CAPITULO #
1.-
No podía engañarse a sí
mismo durante más tiempo. Despacio, con infinito
cansancio, dejó a un lado
el libro. Era una primera edición, encuadernado en
cuero. Este era su fin. No podía soportarlo más. Los
libros que tanto amaba
no podrían ahuyentar
durante más tiempo la infinita soledad de su
existencia. El despacho
estaba repleto de libros, desde el suelo hasta el
techo, a lo largo de tres
de las cuatro paredes de la habitación. Había leído
todos y cada uno de ellos
a lo largo de los siglos, algunos los conocía de
memoria. Pero su mente no
encontraba ya sosiego en ellos. Los libros
alimentaban su intelecto,
pero destrozaban su corazón.
- El problema
no reside realmente en estar solo, sino en sentirse solo. Uno
puede
sentirse solo en mitad de una multitud, ¿no es verdad?
Tom se puso rígido, sólo
sus ojos carentes de alma se movían con cautela,
como los de un peligroso
depredador olfateando el peligro. Inspiró
profundamente, cerrando su
mente al momento, mientras todos sus sentidos
se extendían para localizar
al intruso. Estaba solo. No podía equivocarse.
Era el más viejo, el más
poderoso, el más astuto. Nadie podría penetrar sus
hechizos de protección.
Nadie podía acercársele sin que él lo supiera.
Intrigado, repitió las
palabras, escuchando la voz. Mujer, joven, inteligente.
Entreabrió su mente,
sopesando los caminos hacia ella, buscando sus huellas
mentales.
- He
descubierto que es así -contestó
él.
Se dio cuenta que contenía
el aliento, que necesitaba de nuevo el contacto.
Una humana. ¿Quién se
interesaba por él? Estaba intrigado.
- En
ocasiones, voy a la montaña y me quedo allí durante días, semanas, y no
me
encuentro sola, pero en una fiesta, rodeada de cientos de personas me
siento
más sola que en cualquier otro lugar.
Una oleada de
pasión hizo que su cuerpo se contrajera. La voz de la mujer
llenaba su
mente con su suavidad, era musical y sensual por la inocencia que
desprendía.
Tom no había experimentado ninguna emoción desde hacía
siglos; su
cuerpo no había querido una mujer durante cientos de años. Pero
ahora,
escuchando esta voz, la voz de una mujer humana, estaba perplejo al
sentir el
calor que se extendía por sus venas.
- ¿Cómo
es que puedes hablarme?
- Siento
mucho si te has sentido ofendido -Podía sentir que su
arrepentimiento
era sincero, sentía su disculpa- Tu dolor era tan extremo
que
no pude ignorarlo. Pensé que quizás querrías hablar. La muerte no es la
respuesta
a la infelicidad. Creo que ya lo sabes. En cualquier caso no hablaré
más
si no lo deseas.
- ¡No!
-Su respuesta fue una orden despótica dada por un ser acostumbrado
a una
obediencia total.
Tom sintió la
risa de la mujer antes de que el mismo sonido llegara a su
mente. Suave,
libre, incitante.
- ¿Estás
acostumbrado a que todos los que te rodean te obedezcan?
- Por
supuesto.
Tom no supo
cómo interpretar la risa de ella. Estaba intrigado.
Sentimientos.
Emociones. Se amontonaban en su interior hasta
sobrecogerlo.
- Eres
europeo, ¿verdad? Rico, y muy, muy arrogante.
Se encontró a
si mismo sonriendo con las bromas de la mujer. Él nunca
sonreía. No lo
hacía desde hacía más de seiscientos años.
- Has
acertado en todo.
Se encontró de
nuevo esperando la risa femenina, necesitándola con la sed
que un adicto
espera la droga. Cuando llegó fue un sonido ronco y alegre. Tan
suave como el
roce de unos dedos sobre su piel.
- Soy
americana. Somos como el agua y el aceite, ¿no crees?
La había
escogido, tenía su rastro. No se le escaparía.
- Las
mujeres americanas pueden ser amaestradas, con los métodos
adecuados -Arrastró las palabras deliberadamente,
anticipando su reacción.
- Eres
realmente arrogante.
Amó el sonido
de su risa, lo saboreó y lo guardó en su interior. Tom
percibió la
somnolencia de la mujer, su bostezo. Mucho mejor así. Envió una
ligera orden
mental, apenas un empujoncito a la mente femenina, con
delicadeza,
instándola a dormirse para poder examinarla.
- ¡Deja
de hacer eso!
La mujer
reaccionó con una rápida retirada, dolida y suspicaz. Se alejó con
un bloqueo
mental tan rápido que lo dejó atónito con su destreza, demasiada
fuerza para
alguien tan joven, muy fuerte para ser humana. Y ella era
humana. Estaba
seguro de ello. Supo, sin mirar siquiera, que tenía
exactamente
cinco horas hasta que el sol saliera. Podía soportar el pálido sol
del amanecer y
el del atardecer. Comprobó el bloqueo de la mujer, con
cuidado para
no alarmarla. Sus labios dibujaron una débil sonrisa. Ella era
fuerte, pero
no lo suficiente.
El cuerpo de
Tom, dotado de fuertes músculos y con una fuerza
sobrehumana,
perdió consistencia y se disolvió convirtiéndose en una ligera
neblina
cristalina que se deslizó por debajo de la puerta, flotando en el aire
de la noche.
Las pequeñas gotas de agua se unieron, se conectaron entre sí
para dar forma
a un pájaro de grandes alas. Bajó en picado, voló en círculos
y atravesó la
oscuridad de la noche en silencio, hermoso y letal.
Tom se deleitó
en la poderosa sensación de volar, el viento chocaba
contra su
cuerpo, el aire de la noche le hablaba, susurrándole secretos,
trayéndole el
olor de la caza, del hombre. Siguió el ligero rastro psíquico de
la mujer sin
perderlo. Muy sencillo. Su cuerpo todavía se agitaba con la
pasión. Una
humana, joven, rebosante de vida y risas, una humana conectada
mentalmente a
él. Una humana llena de compasión, inteligencia y fuerza. La
muerte y el
dolor podrían esperar otro día, hasta que su curiosidad quedara
saciada.
