lunes, 9 de mayo de 2016

13

CAPITULO 13
Rudy Romanov estaba profundamente sedado; el olor a narcótico
apestaba en la nariz de Tom. La idea de introducir sangre
contaminada en su cuerpo le asqueaba, pero era necesario para
poder leer los pensamientos de Romanov con total libertad. Raven lo
había dejado marchar, su fe en él era total, igual que su amor y su
confianza; aunque todas las células de su cuerpo pedían a gritos la
muerte de Romanov, Tom no podía traicionar la confianza que
Raven había depositado en él.
- Déjame a mí –dijo Gregori suavemente, leía con facilidad los deseos
de Tom.
- Tu alma sufriría un gran riesgo –señaló Tom.
- La continuación de nuestra raza lo merece; Romanov es un peligro
y no podemos permitir que nos aceche. Debemos concentrar todos
nuestros esfuerzos en la búsqueda de mujeres que perpetúen nuestra
estirpe, no en luchar contra cazadores de vampiros. Creo que sólo
existe un puñado de mujeres humanas con gran habilidad psíquica
que pueden unirse a nosotros.
- ¿En qué te basas para afirmar eso? –preguntó Tom, añadiendo
una sutil amenaza a su modulada voz. Experimentar con mujeres era
un crimen imperdonable.
Los ojos de Gregori se estrecharon y brillaron; el vacío negro crecía
en su interior, la mancha oscura se extendía por su alma. Y no hizo
ningún esfuerzo para ocultarlo a Tom. Parecía querer mostrarle lo
desesperado de la situación en la que se encontraba.
- He hecho infinidad de cosas horribles, oscuras e imperdonables;
pero jamás usaría a una mujer para experimentar con ella. Debo ser
yo el que tome la sangre de Romanov si insistes en dejarlo con vida –
y no era una pregunta.
Los dos hombres de los Cárpatos se deslizaron con facilidad por los
estrechos pasillos del ala de psiquiatría del hospital. Los humanos que
se encontraban allí sintieron una sensación de frío a su paso, nada
más; nadie les vio cruzar el edificio. Se escurrieron a través de la
cerradura de una puerta, tomando la forma de una nube de vapor
que más bien parecía una espesa niebla teñida; girando por la
habitación envolvieron el cuerpo de Romanov como si se tratasen de
una mortaja. Romanov gritó, el miedo se apoderó de su cuerpo ante
la visión de la neblina moviéndose a su alrededor como una
serpiente, resbalando por sus costillas, sus muñecas, cerrándose en
torno a su cuello y apretando cada vez más fuerte. Podía sentir esa
sensación en toda su piel, mientras el vapor retorcía su cuerpo como
un sacacorchos. Cuando intentó aferrar la niebla, sus manos la
atravesaron. Sentía horribles voces siseando en su cabeza,
susurrando, amenazándole, en voz tan queda que parecían tenues
murmullos. Se tapó las orejas con las manos en un intento de
detener el pernicioso siseo; un hilillo de saliva cayó por la comisura
de su boca, abierta por el efecto de los tranquilizantes; su garganta
trabajaba de forma compulsiva.
La neblina se dividió en dos; una parte flotó hacia un rincón de la
habitación y se quedó flotando a ras del suelo; la otra se espesó muy
lentamente, emitiendo destellos y empezó a tomar forma humana,
hasta que el cuerpo de un hombre musculoso, de anchos hombros,
con ojos pálidos como la muerte, apareció ante él. Rudy empezó a
temblar de forma incontrolable, acurrucándose en un extremo de la
cama, hasta hacerse un pequeño ovillo. La aparición era demasiado
impresionante, demasiado amenazadora para no ser real.
- Romanov –y los colmillos de Gregori brillaron en la oscura
habitación.
- ¿Qué eres? –las palabras brotaron en un ronco graznido.
Los ojos pálidos brillaron y sin parpadear, se estrecharon hasta
formar dos hendeduras.
- Lo sabes –los ojos pálidos atraparon los de Rudy, y los traspasaron,
hipnóticos, apremiantes– Ven a mí; aliméntame. Conviértete en mi
servidor hasta que seas digno de entregarte la oscura maldición.
Los ojos de Romanov mostraron la repentina comprensión, el horror y
el creciente pánico. Gregori susurró de nuevo con voz irresistible,
seductora, un arma poderosa.
- Me servirás ahora, obedece mi mandato, infórmame cuando sea
necesario –y diciendo esto, bajó despacio la cabeza.
Romanov supo que su alma estaba perdida; podía percibir el increíble
poder del extraño, su inmensa fuerza y la habilidad de hacer cosas
imposibles para un humano. La inmortalidad. La idea lo seducía, lo
tentaba. Fue hacia él de buena gana, ladeando la cabeza para dejar
expuesta su garganta. Sintió una respiración ardiente y un dolor
agudo cuando los colmillos se clavaron en profundidad. Podía notar
como su sangre fluía, saliendo de su cuerpo como un torrente; el
dolor era muy intenso, un infierno que era incapaz de detener, pero
tampoco deseaba detenerlo. Un curioso sopor lo invadió, sus
párpados eran demasiado pesados para poder elevarlos.
La niebla volvió a espesarse en la habitación, envolviendo a Gregori,
arrastrándose entre él y su presa. De mala gana, Gregori levantó la
cabeza de su presa con un gruñido de protesta, y dejó que el lacio
cuerpo se escurriera hasta el suelo con sumo desprecio.
- Casi lo matas –escupió Tom.
- Merece morir. Está podrido y vacío por dentro, su alma es corrupta;
quiere noches interminables, mujeres indefensas, y el poder de
otorgar la vida o la muerte a la humanidad. Hay mucho de su abuelo
y su padre en él; es una concha vacía, con gusanos que devoran lo
bueno que queda en él. Su mente es un laberinto de deseos
retorcidos.
- Si Romanov muere de una enorme pérdida de sangre…
- No soy tan descuidado –dijo mientras apartaba de una patada el
cuerpo que yacía a sus pies –Vivirá. Su abuelo empezó todo esto…
- Se llamaba Raúl ¿lo recuerdas Gregori? Estaba loco como un
anciano pero era pervertido como un muchacho. Golpeaba a su mujer
y perseguía a las jovencitas. Le detuve una vez –dijo Tom
repentinamente pensativo.
- Y no sólo te ganaste su odio, sino también sus sospechas; te vigiló
desde entonces, espiándote a cada oportunidad; esperaba encontrar
algo que te condenara; cualquier cosa que supusiera un descuido de
tu parte, un gesto, tu forma de hablar ¿quién sabe? Le transmitió las
sospechas a Hans –y con esto volvió a empujar el cuerpo –Romanov
usó un fax para enviar copias de las pruebas a varias personas. Los
originales están en su casa, bajo los tablones del suelo de la
habitación de sus padres –Gregori vigiló atento el intento de Rudy de
escapar arrastrándose –Tarde o temprano, vendrán.
