reclamándola como suya, enterrando su cuerpo en el de ella una
y otra vez, con un hambre insaciable.
Raven le empujó ligeramente en el pecho con las manos, en una especie de
protesta. Tom gruñó una advertencia mientras bajaba la cabeza hacia el
pecho izquierdo. Ella era pura seda, estrecha y ardiente. Su ritmo se hizo
más rápido, buscando el único alivio que conocía para saciar su
desesperación. Eran un solo ser; ella era su otra mitad. Raven se movió de
nuevo, alejándose ligeramente de él, y su boca dibujó un grito silencioso que
evidenciaba su temor a las oleadas de increíble placer que la consumían.
Tom gruñó otra vez, era la protesta del animal que habitaba en él. Hundió
los dientes en la curva de su hombro, aplastándola contra el suelo.
La leña que ardía en la chimenea estalló. Retumbó el trueno y la casa tembló
mientras los relámpagos caían uno tras otro en el bosque. Tom rugió,
gritó al cielo mientras se elevaban por encima de la tierra. El placer
continuó mezclado con el dolor. Necesitaba más y más. Al introducirse con
fiereza en ella desencadenó un deseo tal que la bestia despertó por
completo en su interior.
La boca de Tom se deslizó desde el hombro hasta encontrar el loco latido
del corazón de Raven bajo sus apetitosos pechos. Su lengua acarició un
pezón endurecido y trazó sendas de placer a su alrededor. Clavó
profundamente los dientes y bebió, se alimentó de ella, la hizo suya de
nuevo en un frenesí sexual que era totalmente incapaz de saciar.
Su sabor era dulce, limpio y muy adictivo. Anhelaba todavía más y más, su
cuerpo empujaba una y otra vez, cada vez más profundo, poderoso y fuerte,
llevándola de nuevo a sentir aquella explosión de placer.
Raven luchó consigo misma porque era incapaz de reconocer a Tom en
aquel animal sensual y voraz. Su cuerpo respondía a sus demandas, incapaz
de sentirse saciado. Tom torturaba la piel de su pecho, la hacía arder y le
enviaba espirales de placer que parecían no tener fin. Sentía como se iba
debilitando mientras una euforia totalmente desconocida la dejaba lánguida
bajo él. Tomó la cabeza de Tom entre sus manos y la acunó, entregándose
por completo para que saciara su hambre mientras su cuerpo se
convulsionaba una y otra vez.
Fue su entrega lo que le devolvió la cordura. Esta mujer no estaba
hipnotizada; se ofrecía libremente porque era capaz de sentir la necesidad
que habitaba en él, porque confiaba en que él no sería capaz de hacerle
daño, porque sabía que él se detendría antes de matarla.
Cerró la herida del pecho lamiéndola con la lengua. Elevó la cabeza, en sus
ojos oscuros aún se podía ver el ansia, en su boca llevaba el sabor de su
sangre. Soltó una maldición en voz baja, odiándose a sí mismo por lo que
había hecho. Ella estaba bajo su protección. Jamás había experimentado por
nadie el asco que sintió en ese momento hacia él. Raven se había entregado
voluntariamente, y él la había tomado de modo egoísta, había dejado que
imperara la bestia de su interior para sentir el éxtasis de unirse a su
compañera.
Cogió su cuerpo inerte entre sus brazos.
- No morirás, Raven - Estaba furioso consigo mismo. ¿Lo había hecho a
propósito? ¿Lo había buscado en algún lugar remoto de su mente? Buscaría
la respuesta más tarde. En este momento ella necesitaba sangre
urgentemente.
- Quédate conmigo, pequeña. Me quedé en este mundo por ti. Tienes que ser
fuerte por los dos. ¿Me oyes Raven? No me dejes. Puedo hacerte feliz. Sé
que puedo.
Se abrió una herida en el pecho y apretó la boca de Raven contra el
torrente carmesí que salió de la brecha.
- Vas a beber; obedéceme.
Sabía que era mejor darle su sangre en un vaso, pero quería sentir su boca
sobre su piel, necesitaba abrazarla mientras ella tomaba su sangre,
mientras le devolvía la vida a su famélico cuerpo.
Obedeció a la fuerza, casi rechazando su sangre. Intentó apartar la cabeza.
Pero él la agarró, impidiendo que se alejara.
- Vivirás, pequeña. Bebe más.