La pensión era
pequeña, en la linde del bosque, al pie de la montaña. El
interior
estaba oscuro, una luz suave alejaba la penumbra en una o dos de
las
habitaciones y quizás también el recibidor estuviera iluminado mientras
los huéspedes
descansaban. Se posó en el balcón de la habitación de la
joven, en el
segundo piso y se quedó completamente quieto, como si formara
parte de la
noche. La luz estaba encendida, señal de que la chica no podía
dormir. Los
ojos de Tom, oscuros y ardientes, la vieron a través del
cristal, la
vieron y la reclamaron.
Era una mujer
de delicada estructura, con bonitas curvas y pequeña cintura,
y una hermosa
melena oscura que se deslizaba por su espalda, desviando la
atención hasta
su redondeado trasero. Tom se quedó sin aliento. La joven
era exquisita,
hermosa, de piel sedosa, con inmensos ojos azul oscuro
rodeados de
largas y espesas pestañas. No se le escapó un solo detalle. Un
camisón de
encaje, largo, se pegaba a su piel acariciando sus pechos,
dejando
desnuda su garganta y sus pálidos hombros. Sus pies eran pequeños,
como sus
manos. Mucha fuerza para un envoltorio tan pequeño.
Se estaba
cepillando el pelo, de pie junto a la ventana, contemplando la
noche sin ver
nada. Su rostro tenía una expresión ausente; la tensión podía
percibirse en
sus labios, plenos y sensuales. Tom podía sentir su angustia,
la
imposibilidad de conciliar el sueño que tanto necesitaba. Se encontró a si
mismo
siguiendo con la mirada cada movimiento del cepillo a lo largo de su
melena. Ella
se movía de forma inocente y erótica. Tom tembló, atrapado
en el cuerpo
del ave. Levantó el rostro hacia el cielo, dando gracias. Después
de siglos sin
sentir ninguna emoción, la sensación de felicidad que
atravesaba su
cuerpo era increíble.
Sus pechos se
elevaban, apetitosamente, con cada pasada del cepillo,
marcando su
delicado talle y su pequeña cintura. El encaje se adhería a su
cuerpo,
dejando entrever el triángulo oscuro entre sus piernas. Tom
clavó las
garras en la barandilla de madera, dejando sus marcas. Siguió
contemplándola.
Era elegante y seductora. Fijó su ardiente mirada en su
delicada
garganta, donde el pulso latía de forma agitada. Suya. Apartó
bruscamente
este pensamiento, agitando la cabeza.
Ojos azules.
Azules. Ella tenía los ojos azules. Fue solo entonces cuando se
dio cuenta que
podía ver los colores; brillantes e intensos. Se quedó
totalmente
paralizado. No podía ser. Los hombres de su especie perdían,
junto con sus
emociones, la capacidad de ver otro color que no fuese el gris.
Era imposible.
Solo la mujer que compartiría su vida, su compañera,
devolvería a
un hombre las emociones junto con el color. Las mujeres de la
raza de los
Cárpatos eran la luz para la oscuridad del hombre. No quedaban
mujeres de su
raza que dieran a luz a posibles compañeras para los hombres
que se
encontraban solos. Las pocas que aún quedaban parecían incapaces de
concebir
niñas, sólo nacían niños. Se encontraban en una situación
desesperada.
Las mujeres humanas no podían ser transformadas sin
dañarlas. Ya
se había intentado. Era totalmente imposible que esta humana
fuera su compañera.
Tom siguió
observándola mientras apagaba la luz y se echaba en la cama.
Percibió la
pequeña agitación en su mente, la búsqueda.
- ¿Estás
despierto? - Estaba desafiándolo.
Se negó a
contestar en un principio, no le gustaba la sensación de necesidad
que parecía
crecer en su interior. No podría soportar su falta de control; no
lo
consentiría. Nadie tenía poder sobre él; y ciertamente no se lo iba a
permitir a una
jovenzuela americana con más fuerza que sentido común.
- Sé
que puedes oírme. Lo siento si soy una entrometida. Lo hice sin pensar;
no
volverá a ocurrir. Pero para que tomes nota, no vuelvas a intentar
doblegarme
con tus músculos.
Le alegró
estar bajo la forma de un animal, así no podía sonreír. Ella ni
siquiera sabía
con qué músculo le gustaría doblegarla.
- No me
sentí ofendido -Le contestó con suavidad. Se vio obligado a
contestar, fue
un acto compulsivo. Necesitaba oír su voz, el suave susurro
deslizándose
por su mente como si fueran caricias sobre su piel.
La chica se
dio la vuelta, arregló la almohada, se frotó las sienes como si le
doliera la
cabeza. Su otra mano yacía sobre la sábana. Tom quería tocar
esa mano y
sentir la piel cálida y sedosa bajo la suya.
- ¿Por
qué intentaste controlarme? -No era sólo una pregunta meramente
intelectual,
como ella pretendía. Pudo percibir que de alguna forma se sentía
herida,
desilusionada. Se movía inquieta, como si estuviera esperando a su
amante.
La imagen de
ella con otro hombre lo enfureció. Sentimientos después de
tantos años.
Claros, afilados, dirigidos hacia ella. Sentimientos reales.
- Está
en mi naturaleza intentar controlar.
Estaba
exultante de felicidad y al mismo tiempo se daba cuenta de que era
más peligroso
que nunca. Siempre había que controlar férreamente la
sensación de
poder. A menor emoción, más fácil contenerse.
- No
intentes controlarme.
Había algo en
su voz, no podía darle un nombre, una especie de amenaza. Y
Tom era una
amenaza real para ella.