El cuerpo de Gregori brilló, se disolvió y la niebla giró en volutas por
la habitación, largos jirones que se movían como serpientes allí donde
los dos hombres habían estado plantados. El vapor se acercó al lugar
donde Romanov se encogía, muerto de miedo, en el suelo; se detuvo
junto a su cabeza, junto a su garganta y entonces, la niebla se
disolvió dejando a un indefenso y sollozante Romanov.
Tom y Gregori se deslizaron a través del pasillo, silenciosos y
rápidos, internándose en la frescura de la noche. Tras experimentar
la depravada mente de Rudy, necesitaban volver a sentir la tierra;
una vez en el exterior, Gregori obligó a su cuerpo a expulsar los
tranquilizantes a través de sus poros, para verse libre de cualquier
efecto. Tom, que lo observaba atentamente, se maravilló de la
facilidad con que llevó a cabo la tarea. Gregori permaneció en silencio
durante el viaje a la casita de Romanov; Tom respetaba su
necesidad de respirar los aromas de la noche, de sentir el tacto de la
tierra bajo sus pies, escuchar el canto de los lobos, y del resto de las
criaturas nocturnas que se expresaban en una relajante cadencia.
Una vez seguros en el hogar de Romanov, Gregori se dirigió, sin
vacilar, al punto exacto donde los papeles estaban escondidos bajo el
entarimado. Tom cogió las viejas fotografías y el fardo de
documentos sin apenas echarles un vistazo.
- Cuéntame todo lo que viste en su mente.
Los ojos de Gregori brillaron, su apariencia era feroz.
- Un hombre llamado Slovensky, Eugene Slovensky, es miembro de
una sociedad secreta dedicada a deshacerse de los vampiros. Von
Halen, Antón Fabrezo y Dieter Hodkins son los supuestos expertos
que investigan y señalan a las víctimas. Slovensky recluta nuevos
miembros y confirma y realiza los asesinatos.
Tom soltó una elocuente maldición.
- Otra nueva cacería de vampiros acabaría con nuestra gente.
Gregori encogió sus anchos hombros.
- Buscaré y destruiré a estos hombres. Tú coge a Raven y vete lejos
de aquí. Noto tu protesta, Tom, pero es la única manera, y ambos
lo sabemos.
- No compraré mi felicidad a cambio de tu alma.
Los ojos plateados contemplaron a Tom y después buscaron la
noche.
- No nos queda otra opción. Mi única esperanza es hallar a mi
compañera. Hace mucho que no tengo emociones; me limito a
satisfacer mis necesidades. Mi cuerpo no evidencia ningún tipo de
deseo, solo mi mente está activa. No puedo recordar los sentimientos
que tú experimentas ahora; debo tener pronto una compañera, solo
resistiré unos años más; después buscaré el descanso eterno.
- No te entregarás al sol, Gregori, no sin decírmelo antes –Tom
alzó la mano para acallar la protesta de su amigo –Yo he pasado por
lo mismo que tú, he estado solo con el monstruo luchando por
obtener el control, con mi alma cada vez más negra. Nuestra gente te
necesita. Debes permanecer fuerte y luchar contra la bestia
agazapada en tu interior.
Los ojos de Gregori, pálidos y amenazadores, emitieron un peligroso
destello en la oscuridad de la habitación.
- No sobrestimes mi cariño ni mi lealtad; debo tener una compañera.
Si alguna mujer despierta cualquier cosa, lo que sea, lujuria,
posesión, cualquier sentimiento en mí, tomaré lo que es mío y no
permitiré que nadie me lo arrebate –y súbitamente, el enorme cuerpo
de Gregori se disolvió entre destellos, formando pequeñas gotas de
agua y pasando por debajo de la puerta, para entregarse a los
acogedores brazos de la noche.
- Vámonos de esta casa donde solo hay muerte y locura. Quizás es la
sangre maldita de Romanov, que corre por mi cuerpo, la que está
hablando.
Con un suspiro, Tom lo siguió, internándose en la noche.
Las volutas de niebla, idénticas ambas, refulgían bajo la luz de la
luna, uniéndose a los jirones de neblina que se levantaban a escasa
altura por encima del suelo del bosque. Ansioso por volver a estar
junto a Raven, Tom se deslizaba entre los árboles, dirigiéndose
hacia el claro que separaba las casas del bosque profundo. Al pasar
por la casa del párroco, e internarse en la pequeña pradera, su mente
detectó una pequeña alteración. La advertencia hizo que su cuerpo se
sacudiera lo suficiente como para volver hasta la casa del Padre
Hummer y, bajo el cobijo de los árboles, retomar su aspecto humano.
Rozó la mente de Raven; nada la amenazaba.
- ¿Qué es? –preguntó Gregori mientras se materializaba a su lado.
Escudriñaron cuidadosamente el área, en busca de algún peligro. Era
el suelo el que hablaba de violencia, de botas que pisaban con fuerza
y de sangre derramada.
Tom elevó la mirada, golpeada por el dolor, hacia los pálidos ojos
de Gregori, y ambos se giraron simultáneamente hacia la cabaña de
su viejo amigo.
- Yo iré primero –dijo Gregori, con toda la compasión que fue capaz
de reflejar en su voz. Caminaba con fluidez delante de Tom,
aproximándose a la entrada de la casa.
La pequeña cabaña, ordenada, limpia y tan acogedora, había sido
destrozada, registrada de arriba abajo. Los sencillos muebles estaban
rotos, las cortinas ladeadas y los antiguos platos de loza hechos
pedazos. Los preciados libros del párroco estaban rasgados y sus
dibujos hechos jirones. Las tisanas, cuidadosamente guardadas por el
Padre en pequeñas latas de metal, yacían en un montón en el suelo
de la cocina. Su delgado colchón estaba rasgado y las sábanas
hechas trizas.
- ¿Qué estaban buscando? –murmuró Tom en voz alta, vagando
por la habitación tan familiar para él. Se agachó para recoger una
torre, encerrando la conocida pieza de ajedrez en su puño. Había
manchas de sangre en el suelo, en el viejo sillón tallado.
- No hay ningún cadáver –señaló Gregori innecesariamente. Se estiró
para recoger una antiquísima Biblia encuadernada en piel. La
encuadernación era muy buena y el cuero brillaba donde los dedos
del párroco la habían sostenido tan a menudo –Pero donde apesta a
podredumbre, siempre hay un rastro –Gregori le pasó la Biblia a
Tom, observando como su príncipe, sin decir palabra, guardaba el
libro bajo su camisa, sobre su piel.
El musculoso y fornido cuerpo de Gregori se inclinó y emitió una
especie de resplandor. Sus brazos se cubrieron de una gruesa capa
de pelo, de sus uñas surgieron grandes garras y los colmillos
aparecieron en su hocico. El enorme lobo negro saltaba por la
ventana, transformándose en el aire. Tom le siguió, saltando entre
los árboles, siguiendo el rastro con el morro pegado al suelo,
alrededor de la cabaña. Les llevaba al interior del bosque, alejándose
de la casita, subiendo cada vez hacia las montañas. Siguiendo el
rastro se separaban de Jacques y Raven; quienquiera que se hubiera
llevado al Padre, quería estar a solas para llevar a cabo su sucio
cometido.