Raven tenía una voluntad de acero. Ni siquiera su gente necesitaba una
orden tan fuerte para conseguir que le obedecieran. Por supuesto, ellos
confiaban en él, y querían obedecer. Aunque Raven no era siquiera
consciente de que él la estaba obligando, algún remoto sentido de
supervivencia luchaba contra su orden. No importaba. Impondría su
voluntad. Siempre la imponía.
Tom la llevó en brazos hasta sus aposentos. Estrujó las hierbas curativas
y un aroma dulzón impregnó la habitación. Las extendió alrededor de la cama
y sobre su pequeño e inmóvil cuerpo. La sumió en un profundo sueño. La
obligaría a beber dentro de una hora. Por un momento, se quedó de pie,
observándola, mientras un profundo grito le subía por la garganta. Era tan
hermosa, un extraño y valioso tesoro que él había tratado de forma tan
cruel en lugar de cuidarla y mimarla, apartándola de su otro yo salvaje. Los
hombres de los Cárpatos no eran humanos. Su forma de hacer el amor era
extremadamente salvaje. Raven era joven, era humana y virgen. Y él no
había sido capaz de enterrar sus recién adquiridas emociones en el
torbellino de pasión.
La tocó con temblorosos dedos, dejando una ligera caricia sobre su rostro
mientras se inclinaba para besar su boca. Con un juramento, se dio la vuelta,
y salió de la habitación. Los hechizos de protección eran los más fuertes que
conocía, ella no podría salir y nadie podría entrar.
En el exterior rugía la tormenta, con la misma furia e intensidad que había
en su alma. Dio tres pasos y saltó hacia el cielo, cruzándolo como un rayo
hacia el pueblo. El viento gemía y formaba remolinos a su alrededor. La casa
que buscaba no era más que una pequeña cabaña. Se quedó de pie en la
puerta, su rostro reflejaba el tormento que sufría.
Edgar Hummer abrió en silencio la puerta, apartándose hacia un lado para
dejarle pasar.
- Tom.
Su voz era amable. Edgar Hummer era un anciano de ochenta y tres años. La
mayoría de ellos los había pasado al servicio del Señor. Consideraba un
enorme privilegio ser uno de los escasos amigos de Tom Dubrinsky.
Tom invadió la habitación con su sola presencia, con el poder que emanaba
de su cuerpo. Estaba nervioso, profundamente molesto. Caminaba de un lado
a otro sin descanso mientras la tormenta aumentaba en el exterior.
Edgar se sentó en su sillón, encendió la pipa y esperó. Para él, Tom era un
hombre tranquilo, que no demostraba ningún tipo de emoción. Este era, sin
embargo, un hombre peligroso, un hombre que Edgar jamás había
vislumbrado en Tom.
Tom golpeó con el puño la chimenea y resquebrajó algunas piedras.
- Esta noche estuve a punto de matar a una mujer - Confesó de forma
súbita y dolorida - Me dijiste que Dios nos creó con un propósito, que fuimos
creados por Él. Soy más animal que hombre, Edgar, no puedo continuar
engañándome. Buscaría el descanso eterno, pero incluso eso se me niega. Los
asesinos acechan a mi gente. No tengo derecho a abandonarles hasta que
sepa que están protegidos. Ahora, mi mujer está en peligro, no solo por mi
parte, sino también por parte de mis enemigos.
Edgar dio una calada a su pipa tranquilamente.
- Has dicho ‘mi mujer’. ¿Amas a esta mujer?
Tom agitó la mano obviando el tema.
- Ella es mía - Era una afirmación, un decreto. ¿Cómo podía él usar la palabra
amor? Era tan insípida para los sentimientos que él albergaba por Raven. Ella
era la encarnación de la pureza, la bondad, la compasión. Todo lo que él no
era.
Edgar asintió con la cabeza.
- Estás enamorado de ella.
Tom frunció el entrecejo de forma amenazadora.
- Yo necesito. Yo ansío. Yo quiero. Esa es mi vida - Lo dijo atormentado,
intentando que fuera verdad.
- Entonces, ¿Por qué sientes ese dolor, Tom? Tú la querías, quizás la
necesitaras y me imagino que la tomaste. Tú estabas hambriento, supongo
que te alimentaste de su sangre. ¿Por qué deberías sentir dolor?
- Sabes que no es correcto que tomemos la sangre de las mujeres por las
que sentimos otros apetitos.
- Has dicho muchas veces que no has sentido apetitos sexuales desde hace
siglos. Que eres incapaz de sentir - le recordó con voz calmada.