- ¿Cómo
puede alguien controlar su propia forma de ser, pequeña?
Vio cómo la
sonrisa de la joven llenaba su soledad, como si quedase grabada
en su corazón,
en sus pulmones, haciendo que su sangre circulara
vertiginosamente.
- ¿Por
qué ibas a pensar que soy pequeña? Soy tan grande como una casa.
- ¿Se
supone que debo creérmelo?
La risa se
desvaneció poco a poco de la voz y la mente de la joven, pero
permaneció en
la sangre de Tom.
- Estoy
cansada, de nuevo te pido perdón. Me he divertido hablando contigo.
- ¿Pero?
-Apuntó él amablemente.
- Adiós
–Terminantemente.
Tom emprendió
el vuelo, subiendo vertiginosamente por encima del
bosque. No era
un adiós. Él no lo permitiría. No podía permitirlo. Su
supervivencia
dependía de ella. Algo, alguien había despertado su interés,
su deseo de
vivir. Ella le había recordado que todavía existían cosas como la
risa, que la
vida consistía en algo más que en la simple existencia.
Por primera
vez desde hacía siglos, se maravilló de la vista que ofrecía el
bosque desde
las alturas. La bóveda de ramas que se mecían con el viento, la
forma en que
los rayos de la luna se derramaban sobre los árboles y bañaban
de plata los
arroyos. Todo era increíblemente hermoso. Le habían hecho un
regalo de
valor incalculable. De alguna forma, una mujer humana se las había
arreglado para
conseguirlo. Y ella era humana. Lo habría sabido de inmediato
si hubiera
pertenecido a los de su especie. ¿Podría hacer lo mismo por los
otros hombres
al borde de la desesperación si tan sólo les hablara?
Una vez en el
refugio de su hogar, paseó preocupado con una inquieta
energía hacía
largo tiempo olvidada. Recordaba la piel suave, imaginaba su
tacto al
acariciarla, bajo su cuerpo, intentaba descubrir cuál sería su sabor.
Se excitó al
pensar en la imagen de su sedosa melena rozando su acalorado
cuerpo, de su
delicada garganta ante él. Su cuerpo se endureció
inesperadamente.
No era la suave atracción física que había sentido siendo
un novato,
ahora era un dolor salvaje, apremiante e implacable. Perplejo ante
el giro
erótico que tomaban sus pensamientos, Tom se impuso una rígida
disciplina. No
era capaz de afrontar la pasión real. Descubrir que era un
hombre
posesivo, mortal si lo encolerizaban y protector más allá de
cualquier
medida lo dejó aturdido. Esta clase de pasión no podía compartirse
con una
humana; era demasiado peligroso.
La joven era
una mujer libre, fuerte para ser mortal, y estaba seguro que le
plantaría cara
a su naturaleza posesiva en cualquier ocasión. El no era
humano. La
suya era una raza de seres con instintos animales implantados
mucho antes
del momento de nacer. Era mucho mejor mantener la distancia
y satisfacer
su curiosidad solo a nivel intelectual. Cerró todas las puertas y
ventanas de
forma meticulosa, protegiendo cada posible entrada con
hechizos
imposibles de franquear y descendió a su lugar de descanso, la
cámara donde
dormía durante el día. Estaba protegida de cualquier posible
amenaza. Si
dejaba esta vida, sería por su propia voluntad. Se tumbó en la
cama. No tenía
necesidad del reparador sueño que proporcionaban las
profundidades
de la tierra; podía disfrutar de las pequeñas comodidades
humanas. Cerró
los ojos y ralentizó su respiración.
Su cuerpo se negaba
a obedecer. Su cabeza estaba llena de imágenes de
ella, de
escenas eróticas y burlonas. La imaginó tumbada en la cama, desnuda
bajo el encaje
blanco, alzando los brazos para recibir a su amante. Maldijo
en voz baja.
En lugar de imaginarse que era él el que la tomaba, vio la imagen
de otro
hombre. Un humano. Su cuerpo se agitó con ira, y su ira era
implacable y
mortal.
Piel como la
seda, cabello como la seda. Alzó la mano. Construyó la imagen
con mortal
precisión y con un firme propósito en la cabeza. Prestó atención
a todos los
detalles, incluso a las uñas de los pies, pintadas de un color
absurdo. Sus
fuertes dedos se cerraron en torno a su pequeño tobillo, sintió
la textura de
la piel femenina y se quedó sin aliento, su cuerpo se tensó al
imaginar el
placer. Pasó la mano por su pantorrilla, masajeándola, tentándola,
subió hasta la
rodilla, hasta el muslo.
Tom sintió el
preciso instante en que ella despertó. Sentía su cuerpo
arder, el
miedo de la chica lo golpeó. De forma deliberada, para que ella
supiera a que
se estaba enfrentando, deslizó la palma de su mano por el
interior del
muslo, acariciándola, frotando suavemente.
- ¡Detente!
-Ella sentía como su cuerpo ardía por él, anhelaba su contacto,
deseaba que la
poseyera. Sentía el desenfrenado latido del corazón a la par
que la lucha
mental que sostenía con él.
- ¿Te
ha tocado algún hombre de esta forma? -Tom le susurró las
palabras de
forma mortalmente sensual y oscura.
- ¡Maldito
seas, no sigas! -Las lágrimas brillaban como joyas en los ojos
azules y en su
mente- Yo sólo quería ayudarte. Ya me disculpé...
Siguió
moviendo la mano, hacia arriba, tenía que hacerlo, hasta llegar a los
pequeños y
húmedos rizos que guardaban la entrada a su lugar secreto. Dejó
la mano allí,
de forma posesiva, introduciéndose en su cálida humedad.
- Vas a
contestarme, pequeña. Todavía hay tiempo para que vengas a mí,
para
que ponga mi marca sobre ti, para que te posea -le advirtió con voz
sedosa- Contéstame.
- ¿Por
qué me estás haciendo esto?