Tom y Gregori devoraban la distancia en loca carrera, hombro a hombro, y con el mismo propósito oscuro y mortal en sus corazones.
Olfateaban el aire y de vez en cuanto hundían la nariz en el suelo
para asegurarse que iban por el camino correcto, tras el olor del
Padre Hummer. Los poderosos músculos de ambos vibraban en las
espaldas de los animales, sus pulmones y corazones trabajaban como
máquinas recién engrasadas. Los animales se apartaban de su
camino, encogiéndose de terror a su paso.
Un olor desconocido y desagradable les salió al paso, emanaba desde
un árbol; Tom se detuvo. Habían cruzado los límites del terreno de
su manada de lobos y entraban en el territorio de otra. Los lobos
solían atacar a los intrusos; Tom envió una llamada, dejando que
el viento llevara su mensaje, para intentar localizar a la pareja alfa.
Con el olor de la sangre del Padre, era muy sencillo seguir el rastro;
pero Tom empezó a sentir un extraño desasosiego; algo se le
escapaba. Habían corrido durante kilómetros, persiguiendo un rastro
que jamás cambiaba, el olor no era más fresco ni tampoco
desaparecía, siempre era el mismo. Un pequeño ruido sobre sus
cabezas fue la única advertencia, el sonido de una roca contra otra;
estaban en una estrecha garganta, con escarpadas parece que se
cernían a ambos lados. Ambos se disolvieron con presteza,
convirtiéndose en pequeñas gotas de agua, en neblina. La lluvia de
rocas y cantos rodados pasó sobre ellos inútilmente, no podían hacer
daño a un ser incorpóreo.
Tom y Gregori se lanzaron al vuelo simultáneamente, y tomaron de
nuevo sus cuerpos humanos cuando pusieron pie sobre el acantilado
con gracia felina. No había ningún cadáver, y ciertamente, tampoco
encontraron al asaltante. Tom miró a Gregori con inquietud.
- Esto no es obra de un humano.
- El párroco no anduvo esta distancia y ningún humano lo trajo hasta
aquí -dijo Gregori pensativo- Usaron su sangre a modo de trampa,
para atraernos hasta aquí –ambos escudriñaban la zona, usando
todas las armas de las que disponían- Este es el trabajo de un
vampiro.
- Es lo suficientemente inteligente para no dejar su propio rastro –
observó Tom.
Una manada de lobos salió de entre los árboles con los ojos rojos
fijos en Tom. Gruñendo y mordiendo al aire para hacerlos oír los
chasquidos de sus mandíbulas, se lanzaron hacia las dos altas y
elegantes figuras que permanecían inmóviles justo al lado del
precipicio. Gregori se convirtió en un torbellino demoníaco, lanzando
a los animales por el barranco, rompiendo huesos como si se trataran
de cerillas; y sin hacer ningún tipo de sonido, a una velocidad
pasmosa, tan increíble que su propio cuerpo parecía una mancha
borrosa.
Tom no se movió, su alma se llenó de tristeza por la inútil pérdida
de aquellas vidas. Era una tragedia. Gregori era capaz de destruir
vidas sin remordimientos, fácilmente, sin ningún tipo de sentimiento.
Eso le demostró a Tom, más que cualquier otra cosa, lo
desesperada que era la situación de su gente.
- Te arriesgaste demasiado –gruñó Gregori como reprimenda
mientras se materializaba junto a Tom- Estaban programados para
destruirte, deberías haberte quitado de en medio.
Tom observó la destrucción y la muerte que lo rodeaban; ningún
cuerpo estaba próximo a él.
- Sé que jamás hubieras permitido que se acercaran. El vampiro no
descansará hasta que te destruya, Gregori.
La boca de Gregori se curvó en una sonrisa feroz.
- Esa es la idea, Tom. Esta es mi invitación; puede desafiarte
abiertamente si lo desea, pero te está traicionando, entregándote a
los humanos. Tal traición jamás será tolerada.
- Necesitamos encontrar al Padre Hummer –dijo Tom con
suavidad- Es demasiado viejo para sobrevivir un ataque tan brutal. El
vampiro no lo mantendrá con vida una vez que el sol empiece a salir.
- ¿Pero por qué trazó todo este plan? –Musitó Gregori, pensaba en
voz alta- Debe haber supuesto que no te atraparía en la garganta y
tampoco los lobos podrían contigo.
- Está intentado entretenerme –los negros ojos de Tom
parpadearon con repentino temor; una vez más, su mente buscó a
Raven. Estaba mortificando a Jacques.
Tom inspiró repentinamente.
- Byron. En el pueblo se sabe que es el hermano de Eleanor. Si
Eleanor, su hijo y Vlad fueron objetivos de los fanáticos, es posible y
lógico que Byron también lo sea.
Mientras su cuerpo se contorsionaba, se doblaba y las plumas
empezaba a surgir, emitiendo destellos iridiscentes bajo la pálida luz
que iba tiñendo el cielo, mandó una brusca advertencia al joven
Byron. Las poderosas alas batían el aire con fuerza, volando deprisa
en un intento de ayudar al mejor amigo de su hermano.
Gregori inspeccionaba las montañas, sus pálidos ojos recorrían los
oscuros riscos que se alzaban sobre el bosque. Saltó del borde del
precipicio y su cuerpo empezó a transformarse mientras se dejaba
caer hacia el suelo. Las alas se movieron con fuerza, elevándolo al
cielo, hacia la superficie de la roca que sobresalía sobre la cima de los
árboles. La entrada a la cueva era un mero resquicio en la pared de
piedra; fue muy fácil deshacer los hechizos de protección; para poder
pasar por la estrecha abertura, Gregori se disolvió una vez más
formando una tenue neblina y fluyó a través de la grieta.
El pasadizo se hacía mucho más amplio abruptamente, girando y
dando vueltas; el agua caía por las paredes a ambos lados del pasillo
rocoso que desembocaba en una amplia cámara: la guarida del
vampiro. Ahora tenía su olor. Un brillo de satisfacción iluminó los ojos
plateados de Gregori; el vampiro no encontraría su lugar de descanso
aquí; el no-muerto aprendería que nadie amenazaba al Príncipe
Tom y salía ileso, antes debía enfrentarse con Gregori.

Raven caminaba inquieta de un lado a otro de la cabaña, sonriendo
burlonamente a Jacques.
- Tengo mucha paciencia.
- Ya lo veo –asintió secamente Jacques.
- Vamos, Jacques –dijo Raven atravesando de nuevo la estancia y
dándose la vuelta para mirarlo -¿No encuentras esto un poco
desquiciante?
Jacques se acomodó perezosamente en el respaldo de la silla; una
socarrona sonrisa, típicamente masculina, deslumbró a Raven.
- ¿Estar encerrado con una hermosa lunática, quieres decir?
- Ja, ja, ja. ¿Todos los hombres de los Cárpatos se creen graciosos?
- Sólo aquellos que tienen cuñadas que rebotan en las paredes. Cada
vez te pareces más a una pelota de ping-pong. Cálmate.