- Ella me hace sentir - confesó Tom, con un vivo dolor en los ojos - La
quiero a mi lado cada momento del día. La necesito. Dios, debo tenerla. No
sólo su cuerpo, también su sangre. Soy adicto a su sabor. Lo ansío todo de
ella, pero está prohibido.
- Pero ¿lo hiciste de todas formas?
- Estuve a punto de matarla.
- Pero no lo hiciste. Todavía vive. Ella no puede ser la primera de la que te
alimentas hasta este extremo. ¿Te causaron las otras este dolor?
Tom se dio la vuelta.
- No lo entiendes. Fue la manera en la que sucedió, lo que hice con
posterioridad. Me lo temía desde la primera vez que escuché su voz.
- Si nunca había sucedido antes, ¿Por qué lo temías?
Tom dejó caer la cabeza apretando los puños a ambos lados del cuerpo.
- Porque la quería, no podía soportar la idea de dejarla. Quería que ella
supiera cómo soy, que conociera lo peor de mí. Que viera todo lo que soy.
Quería unirla a mí, atarla a mí para que nunca se marche de mi lado.
- Ella es humana.
- Sí. Tiene habilidades, tiene un vínculo mental conmigo. Tiene compasión, es
hermosa. Me dije a mí mismo que no podía hacer esto, que estaba mal. Pero
en el fondo, sabía que lo haría.
- Y aún sabiendo que ibas a hacer algo incorrecto, lo hiciste. Debías tener
una buena razón.
- Egoísmo. ¿No me has escuchado? Yo, yo, yo. Todo para mí. Encontré una
razón para continuar con mi existencia y tomé lo que no era para mí, y aún
ahora, mientras hablo contigo, sé que no la dejaré marchar.
- Acepta tu forma de ser, Tom. Acepta tu verdadera naturaleza.
Tom soltó una amarga carcajada.
- Todo está tan claro para ti. Dices que soy uno de los hijos de Dios. Que
tengo una razón de ser. Que debo aceptar mi naturaleza. Mi naturaleza es
tomar lo que creo que es mío, guardarlo y protegerlo. Encadenarlo a mí si es
necesario. No puedo dejar que se marche. No puedo. Ella es libre como el
viento. Si encerrara al viento en una jaula, ¿moriría?
- Entonces no lo encierres, Tom. Confía en que permanecerá a tu lado.
- ¿Cómo puedo proteger al viento, Edgar?
- Tom, has dicho que no puedes. No puedes dejarla marchar. No lo harías,
no lo harás. Dijiste que no puedes, en presente, hay una diferencia.
- Para mí. ¿Y ella qué? ¿Qué opción le estoy dando a ella?
- Siempre he creído en ti, en tu bondad y en tu fuerza. Es bastante posible
que la chica te necesite también. Has estado escuchando las leyendas y
mentiras asociadas a los de tu especie durante tantos años que estás
empezando a creer esas tonterías. Para un vegetariano, alguien que come
carne puede resultar repulsivo. El tigre necesita al ciervo para sobrevivir.
Una planta necesita agua. Todos necesitamos algo. Tú sólo tomas lo que
necesitas. Arrodíllate, recibe la bendición de Dios y vuelve con tu mujer.
Encontrarás la manera de proteger al viento.
Tom se arrodilló obedientemente, inclinó la cabeza dejando que la paz
que emanaba del anciano penetrara en él y le reconfortara. En el exterior, la
furiosa tormenta cesó de repente, como si hubiese desgastado toda su
furia.
- Gracias, Padre - susurró Tom.
- Haz lo que debas para proteger a los tuyos. A los ojos de Dios, sois sus

hijos.



HOLA!!! BUENO AQUI ESTA EL TERCER CAPITULO ... POR RAZONES DEMORARE EN SUBIR EN ESTA YA QUE UNA AMIGA QUE LA LEE QUE ES JENIFER DEMORA EN LEER POR CUESTIONES PERSONALES YA QUE NO LE DA TIEMPO DE LEERLA DE UN SOLO GOLPE IRA LEYENDALA POCO A POCO Y ESPERARE A QUE ELLA TERMINE DE LEER Y COMENTE PARA SUBIR EN ESTA NOVELA ... GRACIAS POR COMENTAR Y YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... HASTA PRONTO Y DISFRUTEN DE LA NOVE ... SOLO USTEDES SABRAN QUE LA NOVELA SIGUE AUNQUE LA TENGA EN CANCELADA ... GRACIAS Y ADIOS :)) DISFRUTEN DE LA SAGA 

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