- No me
desafíes -Tom habló ahora con rudeza, por la simple necesidad.
La acarició
con los dedos hasta encontrar el lugar más sensible- Estoy
siendo
extremadamente amable contigo.
- Ya
sabes que la respuesta es no -murmuró derrotada.
Entonces, él
cerró los ojos, y fue capaz de calmar a los salvajes demonios
que herían su
cuerpo.
- Duerme,
pequeña; nadie te hará daño esta noche.
Rompió el
contacto y se dio cuenta que su cuerpo estaba tenso, cubierto de
sudor. Era
demasiado tarde para detener a la bestia que rugía en él,
ansiando su
liberación. Ardía de deseo por ella, sentía cómo el pulso le
martilleaba
las sienes, las llamas recorrían su piel y llegaban a todas sus
terminaciones
nerviosas. La bestia surgió, mortal y hambrienta. Había sido
mucho más que
amable. Y ella, sin advertirlo, había liberado al monstruo.
Deseaba que la
joven fuera tan fuerte como él la creía.
Tom cerró los
ojos ante su otro yo maldito. Hacía siglos que había
aprendido que
no había nada que hacer. Y esta vez no quería luchar. Esta no
era una simple
atracción sexual, era mucho más. Era algo primario. Algo en
su más
profundo ser llamaba a la parte más profunda de ella. Quizás ella
anhelaba su
naturaleza salvaje de la misma forma que él ansiaba su risa y su
compasión.
¿Qué importaba? Ya no había escapatoria para ninguno de los
dos.
La buscó con
la mente suavemente, antes de cerrar los ojos y permitir que
su respiración
cesara. La chica lloraba en silencio, aún sentía en su cuerpo el
deseo que él
le había provocado tan sólo con la mente. Estaba dolida y
confundida,
tenía dolor de cabeza. Sin pensarlo, sin razonar, la envolvió en
sus fuertes
brazos, acarició su cabello y le envió toda la calidez y la ternura
que pudo para
arroparla.
- Me
temo que te he asustado pequeña; fue un error. Duerme ahora, estarás
segura -Murmuró las palabras mientras rozaba sus
sienes, su frente, con los
labios, con
suavidad, acariciando su mente con ternura.
Pudo sentir
como la mente femenina se fragmentaba, como si hubiera
estado
utilizando su capacidad telepática para seguir a alguien enfermo y
retorcido.
Parecía tener heridas mentales que aún sangraban y necesitaban
cura. Estaba
rendida de cansancio debido a su encuentro anterior y no tenía
fuerzas para
luchar contra él. Tom acompasó su respiración a la de ella,
respirando con
ella, para ella, despacio, de forma regular, acompañó los
latidos de su
corazón hasta que ella se relajó, agotada y somnolienta. Le
ordenó en un
susurro que se durmiera, y ella cerró los ojos. Se quedaron
dormidos a la
vez, pero muy alejados, la joven en la pensión, Tom en sus
aposentos.
Alguien
golpeaba la puerta de su habitación, el sonido penetró hasta lo más
profundo de su
sueño. Raven Whitney luchaba contra la espesa niebla que
mantenía sus
ojos cerrados y hacía que su cuerpo se negara a moverse. La
sensación de
alarma la recorrió de arriba abajo. Era como si la hubieran
drogado. Vio
el pequeño despertador en la mesita de noche. Eran las siete
de la tarde.
Había estado durmiendo durante todo el día. Se incorporó
lentamente,
tenía la sensación de estar atrapada en arenas movedizas. Los
golpes en la
puerta comenzaron de nuevo.
El sonido
retumbó en su cabeza martilleando sus sienes.
- ¿Qué?
Intentó que su
voz sonara calmada, aunque el corazón le latía
frenéticamente.
Estaba metida en un problema. Necesitaba hacer su
equipaje ya.
Salir corriendo. Sabía que sería inútil. ¿No era ella la única que
había seguido
mentalmente a cuatro asesinos psicópatas? Y este hombre era
mil veces más
poderoso que ella. Aunque la verdad era que se sentía
intrigada al
encontrar a otra persona con habilidades telepáticas. Nunca
había conocido
a otra persona con un don como el suyo hasta ahora. Quería
quedarse y
aprender de él, pero la forma casual en la utilizaba sus poderes
lo hacía
demasiado peligroso. Se vería obligada a poner distancia entre ellos,
quizás cruzar
el océano para sentirse a salvo.
- Raven, ¿te
encuentras bien? -La voz masculina dejaba entrever la
preocupación.
Jacob. Había
conocido a Jacob y a Shelly Evans, una pareja de hermanos, la
noche anterior
en el comedor, al llegar del viaje en el tren. Viajaban
haciendo un
recorrido turístico junto con otras seis personas. Ella se sentía
muy cansada y
no se enteró muy bien de la conversación que mantuvieron.
Raven había
venido a los Cárpatos para estar sola y recuperarse del
sufrimiento
que supuso el conocer la mente retorcida de un depravado
asesino en
serie. No había buscado la compañía de los turistas, pero Jacob y
Shelly habían
ido a buscarla. Los había olvidado por completo.
- Estoy bien,
Jacob, me temo que tengo una pequeña gripe, -le contestó ella,
sintiéndose
lejos de estar bien. Se pasó una mano trémula por el pelo- Sólo
estoy cansada.
Vine aquí para descansar.
- ¿No vamos a
cenar juntos? -estaba dolido y eso la sorprendió. No quería
que nadie le
impusiera nada y lo último que necesitaba era estar en un
comedor
atestado, rodeada de un montón de gente.
- Lo siento.
Quizás en otra ocasión -No tenía tiempo para ser educada.
¿Cómo pudo
cometer ese error tan enorme la noche anterior? Siempre era
muy cuidadosa,
evitaba cualquier contacto, nunca tocaba a otra persona,
nunca se
acercaba a nadie.
Simplemente
percibió el tremendo dolor y la soledad que irradiaba aquel
desconocido.