- Vale. ¿Cuánto tarda una asunto como este? Tom estaba muy
molesto.
Con estudiada tranquilidad, Jacques se apoltronó aún más en la silla,
apoyándose en la pared casi hasta perder el equilibrio y elevó una
ceja.
- Las mujeres tenéis una imaginación muy gráfica.
- Inteligencia, Jacques, no imaginación –lo corrigió amablemente.
Jacques le dedicó una sonrisa.
- Los hombres de los Cárpatos entendemos la fragilidad nerviosa de
las mujeres. No pueden soportar las adversidades que los hombres
soportamos.
Raven pasó el pie por debajo de la pata de la silla y tirando con
fuerza, dejó que Jacques cayera de espaldas al suelo. Con los brazos
en jarras, lo miró con superioridad.
- Los hombres de los Cárpatos son muy engreídos, querido cuñado –
anunció Raven- pero no son nada brillantes.
Jacques la miró fijamente con pretendida ferocidad.
- Tienes un punto de mezquindad en ti –dijo levantándose
repentinamente con los ojos oscuros serios e inquietos- Ponte esto –y
sacó de la nada una gruesa rebeca.
- ¿Cómo haces eso? –le parecía simple magia.
- Un miembro de mi especie puede fabricar cualquier cosa que
proceda de la naturaleza –le dijo con una entonación que denotaba su
ligera distracción –Póntelo Raven. Estoy empezando a sentirme
atrapado en esta cabaña; necesitamos salir al exterior donde pueda
olfatear el peligro, saber de donde viene.
Raven se envolvió en la calidez de la prenda y salió al porche con
Jacques.
- Casi es de día –puntualizó Raven.
Jacques llenó de aire sus pulmones de forma brusca.
- Huelo a sangre. Dos humanos; uno de ellos me resulta familiar.
- El Padre Hummer –dijo Raven nerviosa- Es su sangre –y empezó a
bajar las escaleras, pero Jacques, mucho más cauto la agarró del
brazo.
- Esto no me gusta, Raven.
- Está herido, Jacques. Siento su dolor, no es un hombre joven.
- Quizás. Pero ¿Por qué ha venido hasta aquí? Esta cabaña está muy
alejada y pocos conocen su existencia. ¿Cómo es que el párroco viene
hacia aquí cuando estamos cerca de nuestra hora más vulnerable?
- Podría estar muriéndose. Tom confía en él –dijo Raven
firmemente, su corazón buscaba al Padre Hummer- Tenemos que
ayudarlo.
- Te quedarás detrás de mí y harás lo que yo te diga –ordenó
Jacques, obligándola a protegerse detrás de su cuerpo- Le di a
Tom mi palabra de que te protegería con mi vida, y eso es lo que
pretendo hacer.
- Pero… -Raven se tragó el resto de la protesta, la determinación de
Jacques era muy clara.
- Olfatea el viento, Raven; ahora eres una mujer de los Cárpatos.
Busca siempre más allá de lo obvio, no mires sólo con los ojos y con
el corazón. He llamado a Tom; está lejos pero volverá con rapidez.
Y se acerca el amanecer –Jacques se había alejado del porche, y
haciendo un movimiento circular se dirigió hacia la espesura de los
árboles- Hay otro.
Raven intentó olfatear, escudriñando en todas direcciones para
encontrar el peligro. Se sintió inquieta, pero sólo pudo detectar al
Padre Hummer y al otro hombre acercándose muy despacio.
- ¿Qué es lo que no capto, Jacques?
Entonces lo percibió con claridad, una turbulencia, una perturbación
en la armonía de la naturaleza, un poder que desequilibraba el orden
terrenal.
Vio a Jacques quedarse sin respiración; sus ojos negros, tan
parecidos a los de Tom, brillaron con repentina amenaza.
- Vete de aquí, Raven. Corre. Vete muy rápido y no mires atrás.
Escóndete del sol y espera a que llegue Tom.
- Puedo ayudarte –estaba aterrorizada. Algo terrible los estaba
amenazando, algo que Jacques era obvio que temía. Raven no podía
darse la vuelta y salir corriendo, dejando a su cuñado solo frente al
peligro- No puedo marcharme, Jacques.
- No lo entiendes; tú eres más importante que yo, que el párroco y
que cualquiera de nosotros. Eres nuestra única esperanza de futuro.
Deja este lugar. No hagas que falle a mi hermano.
La indecisión luchaba con su conciencia. El Padre Hummer apareció
ante ellos, mucho más frágil de lo que recordaban. Tenía el rostro
hinchado y amoratado, era imposible reconocerlo. Por vez primera
dejaba ver su verdadera edad, ochenta y tres años que pesaban
sobre su anciano cuerpo.
- ¡Vete, Raven! –dijo Jacques dejando escapar el aire entre los
dientes, moviéndose de nuevo en un amplio círculo sin dejar de mirar
al párroco. Sus ojos se movían sin descanso, buscando, siempre
buscando.
- Debes marcharte ahora.
Otro hombre llegó; se parecía mucho a Eugene Slovensky, pero era
mucho más rubio y joven. Se movía a espaldas del párroco, y lo
empujaba dándole manotazos en la espalda de forma cruel.
El párroco tropezó, cayendo hacia delante sobre una rodilla, intentó
enderezarse pero cayó de bruces, con el rostro sobre la hierba y el
polvo. El hombre rubio le dio una patada con rencor.
- Levántate maldito viejo. Levántate o te mataré aquí mismo.
- ¡Déjalo! –Gritó Raven con los ojos llenos de lágrimas- ¡Padre
Hummer! –bajó los escalones en loca carrera.
Jacques se adelantó y la interceptó con su cuerpo, tan rápidamente
que el ojo humano no percibió el movimiento. La empujó de vuelta al
porche.
- Es una trampa, Raven. Sal de aquí.
- Pero el Padre Hummer… -gritó a Jacques en protesta.
- Venga aquí señora –gruño el hombre que se parecía a Slovensky.
Se agachó, agarró al Padre Hummer por el alzacuellos y lo puso de
rodillas. Una navaja de brillo malicioso estaba apoyada en el cuello
del sacerdote –Lo mataré ahora mismo si no hace lo que le digo.
Jacques se dio la vuelta entonces, las profundidades de sus ojos
brillaban con una luz roja. Rugió en forma de advertencia,
provocando escalofríos en la espalda de Raven y haciendo que el
asaltante del Padre Hummer perdiera el color de su rostro.
El viento comenzó a soplar a su alrededor, enviando hojas secas y
ramas a los pies de Jacques. Una criatura pareció materializarse de la
nada, golpearlo en el pecho, agarrarlo y lanzarlo contra un árbol.
Raven chilló.
- Tom, ¿dónde estás?
- Voy hacia allá. Sal de ahí.
Jacques y el espectro volaban, chocando contra los troncos de los
árboles. Las garras destrozaban los cuerpos y se mordían con los
colmillos. El peso de ambos tumbaba ramas mientras cambiaban
continuamente de forma durante el mortal combate. El vampiro
estaba fuerte, acababa de matar y beber sangre recientemente; se
lanzó sobre Jacques, haciéndole caer y desgarrando su cuerpo al
mismo tiempo.