Supo por instinto que él tenía poderes telepáticos, que su
soledad era
mucho mayor que la de ella, que su dolor era tan enorme que se
estaba
planteando la idea de acabar con su vida. Ella sabía lo que era la
soledad. Cómo
te hacía sentir diferente. No había sido capaz de quedarse
con la boca
cerrada; necesitaba ayudarle si era capaz. Raven se frotó las
sienes
intentando aliviar el martilleo que sentía en la cabeza. Siempre le
ocurría
después de usar sus poderes telepáticos.
Obligándose a
levantarse, caminó despacio hacia el baño. Él la controlaba sin
ni siquiera
mantener contacto. La idea la aterrorizó. Nadie debería ser tan
poderoso.
Abrió el grifo por completo, esperando que el chorro de agua
despejara las
telarañas de su mente.
Había ido allí
para descansar, para deshacerse del hedor que impregnaba su
mente, para
sentirse limpia y entera de nuevo. Su preciado don psíquico la
agotaba hasta
dejarla físicamente exhausta. Raven alzó la barbilla. Su nuevo
contrincante
no la asustaría. Ella tenía disciplina y control. Y esta vez podía
huir. No había
vidas inocentes en juego.
Se vistió con
unos vaqueros desgastados y un top de ganchillo como desafío.
Había notado
que él pertenecía al Viejo Mundo y frunciría el ceño ante su
atuendo
americano. Hizo la maleta en un momento, de cualquier manera,
metiendo el
maquillaje y la ropa en la maltrecha maleta tan rápido como
pudo.
Horrorizada,
leyó el horario del tren. No pasaba ninguno hasta dentro de
dos días.
Podía usar sus encantos para pedirle a alguien que la acercara a la
ciudad más
próxima, pero eso significaba compartir la estrechez de un
coche con otra
persona durante horas. Aunque, probablemente, era un mal
menor al lado
del otro.
Escuchó una
risa masculina, ronca, divertida, burlona.
- Intentas
huir de mí, pequeña.
Raven se sentó
deprimida en la cama, se le aceleró el corazón. La voz del
hombre era
como terciopelo negro, un arma muy peligrosa.
- No te
eches flores, pez gordo. Soy una turista; yo viajo.
Obligó a su
mente a permanecer tranquila a pesar de que sentía el roce de
los dedos de
él sobre su rostro. ¿Cómo lo hacía? Era la más ligera de las
caricias, pero
la estremeció de arriba abajo.
- ¿Y
qué lugar pensabas visitar? -Tom se desperezaba perezosamente,
estaba
descansado y su mente se sentía viva de nuevo. Disfrutaba luchando
con ella.
- Pensaba
irme lejos de ti y de tus grotescos jueguecitos. Quizás a Hungría.
Siempre
quise visitar Budapest.
- Mentirosilla.
Piensas volver corriendo a los Estados Unidos. ¿Juegas al
ajedrez?
Raven parpadeó
ante la extraña pregunta.
- ¿Ajedrez?
-Repitió.
La forma de
divertirse de un hombre podía ser muy extraña.
- Ajedrez.
- Sí.
¿Y tú?
- Por
supuesto. Juega conmigo.
- ¿Ahora?
Empezó a
recogerse su espesa melena. Había algo en su voz que la cautivaba,
la
hipnotizaba. Tocaba las fibras de su corazón y aterrorizaba su mente.
- Primero
debo saciar mi apetito. Y tú también estás hambrienta. Puedo
sentir
tu dolor de cabeza. Baja a cenar y pasaré a por ti esta noche a las
once.
- De ninguna
manera. No quedaré contigo.
- Tienes
miedo - Era un insulto deliberado.
Ella se rió de
él, y el sonido hizo que las llamas envolvieran el cuerpo de
Tom.
- Puede
que alguna vez haga tonterías, pero no soy tonta.
- Dime
tu nombre.
Era una orden y
Raven se vio obligada a obedecer.
Forzó su mente
a quedarse en blanco, como una pizarra recién borrada.
Dolía, sentía
pinchazos en la cabeza, y retorcijones en el estómago. Él no iba
a coger por la
fuerza lo que ella le hubiera dado libremente.
- ¿Por
qué luchas contra mí cuando sabes que soy el más fuerte de los dos?
Te
haces daño a ti misma, te debilitas y al final ganaré de todas formas.
Siento
el efecto que esta forma de comunicarnos tiene sobre ti. Soy capaz
de
obtener tu sumisión en otras cuestiones muy diferentes.
- ¿Por
qué me obligas cuando te lo habría dicho si simplemente me lo
hubieras
preguntado?
Ella percibió
su perplejidad.
- Lo
siento, pequeña. Estoy acostumbrado a salirme con la mía sin esfuerzo.
- ¿Sin
tener la más mínima cortesía?
- A
veces es más rápido.
Raven golpeó
la almohada.
- Necesitas
pulir tu arrogancia. El hecho de que tengas poder no significa
que
tengas que ir haciendo gala de él.
- Olvidas
que la mayoría de los humanos no detectan un empujoncito mental.
- Esa
no es excusa para dejar de lado la libertad de las personas... Y tú no
usas
un empujoncito de ninguna manera; tú lanzas una orden y esperas
obediencia.
Eso es peor, porque conviertes a las personas en un rebaño.
¿Estoy
cerca de la verdad?
- Me
estás regañando.
Esta vez sus
pensamientos no llegaron tan claros, como si todas aquellas
burlas tan
masculinas lo estuvieran cansando.
- No
intentes obligarme.
Esta vez la
voz de Tom dejaba ver una cierta amenaza y bastante peligro.
- No
tengo que intentarlo, pequeña. Conseguiría tu obediencia sin esfuerzo.
Inexorable
pero suave como la seda era su voz.
- Eres
como un niño malcriado que siempre consigue lo que quiere -Raven se
puso de pie,
apretando la almohada sobre su dolorido estómago- Voy a bajar
a
cenar. Siento un terrible dolor de cabeza. Puedes meter la tuya en un cubo
de
agua para refrescarte.
Ella no
mentía; luchar contra él suponía un gran esfuerzo y empezaba a
sentir
náuseas. Se encaminó despacio hacia la puerta, temerosa de que él la
detuviera. Se
sentiría más segura entre la gente.
- Por
favor, tu nombre, pequeña -Le pidió con gran educación.
Raven se
encontró sonriendo a pesar de todo.
- Raven.
Raven whitney.
- Así
pues, Raven Whitney, come y descansa. Volveré a las once para nuestra
partida
de ajedrez.
El contacto se
rompió de repente. Raven soltó el aire de sus pulmones muy
despacio,
demasiado consciente de que debería sentirse aliviada y no
echarlo de
menos como de hecho le ocurría. Su voz la hipnotizaba y la
seducía,
sentía su risa masculina en cada conversación. Ella sufría la misma
soledad que
él. No se permitió analizar la forma en que su cuerpo volvió a la
vida con el
roce de sus dedos. Ardía por él. Lo quería. Lo necesitaba. Y sólo
la había
tocado con la mente. Su forma de seducir iba más allá de lo
meramente
físico; había algo profundo, elemental y ella no era capaz de
precisarlo. Él
había llegado al fondo de su alma. La necesidad que percibió en
él, su
oscuridad, su atormentada y terrible soledad. Ella también sentía
necesidad.
Alguien que entendiera lo que era estar tan solo, tan asustado al
tocar a
cualquier otro ser humano, tan aterrorizado por tener a alguien
cerca. Le
gustaba su voz, con la elegancia europea, y la tonta arrogancia
masculina.
Quería su conocimiento, sus habilidades.
Su mano tembló
al abrir la puerta, al respirar el aire del pasillo. De nuevo, su
cuerpo volvía
a ser suyo, se movía naturalmente, de forma acompasada,
obedeciendo
sus propias instrucciones. Bajó las escaleras corriendo y entró
en el comedor.
Había varias
mesas ocupadas, bastantes más que la noche anterior.
Normalmente,
Raven evitaba los lugares públicos tanto como le era posible,
así no tenía
por qué preocuparse de levantar su escudo protector para no
sentir las
emociones ajenas. Inspiró profundamente y entró.
Jacob le dio
la bienvenida con una sonrisa, se levantó como si esperara que
se uniera al
grupo de su mesa. Raven le sonrió a su vez, sin darse cuenta de
su apariencia,
inocente, sensual y completamente inalcanzable. Cruzó la
habitación, saludó
a Shelly y fue presentada a Margaret y Harry Summers.
Americanos.
Intentó no mostrar ninguna señal de alarma. Sabía que su
fotografía
había sido publicada en todos los periódicos e incluso en la
televisión,
durante la investigación de los últimos asesinatos. No quería ser
reconocida, no
quería volver a vivir la horrenda pesadilla que supuso la
mente
depravada y retorcida de aquel hombre. No habría lugar para un tema
tan horroroso
durante la cena.
- Siéntate
aquí, Raven - Jacob le ofreció una silla de respaldo alto.
Evitando
cuidadosamente el contacto físico, Raven se sentó. Era un infierno
estar cerca de
tanta gente. Cuando era pequeña, la cantidad de emociones
que percibía
la sobrecogían. Estuvo a punto de volverse loca hasta que
aprendió a
protegerse, a construir una barrera protectora. Funcionaba a no
ser que el
dolor o la angustia fueran demasiado fuertes, o si tocaba de
forma física a
cualquier otro ser humano. O si estaba en presencia de una
mente enferma
y malvada.
En ese
momento, con la conversación fluyendo a su alrededor y todos
disfrutando de
la cena, empezó a sentir los síntomas clásicos de la
sobrecarga de
imágenes. Unos agudos pinchazos le atravesaban la cabeza y
su estómago
protestaba. No sería capaz de comer.
Tom inspiró el
aire de la noche, moviéndose despacio por el pueblo,
buscando lo
que necesitaba. No era una mujer. No podría soportar tocar la
piel de otra
mujer. Era muy peligroso que lo hiciera en su actual estado de
excitación
sexual, estaba muy cerca de sucumbir a la transformación. Podía
perder el
control. Por eso tenía que ser un hombre. Se movió fácilmente
entre la
gente, devolviendo saludos a aquellos que conocía. Era un hombre
respetado y
querido.
Se deslizó
detrás de un joven fuerte y musculoso. Su olor era saludable, sus
venas estaban
llenas de vida. Tras una breve y sencilla conversación, Tom
envió
suavemente su orden, pasó su brazo por los hombros del muchacho. Se
internaron en
las sombras, inclinó la cabeza y se alimentó. Mantuvo sus
emociones firmemente
controladas. Le gustaba este hombre, conocía a su
familia. No
podía cometer ningún error.
Mientras
levantaba la cabeza, le asaltó la primera oleada de angustia. Raven.
Inconscientemente
había buscado el contacto mental con ella, rozando su
mente para
asegurarse de que aún seguía allí. Ahora que estaba alerta,
acabó su tarea
rápidamente, liberó al joven del trance, continuó con la
conversación,
riendo amistosamente, aceptando con alivio la mano del
muchacho al
despedirse, sujetándolo cuando pareció perder el equilibrio.
Tom abrió su
mente, se concentró en el hilo que debía seguir. Habían
pasado años –
sus habilidades estaban un poco oxidadas – pero todavía podía
“ver” cuando
quería. Raven estaba sentada a la mesa con dos parejas. Se
veía hermosa,
serena. Pero él sabía que no se sentía así. Podía percibir su
confusión, el
implacable dolor de cabeza, su deseo de saltar de la silla y
dejar atrás a
todo el mundo. Sus ojos, brillantes zafiros, parecían
atormentados,
meras sombras en un rostro totalmente pálido. Tensión. Le
sorprendió su
fortaleza. No había forma de que cualquier otra persona que
no fuera él
percibiera telepáticamente su agonía.