- Corre Raven, es a ti a quien busca –advirtió Jacques- Vete mientras
puedas.
Podía escuchar a Jacques respirar trabajosamente, se debilitaba por
momentos. Raven jamás habían atacado a otro ser humano en su
vida, pero estaba claro que Jacques estaba en peligro.
- Date prisa, Tom –estaba desesperada, el amanecer se cernía
sobre ellos cuando se lanzó sobre la espalda del vampiro para
apartarlo de Jacques.
- ¡No, aléjate! –gritó Jacques de forma inapelable y muerto de terror.
- ¡No, Raven! –Tom repitió la orden de Jacques desde la distancia.
- ¡No, mujer, no lo hagas! –dijo con ferocidad la voz de Gregori en su
cabeza.
Sin acabar de comprender, pero sabiendo que su vida estaba en
peligro, Raven intentó zafarse, saltando de nuevo hacia atrás. Pero el
vampiro la atenazaba por la cintura en un abrazo imposible de
romper, y girando la cabeza con los ojos brillantes por su triunfo,
hundió los colmillos en la muñeca de Raven y bebió la rica y espesa
sangre. Quemaba y dolía como si la estuvieran marcando con un
hierro candente, el vampiro rasgaba su carne y sorbía su sangre,
clavando profundamente los colmillos.
Tom y Gregori intentaban ahogar con la fuerza de sus mentes al
vampiro, cerrando sus dedos alrededor de la garganta. Aunque un
ataque como aquel, a aquella distancia, era muy poco efectivo en un
miembro de su raza, al combinar sus fuerzas, consiguieron que el nomuerto
se quedara durante un instante sin aire. Jacques aprovechó
para golpear al vampiro con renovada fiereza, empujándolo hacia
atrás y logrando que Raven quedara libre y cayera al suelo. La sangre
brotaba de su muñeca, dejando un reguero de gotas carmesíes en el
suelo del bosque, y por un momento, los dos contendientes se
quedaron inmóviles, distraídos por la roja visión, volviéndose al
unísono para coger a Raven.
- ¡Cierra la herida! –gruñó el vampiro con voz ronca.
- Raven, morirás desangrada –Jacques se esforzaba por mantener la
calma, intentando que ella comprendiera la gravedad de la situación.
El vampiro golpeó entonces, desgarrando el estómago de Jacques de
modo que tuvo que usar sus manos para tapar las heridas de forma
protectora. La cabeza del vampiro se contorsionó, formando un morro
alargado y arremetió como un lobo hacia la garganta desprotegida de
Jacques, desgarrando y destrozando.
Raven gritó y se lanzó de nuevo sobre el vampiro, golpeando con
ferocidad la cabeza y los brazos. Desdeñosamente, la asquerosa
criatura dejó caer el cuerpo de Jacques, que cayó como el de una
descompuesta muñeca de trapo sobre la vegetación, pútrida al roce
del cuerpo del vampiro. De nuevo agarró la muñeca de Raven para
llevársela a la boca, sus ojos reían sobre los de Raven, mientras
cerraba las heridas con un lametón. Raven sintió unas náuseas
profundas ante el hediondo contacto, su cuerpo se revelaba ante el
sucio roce.
- Recuerda, humano, ella es mía –ordenó a Slovensky- Volveré a por
ella esta noche. Que no le de el sol –Dijo el vampiro liberándola y
saltando hacia el cielo.
Raven cayó sobre sus manos, de rodillas; y dando tumbos, se acercó
al cuerpo inmóvil de Jacques.
- Ese vampiro lo ha matado –gritó histérica. Y mientras sus manos
tocaban el suelo del bosque, agarró puñados de tierra- ¡Oh, Dios,
está muerto! ¡Dejaste que esa cosa lo matara! –usando su delgado
cuerpo a modo de escudo, para impedir que vieran lo que hacía,
Raven tapó las heridas del cuello de Jacques mezclando su saliva
sanadora con la tierra– Bebe, Jacques, ahora, para que puedas
espera a que lleguen Tom y Gregori – con la muñeca sobre la boca
de Jacques, Raven continuó sollozando de forma dramática, dando
gracias por una vez, de que los hombres pensaran que las mujeres se
volvían histéricas ante una crisis.
- Tom, Jacques está herido de muerte. Está al alcance del sol –y
sintió que el humano se le acercaba y la cogía suavemente por las
muñecas como advertencia. Jacques estaba muy débil;
alimentándose ciegamente, casi perdió sus latidos. Había perdido una
enorme cantidad de sangre.
Con gran dignidad, Raven cubrió la cabeza de Jacques y su muñeca
con la rebeca, agachándose para darle un beso de despedida.
- No me abandones, Jacques. Debes vivir. Por mí, por Tom, por
todos nosotros. No dejes que ganen – pero no podía detectar ningún
pulso, el corazón de Jacques no latía.
Slovensky la levantó agarrándola de un hombro. Estaba mortalmente
pálida, muy mareada y extremadamente débil.
- Ya basta de llorar. Si me causas algún problema, mataré al cura y si
me haces daño, el vampiro lo matará –dijo mientras la empujaba
para que comenzara a bajar por el sendero.
Raven elevó la barbilla, mirándolo fríamente con los ojos enrojecidos.
- Entonces, supongo, que por tu bien, es esencial que el Padre
Hummer se mantenga con vida ¿no?
Raven supo al invadir su mente que el hombre no creyó ni por un
instante, que el párroco fuera uno de los secuaces de Tom ni
tampoco un servidor del diablo. Había visto el poder de vampiro y lo
ansiaba para él mismo, quería ser recompensado con presteza.
James Slovensky veía con claridad el odio y la comprensión en los
grandes ojos azules. No le gustó lo que veía reflejado en ellos y le
volvió a dar otro empujón para que siguiera andando.
Empleó todas sus fuerzas en mantenerse bajo control y toda su
determinación para continuar caminando por el escarpado suelo.
Jamás se había sentido tan débil; ni siquiera podía ayudar al Padre
Hummer. Todas sus energías las empleaba en seguir poniendo un pie
delante de otro. De repente, se desplomó sentada en el suelo, atónita
al comprender que no habían llegado a ningún sitio, que sus piernas
simplemente no la podían sostener. Estaba helada, por dentro y por
fuera, y temía no volver a sentir calor jamás.
- Aliméntate del cura –ordenó el vampiro, dejando translucir su ira en
el tono de voz.
Raven parpadeó, y buscó por todos lados, aún cuando la voz sonaba
en su cabeza; el vampiro había establecido un lazo de sangre con ella
y podía controlarla a su voluntad.
- Vete al infierno –y se alegró en el fondo con la infantil respuesta.
La risa del vampiro se burló de ella.
- Le diste sangre a Jacques, debía haberlo imaginado. No vivirá; me
aseguré de infligirle una herida mortal.