Y entonces, el
hombre que estaba sentado a su lado se inclinó hacia ella, la
miró a los
ojos, su cara reflejaba su inexperiencia, sus ojos deseo.
- Salgamos a
pasear, Raven -sugirió, y dejó casualmente la mano por encima
de su rodilla.
Al instante,
el dolor de cabeza de Raven aumentó, estallando en su interior,
golpeándola
detrás de los ojos. Apartó la pierna de la mano de Jacob. Los
demonios
interiores saltaron, rugieron de ira, se liberaron en una explosión.
Tom jamás
había sentido tanta furia. Recorría su cuerpo, lo reclamaba,
se apoderó de
él. Aquel tipo podía herirla, de forma tan casual, sin saberlo o
sin
importarle. Aquel tipo podía tocarla mientras era vulnerable y estaba
desprotegida.
Aquel tipo podía permitirse poner sus manos sobre ella.
Atravesó el
cielo como un rayo, mientras el aire fresco dispersaba su ira.
Raven percibió
su furia. La atmósfera de la habitación se hizo pesada; en el
exterior, el
viento empezó a soplar formando diabólicas espirales. Las ramas
de los árboles
golpeaban los muros de la pensión; el viento hacia sonar las
ventanas de
forma siniestra. Varios camareros hicieron la señal de la cruz,
mirando
asustados el repentino cambio de la noche, ahora oscura, sin
estrellas. La
habitación se quedó inesperadamente en silencio, como si todos
estuvieran
conteniendo la respiración.
Jacob jadeó,
llevándose las manos a la garganta, como si tirara de unos
dedos fuertes
y opresivos. Su cara se volvió roja, con manchas violáceas,
tenía los ojos
casi fuera de las órbitas. Shelly chilló. Un camarero joven
corrió a ayudar
a Jacob que se asfixiaba. La gente se ponía de pie, estirando
el cuello para
poder ver. Raven obligó a su frágil cuerpo a permanecer
calmado. No
podía salir ilesa con tantas emociones fluyendo a la vez.
- Libéralo
-Obtuvo un silencio por respuesta.
El camarero
intentaba ayudar a Jacob desde atrás, realizando la maniobra
de Heimlich,
aún así, Jacob cayó de rodillas con los labios azulados mientras
dejaba los
ojos en blancos.
- Por
favor. Te lo suplico. Suéltalo. Hazlo por mí.
De repente,
Jacob empezó a respirar dificultosamente, jadeando. Su
hermana y
Margaret se agacharon a su lado con los ojos llenos de lágrimas.
De forma
instintiva, Raven se movió hacia él.
- ¡No
lo toques! -Fue una orden real, sin que la aumentara mentalmente, más
atemorizante
que si la hubiera forzado con sus poderes.
Las emociones
de todas las personas de la habitación asaltaban a Raven. El
dolor y el
terror de Jacob. El miedo de Shelly, el terror de la dueña de la
pensión, el
impacto que habían sufrido los otros americanos. La agobiaban, la
golpeaban
hasta hacerla sentir frágil y desbordada. Pero era su avasalladora
ira la que
enviaba alfileres punzantes a su cabeza. Sintió nauseas, se le
revolvió el
estómago y casi se vio obligada a arrodillarse para evitar el dolor,
miró desesperada
a todos lados, buscando el tocador de señoras. Si alguien
intentaba
tocarla, ayudarla, se volvería loca.
- Raven.
La voz era
cálida, sensual, acariciante. La calma en el ojo del huracán.
Terciopelo
negro. Hermosa. Balsámica.
Se hizo un
extraño silencio en el comedor mientras Tom lo cruzaba.
Emanaba
autoridad, arrogancia. Era alto, moreno, bien formado, musculoso,
pero eran sus
ojos, llenos de energía, de oscuridad, de miles de secretos los
que atrajeron
inmediatamente su atención. Esos ojos podían hipnotizar,
seducir, como
hacía con su voz. Sabía por donde debía moverse para llegar a
ella, apartaba
a los camareros a un lado.
- Tom, es un
inesperado placer tenerte entre nosotros -jadeó con
sorpresa la
dueña de la pensión.
Echó un rápido
vistazo a la rolliza figura de la mujer.
- He venido a
por Raven. Tenemos una cita -Dijo dulcemente pero con tal
autoridad que
nadie se atrevió a discutir con él- Me ha desafiado a una
partida de
ajedrez.
La dueña de la
pensión asintió con la cabeza mientras sonreía.
- Que os
divirtáis.
Raven se
tambaleó, se apretaba el estómago con los brazos. Sus ojos de
color zafiro
eran enormes, al sentir que Tom se acercaba, levantó la
cabeza. Estuvo
a su lado antes de que fuese capaz de moverse, alargó los
brazos para
sostenerla.
- No lo hagas.
Raven cerró
los ojos, aterrorizada por su contacto. Ya no podía con tantas
emociones, no
sería capaz de soportar las poderosas irradiaciones de su
cuerpo.
Tom no dudó un
instante, la cogió en brazos y la estrechó contra su
pecho.
Mientras se volvía para salir con ella del comedor, su rostro era una
máscara de
granito. Tras ellos, los susurros y murmullos empezaron a
elevarse.
Raven se puso
tensa, esperando la descarga sobre sus sentidos, pero él
había cerrado
su mente y lo único que pudo percibir fue la enorme fuerza de
sus brazos.
Salieron a la oscuridad de la noche, Tom andaba con agilidad
y elegancia,
como si ella no pesara nada.
- Respira,
pequeña; eso ayuda.