Raven reunió todo el odio de que fue capaz, dejando que fluyera a su
mente. Se le antojaba muy difícil pensar claramente y se había caído
al suelo tantas veces que había perdido la cuenta. Su secuestrador la
arrojó al asiento trasero de un coche, al lado del Padre, y empezó a bajar por la montaña a una velocidad suicida. Raven se tumbó en el
asiento, agradecida de que las ventanillas tuvieran cristales
ahumados y el interior estuviera oscuro. El letargo la invadía y su
cuerpo era pesado como el plomo.
- ¡Aliméntate! –la orden del vampiro fue implacable y áspera.
Raven daba gracias por poder desafiarlo; no podía dormir, no se
atrevía a hacerlo hasta saber si Jacques estaba a salvo.

Tom y Gregori se apresuraban bajo el sol, las alas se movían con
ferocidad mientras se acercaban volando a la vieja cabaña. Se
enterrarían hechos ovillos bajo el suelo, llevando a Jacques, en
cuanto tuvieran oportunidad.
- Raven –lo oyó más cerca, inundando su mente de amor- Estás
demasiado débil.
- Salva a Jacques. Ven a por mí esta noche, Tom. El vampiro
puede leer mis pensamientos; se cree a salvo, cree que seré el
anzuelo para atraparte. No lo permitas -Desesperada, intentaba
enviar las palabras con claridad, pero su cerebro estaba demasiado
embotado.
- ¿Raven? –la llamó el Padre Hummer tocándole la frente; estaba
helada. Su piel estaba pálida, casi translúcida y los ojos azules se
hundían en las cuencas como dos flores aplastadas contra su rostro-
¿Puedes hablar? ¿Tom está vivo?
Raven asintió con la cabeza, observando angustiada la cara hinchada
del párroco.
- ¿Qué le han hecho? ¿Por qué le han golpeado de esta forma?
- Dicen estar seguros de que yo conozco los lugares donde Tom
esconde sus ataúdes. De acuerdo con André…
- ¿Quién es André?
- El vampiro traidor que está compinchado con estos asesinos. Él es
un verdadero no-muerto que se alimenta de niños y destruye todo lo
sagrado. Su alma está perdida para toda la eternidad. Sólo sé que
André parece estar llevando a cabo los mitos acerca de los vampiros
con un propósito determinado. Afirma que Tom es el jefe de los
vampiros y que si tienen éxito y lo matan, todos los que están bajo
su influencia recobrarán su existencia humana. Ha debido de
establecer un vínculo de sangre con ellos, inadvertidamente, y lo usa
para controlarlos.
Raven cerró los ojos con cansancio. Su corazón se las ingeniaba para
seguir latiendo con menos sangre de la necesaria; sus pulmones
bramaban por un poco de oxígeno.
- ¿Cuántos son?
- Tres que yo sepa. Este es James Slovensky, su hermano Eugene es
su supuesto líder y su hombre de acción es Antón Fabrezo.
- Ambos se quedaron en la pensión con el matrimonio americano.
Pensamos que habían abandonado el país. Este vampiro, André, debe
ser más poderoso de lo que sospechamos.
Su voz se desvanecía, y hablaba cada vez más despacio. El Padre
Hummer la miró atentamente mientras ella intentaba levantar el
brazo para apartarse el pelo de la cara; su brazo parecía muy pesado
y su rostro tenía una expresión distante. La ayudó con suavidad.
- ¡Raven! –la voz de Tom sonaba angustiada.
Era muy difícil contestarle, requería demasiada fuerza. El párroco se
incorporó de modo que la cabeza de Raven descansara sobre su
brazo. Raven temblaba de frío.
- Necesito una manta para cubrirla.
- Cállate, viejo –espetó Slovensky. Sus ojos vigilaban constantemente
el cielo a través del parabrisas del coche. El sol estaba alto, pero unas
grandes nubes lo tapaban, ocultando su luz.
- Si ella muere, André te hará desear haber muerto también –insistió
Edgar Hummer.
- Necesito dormir –dijo Raven con voz queda, sin abrir los ojos. Ni
siquiera se asustó cuando la chaqueta de Slovensky cayó
inesperadamente sobre su cara.
Tom tenía que alejarse de inmediato del sol; sin gafas oscuras y
sin ningún tipo de protección, sus ojos y su piel ardían. Se posó sobre
un árbol, en una rama cercana al suelo y recuperó su cuerpo humano
mientras saltaba la distancia que lo separaba del suelo. El cuerpo de
Jacques yacía al sol, una rebeca tapaba su cuello y su rostro. Sin
mirar la extensión de las heridas de su hermano, Tom lo cogió en
brazos y se deslizó sobre el suelo hacia el laberinto de cuevas.
Un enorme lobo negro se le unió, saliendo de la espesura, corriendo a
grandes zancadas a su lado, los pálidos ojos brillaban amenazantes.
Atravesaron juntos los estrechos túneles hasta llegar a una cámara
amplia, cubierta de vapor. El lobo negro se retorció, y el pelo
desapareció de los musculosos brazos al recobrar Gregori su
verdadera forma.
Tom dejó el cuerpo de Jacques sobre el rico suelo con mucho
cuidado y quitó la rebeca. Maldijo en voz baja, y notó que las
lágrimas se agolpaban en los ojos y en la garganta.
- ¿Puedes salvarlo?
Las manos de Gregori se movieron sobre el cuerpo, sobre las
horribles heridas.
- Jacques detuvo su corazón y sus pulmones para conservar la sangre
que le quedaba. Raven está débil porque lo alimentó; mezcló su
saliva con la tierra e hizo unos emplastos con los que taponó las
heridas. Ya están empezando a sanar; pero necesitaré tus hierbas,
Tom.
- Sálvalo, Gregori –dijo Tom mientras su cuerpo se doblaba y se
cubría de pelo, alargándose para tomar forma mientras corría por la
maraña de pasadizos saliendo de las entrañas de la tierra. No se
atrevió a pensar en Raven y en lo débil que estaba. El letargo
también invadía ya su cuerpo, exigiéndole entregarse al sueño.
Convocando toda su enorme fuerza y su voluntad, convertida en
acero a lo largo de los años, Tom salió a terreno despejado en
plena carrera. El cuerpo del lobo estaba diseñado para correr
velozmente, y así lo hizo él, corría pegado al suelo, con los ojos
convertidos en dos estrechas ranuras. Las zarpas arañaban el suelo y
las patas traseras tomaban impulso para saltar sobre los troncos
derribados. Jamás disminuyó el paso mientras atravesaba barrancos
y saltaba por encima de las rocas.
El hecho de que el cielo estuviera nublado le ayudaba a paliar los
efectos del sol, pero aún así, los ojos le lloraban al acercarse a la
cabaña. El viento comenzó a soplar, trayendo el hedor del sudor y el
miedo. Un hombre. La bestia rugió en silencio, toda la furia reprimida
estalló hasta alcanzar una ira candente; el lobo se detuvo, totalmente
agazapado, de nuevo dominaban los instintos del depredador; se
movió a favor del viento, escurriéndose en silencio entre los espesos
matorrales para acercarse con sigilo a los dos hombres que pensaban
tenderle una emboscada. Por supuesto que el traidor sabría que
Tom correría en ayuda de su hermano; el vampiro era muy astuto
y había previsto todas las opciones. El traidor había esperado largo
tiempo, alimentando el fanatismo de Hans Romanov. Probablemente
fue él el que ordenó a Romanov matar a su esposa. El lobo se echó
sobre el vientre, arrastrándose hacia delante hasta quedarse a unos
metros del hombre más alto.
- Hemos llegado demasiado tarde –susurró Antón Fabrezo mientras
se incorporaba a medias para observar el sendero que llevaba a la
cabaña- Seguro que algo salió mal.
- Maldito camión, tenía que calentarse –se quejó Dieter Hodkins- Hay
sangre por todos lados y ramas rotas. Hubo una pelea, estoy seguro.
- ¿Crees que André mató a Dubrinsky? –preguntó Antón.
- Ese es nuestro trabajo; pero el sol ya ha salido. Si Dubrinsky está
vivo, estará durmiendo en su ataúd en algún lado. Podemos echarle
un vistazo a la cabaña, pero no creo que vayamos a encontrar nada –
dijo irritado Dieter.
- André no se pondrá muy contento –dijo preocupado Antón- Quiere
que Dubrinsky tenga una muerte espectacular.
- Bueno, que nos hubiera dado un camión más decente. Le dije que él
mío tenía una avería –espetó Dieter con impaciencia. Creía en la
existencia de los vampiros y en su deber de exterminarlos.
Dieter se puso en pie despacio, examinando el paisaje con mucho
cuidado.
- Vamos, Fabrezo. Quizás tengamos suerte y Dubrinsky ya esté
metido en el ataúd en la cabaña.
Antón soltó una risa nerviosa.
- Yo le clavo la estaca; tú le cortas la cabeza. La forma de matar un
vampiro es un enredo.
- Cúbreme mientras inspecciono el lugar –ordenó Dieter mientras se
internaba en la espesura con el rifle preparado. De repente, los
arbustos que estaban justo delante de él, se abrieron dando paso a
un enorme y fornido lobo. El corazón de Dieter se detuvo por un
instante, se quedó paralizado, incapaz de moverse.
Los ojos negros brillaban con maldad, estaban llorosos y enrojecidos
en los bordes. Los afilados colmillos blancos emitieron un destello,
relucientes de saliva. Durante treinta segundos, el lobo capturó a
Dieter con su mirada, aterrorizándolo. Sin aviso, embistió con la
cabeza baja y las mandíbulas abiertas, atrapando un tobillo por la
bota y rompiendo el hueso de forma audible, con un horrible crujido,
gracias a su enorme fuerza. Dieter gritó y cayó al suelo. El lobo lo
soltó de inmediato y retrocedió, mirándolo con ojos distantes.
Desde los arbustos, Fabrezo había visto a Dieter Hodkins caer al
suelo y gritar, pero no vio qué le había sucedido. El pánico en la voz
de Hodkins hizo que Antón empezara a sentir terror. Tardó más de un
minuto en poder pronunciar una palabra.
- ¿Qué pasa? No veo nada –tampoco es que intentara averiguarlo, es
más, instintivamente retrocedía entre los matorrales, manteniendo la
pistola en alto y amartillada, con el dedo en el gatillo preparado para
disparar a cualquier cosa que se moviera. Quería advertir a Dieter
que guardase silencio, pero se mantuvo callado con el corazón
martilleando en el pecho por el sobresalto.
Dieter intentaba preparar el rifle y colocarlo para poder disparar;
entre el pánico y el terror esos venenosos ojos negros le inducían a
hacerlo, ni siquiera podía coger el cañón con la suficiente rapidez. Los
ojos del lobo mostraban mucha inteligencia, furia y rabia. Y esa
mirada asesina iba dirigida a él; eran los ojos de la muerte los que lo
estaban hipnotizando. Era incapaz de desviar la mirada, no pudo
hacerlo cuando el lobo se abalanzó a su garganta. Por lo menos no
sintió nada y agradeció el rápido final. Los letales ojos cambiaron la
expresión en el último momento, repentinamente tristes mientras el
lobo quitaba la vida al hombre.
Sacudió la peluda cabeza y se deslizó de nuevo entre los matorrales
en busca de Antón Fabrezo. Podía escuchar su corazón latiendo
acelerado por el terror, bullendo de vida; podía oír la sangre caliente
fluyendo por su cuerpo, olía el miedo y el sudor. El júbilo sacudió el
cuerpo del lobo, necesitaba sangre, necesitaba matar; no obstante
Tom se libró de esta necesidad pensando en Raven, en su
compasión y en su valentía. En ese momento, el sol encontró un
hueco en una espesa nube y los ojos de Tom fueron asaltados por
miles de alfileres.
- Necesito esas hierbas, Tom. El sol está alto y el tiempo se acaba
para Jacques. Termínalo ya.
El lobo esperó a que la nube cubriera de nuevo el sol y entonces
caminó audazmente hacia el claro, exponiendo deliberadamente la
espalda a Fabrezo cuyos ojos se estrecharon y dejó ver una diabólica
sonrisa. Agarró la pistola con las dos manos y puso el dedo en el
gatillo; pero antes de que pudiera apretarlo, el lobo giró en el aire y
aplastó el pecho de Antón, abriéndose paso entre los huesos para
llegar al mismo corazón.
El lobo saltó sobre el cuerpo de forma desdeñosa para correr a
grandes zancadas hasta la cabaña. Los ojos le lloraban
constantemente, sin importar que apenas fueran dos rendijas; pero la
debilidad que invadía su cuerpo era mucho más difícil de ignorar.
Consciente del paso del tiempo, el lobo subió a toda velocidad las
escaleras que llevaban al porche de la cabaña, hasta llegar a la
puerta. Una garra se dobló, alargándose hasta formar unos dedos
que se aferraron al pomo de la puerta y la abrieron de un empujón.
La necesidad de entregarse al sueño era arrolladora, pero Jacques
esperaba las hierbas. Las patas delanteras del lobo eran ahora dos
manos que cogieron la bolsa de las hierbas y la pusieron alrededor
del cuello peludo y musculoso; una vez hecho esto, el lobo se marchó
en frenética carrera bajo el sol, ya por encima de la cubierta de nubes
que antes lo ocultaba.
De forma inesperada, retumbó un trueno; el cielo se vio surcado de
negras nubes cargadas de lluvia que ayudaron a Tom a protegerse
del sol. La tormenta descargó sobre el bosque muy rápidamente, el
fuerte viento arrancaba las hojas y empujaba las ramas de los
árboles. Un relámpago crujió y cayó a la tierra como un furioso látigo
de luz; el cielo se había convertido en un amenazador caldero de
nubes en ebullición. Tom se dirigió hacia las cuevas y a través del
estrecho laberinto de pasadizos llegó a la cámara principal,
transformándose en plena carrera. La fría mirada de Gregori se
deslizó por Tom mientras este soltaba la bolsa de las hierbas.
- Es una proeza que hayas sido capaz de atarte los zapatos sin mi
ayuda durante todos estos siglos.
Tom se dejó caer al lado de su hermano, cubriéndose los doloridos
ojos con una mano.
- Es mucho más milagroso que te hayas mantenido con vida con tus
ostentosas puestas en escena.
La cámara se llenó de las antiguas palabras, tan viejas como el
tiempo. La voz de Gregori era hermosa pero implacable. Nadie tenía
una voz como la suya; hipnótica y hermosa. La letanía era un ancla
donde asirse en el confuso mar donde Jacques flotaba. La rica tierra
mezclada con la saliva de Gregori fue colocada a modo de collar
alrededor del cuello del herido. La sangre de Gregori, antigua y
poderosa como ninguna, fluía por las maltrechas venas de Jacques.
Gregori estrujó y mezclo algunas hierbas, añadiéndolas a las
cataplasmas que cubrían las heridas del cuello.
- Reparé las heridas desde el interior; está muy débil, Tom, pero
Jacques es fuerte. Si lo enterramos profundamente y le damos
tiempo, sanará –dijo Gregori mientras ponía un emplasto en la mano
de Tom- Ponte eso sobre los ojos, te ayudará hasta que estemos
bajo el suelo.
Tenía razón; el emplasto era fresco y aliviaba el fuego que Tom
sentía. Pero en algún lugar de su interior, otra pesadilla empezaba a
cobrar forma. Un vacío inmenso y negro empezaba a extenderse por
su alma, susurrando pensamientos negros y desquiciados. No
importaba cuántas veces intentara alcanzar la mente de Raven,
siempre encontraba un silencio por respuesta, la nada. Su cerebro le
decía que Raven dormía profundamente, pero su sangre de los
Cárpatos pedía a gritos ponerse en contacto con ella.
- Necesitas ir bajo tierra ahora –señaló Gregori- Sellaré las entradas
con los hechizos de protección y me aseguraré de que nadie nos
moleste.
- Sí, ¿con un gran luminoso que diga “Gregori duerme aquí, no le
molestéis”?- preguntó Tom con una nota de advertencia en su tono
de voz.
Gregori bajó el cuerpo de Jacques hacia el profundo agujero excavado
en la tierra, de ningún modo molesto por el sarcasmo de Tom.
- También podías haber escrito tu nombre en el cielo después de tu
espectacular actuación, Gregori.
- Quiero que el vampiro tenga muy claro quién soy, a quién ha osado
elegir como enemigo –dijo Gregori encogiéndose de hombros en un
descuidado gesto de poder.
El hambre se arrastró por la piel de Tom dejando a su paso la
sensación de miles de hormigas que mordían su carne, aguijoneaban
sus órganos y despedazaban sus nervios. Alzó los ojos hinchados y
rojos hacia el rostro adusto, aunque curiosamente sensual, de
Gregori. Su amigo tenía un enorme poder que resplandecía en sus
ojos plateados.
- Crees que con Raven ya estoy completo y que no te necesitaré más.
Atraes deliberadamente el peligro hacia ti, alejándolo de mí y de los
míos, porque en el fondo crees que ya no puedes soportar más tu
existencia. Abres los brazos al peligro de la caza porque estás
buscando un modo de acabar con tu vida. Pero nuestra gente te
necesita ahora más que nunca, Gregori. Tenemos esperanza; hay un
futuro para nosotros si somos capaces de sobrevivir durante los años
venideros.
Gregori dio un hondo suspiro y apartó la mirada de los duros ojos de
Tom, donde resplandecía la censura a su comportamiento.
- Hay una razón para salvar tu vida, pero salvar la mía no tiene
sentido.
Tom pasó una mano por su cabello.
- Nuestra gente no puede sobrevivir sin ti, Gregori, y honestamente,
yo tampoco.
- ¿Estás tan seguro de que no voy a transformarme? –La sonrisa de
Gregori carecía de humor, era burlona- Tienes mucha más fe que yo
mismo; este vampiro es despiadado, está embriagado de su propio
poder. Anhela dar muerte, destruir. Yo camino por esa línea
fronteriza todos los días; su poder no es más que una pluma al viento
comparado con el mío. No tengo corazón, Tom, y mi alma es
oscura. No quiero esperar hasta no ser capaz de tomar mi propia
decisión; no quiero obligarte a darme caza y destruirme. Mi vida ha
sido protegerte y serte fiel. No esperaré hasta tener que ser
perseguido.
Tom movió una mano para abrir un claro de tierra sobre el lugar
donde yacía su hermano.
- Eres nuestro más grande sanador, muy valioso para todos nosotros.
- Sí, por eso murmuran mi nombre con temor, con miedo.
Bajo sus pies, la tierra tembló repentinamente, agitándose y
retumbando. El epicentro del terremoto estaba a una enorme
distancia de donde se encontraban, pero no tuvieron dudas al creer
que el origen del mismo fue la rabia del vampiro al encontrar su
guarida destrozada.

El no-muerto había entrado confiado a su cubil, hasta que vio el
cuerpo del primer lobo; a cada giro del túnel fue encontrando los
cadáveres de sus secuaces, hasta que la manada entera estuvo a sus
pies. El miedo se convirtió entonces en profundo terror. No era obra
de Tom, cuyo sentido de la justicia y del deber le llevaría a la
perdición, no, aquello era obra del Oscuro. Gregori.
Al vampiro no se le había pasado por la cabeza que el Oscuro pudiera
jugar una baza en esta partida. André salió como un rayo de la
seguridad de su guarida justo en el momento en el que la tierra
tembló y las paredes de piedra se venían abajo. El choque de los
bloques de granito estuvo a punto de reventarle los tímpanos. Un
vampiro con muchas muertes a su espalda era mucho más
susceptible al sol y al letargo que invadía a los miembros de la Estirpe
de los Cárpatos. André tenía muy poco tiempo para encontrar un
agujero seguro; al salir de la montaña, mientras esta se derrumbaba,
el sol golpeó su cuerpo con tan fuerza que se le escapó un grito de
agonía. El polvo y las piedras salían despedidos de su hogar y el eco
de la risa burlona de Gregori flotó sobre los escombros del terremoto.
- No, Gregori –dijo Tom con una pizca de diversión en su voz. Se
entregó flotando a los brazos de la tierra- Este es un buen ejemplo de
por qué susurran tu nombre con pavor. Nadie entiende tu humor
negro como yo.
- ¿Tom?
Tom dejó quieta la mano con la que iba a ordenar a la tierra que se
cerrara sobre su cuerpo como una manta.
- No os pondría en peligro a ti ni a Jacques con mi desafío. El vampiro
no puede atravesar mis hechizos.
- Nunca he temido a André; y sé que tus hechizos son fuertes. Creo
que nuestro amigo ya tiene bastante con el problema de encontrar un
lugar para ocultarse del sol. No nos molestará hoy.


HOLA!! DISFRUTEN EL CAPS ... TRATARE DE SUBIR MAS SEGUIDO EN ESTA NOVELA ... YA PRONTO TERMINARA ... :)) HASTA LA PROXIMA

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