Percibió la
pizca de diversión en la calidez de su voz. Raven hizo caso de su
sugerencia,
demasiado exhausta para luchar. Había venido a este lugar
salvaje y
apartado para curarse, pero en lugar de sentirse recuperada, su
mente estaba
todavía más maltrecha. Abrió los ojos con mucho cuidado,
mirándolo a
través de sus espesas pestañas.
Su pelo era de
color castaño oscuro, casi negro, como el del café. Lo llevaba
peinado hacia
atrás y recogido en la nuca. Su rostro podría pertenecer a un
ángel o a un
demonio, fuerte y poderoso, con una boca sensual que se
curvaba con un
amago de crueldad; sus ojos entrecerrados eran oscuros,
hielo negro,
pura magia negra.
Raven no pudo
leer su mente, sus pensamientos o emociones. Jamás le había
sucedido
antes.
- Bájame. Me
siento un poco tonta, parece que me ha secuestrado un pirata
o algo así.
Se estaban
internando en las profundidades del bosque a grandes zancadas.
Las ramas de
los árboles y los arbustos crujían con el viento. Su corazón
latía
descontrolado. Tensó el cuerpo, empujó los fuertes hombros y luchó en
vano.
Tom bajó la
mirada hacia su rostro, de forma posesiva, pero no disminuyó
el paso, y
tampoco le contestó. Era humillante que él ni siquiera percibiera
sus esfuerzos
por liberarse. Con un pequeño suspiro, Raven se permitió
apoyar la
cabeza contra su hombro.
- ¿Me
rescataste o me secuestraste?
Mostró sus
dientes blancos con la sonrisa de un depredador, de un hombre
en busca de
diversión.
- Quizás las
dos cosas.
- ¿Dónde me
llevas? -Se presionó la frente con la mano, no quería empezar
otra batalla
física o mental.
- A mi casa.
Tenemos una cita. Soy Tom Kaulitz.
Raven se frotó
las sienes.
- Puede que no
sea una buena idea, esta noche me siento un poco... -se
interrumpió al
captar con el rabillo del ojo una sombra que seguía sus pasos.
Casi se le
paró el corazón. Miró a su alrededor, volvió a mirar, lo hizo por
tercera vez.
Su mano se aferró al hombro masculino- Bájame, Kaulitz.
- Tom
-corrigió él sin ni siquiera detenerse. Una ligera sonrisa asomaba a
sus labios.
- ¿Has visto a
los lobos? -Ella notó que encogía los hombros con total
indiferencia.
- Estate
tranquila, pequeña; no nos harán daño. Este es su hogar igual que es
el mío.
Tenemos un acuerdo y estamos en paz los unos con los otros.
De alguna
forma supo que decía la verdad.
- ¿Vas a
hacerme daño? -Hizo la pregunta con suavidad, necesitaba saberlo.
Sus ojos
oscuros, pensativos, se detuvieron de nuevo en su rostro, había una
inequívoca
mirada posesiva y encerraban miles de secretos.
- No haría
daño a una mujer tal y como tú estás pensando. Pero estoy seguro
que nuestra
relación no siempre será serena. Te gusta desafiarme -Contestó
de forma tan
honesta como le era posible.
Su mirada
hacía que se sintiera suya, como si perteneciera solo a él, y él
tuviera
derecho sobre ella.
- Cometiste un
error al hacer daño a Jacob, lo sabes. Podías haberlo
matado.
- No lo
defiendas, pequeña. Permití que siguiera con vida por ti, pero no me
causaría
ningún problema acabar el asunto -Sería agradable. Ningún hombre
tenía derecho
a tocar a la mujer de Tom y herirla como ese humano
acababa de
hacer. La incapacidad del hombre de percibir el dolor que le
estaba
causando a Raven no lo absolvía de su pecado.
- Estoy segura
de que no piensas eso. Jacob no tiene la culpa. Se sentía
atraído hacia
mí -intentó explicar amablemente.
- No volverás
a decirme su nombre. Te tocó, puso su mano sobre ti.
Se detuvo de
repente, en las profundidades del bosque, tan salvaje como la
manada de
lobos que les rodeaban. Ni siquiera respiraba con esfuerzo
aunque había
andado varios kilómetros con ella en los brazos. La miró
directamente a
los ojos, de forma implacable.
- Te hizo
mucho daño.
Se quedó sin
aliento al notar que bajaba la cabeza hacia ella. Su boca se
detuvo casi
sobre su la suya, tan cerca que podía sentir su cálido aliento
sobre la piel.
- No me
desobedezcas en este asunto, Raven. Este hombre te tocó, te hizo
daño y no
encuentro ningún motivo para que siga viviendo.
Contempló su
rostro implacable.
- Estás
hablando en serio, ¿verdad? -No quería sentir la calidez que se
extendió por
su cuerpo después de oír sus palabras. Jacob le hizo mucho
daño; sintió
tanto dolor que apenas si podía respirar, y de alguna forma, sólo
Tom lo había
percibido.
- Mortalmente
en serio -Siguió andando, a grandes zancadas.
Raven
permanecía en silencio, intentando solucionar aquel misterio. Ella
sabía lo que
era el mal, lo había perseguido, se había bañado en él, en la
mente
depravada y obscena de un asesino en serie. Este hombre hablaba de
dar muerte
como si fuera algo normal. Pero no percibía maldad en él. Sabía
que estaba en
peligro, Tom Kaulitz era un grave peligro para ella. Un
hombre con
poderes ilimitados, prepotente en el uso de su fuerza, un
hombre que se
creía con derechos sobre ella.
- ¿Tom? -
Estaba empezando a temblar- Quiero regresar.
Los ojos
oscuros bajaron de nuevo hacia su rostro, percibiendo las sombras
bajo sus ojos
dilatados por el miedo. Su corazón latía alocado y su cuerpo
menudo
temblaba.
- ¿Regresar a
dónde? ¿A la muerte? ¿A la soledad? No tienes nada con toda
esa gente,
conmigo lo tienes todo. Regresar no es la respuesta. Antes o
después no
serás capaz de satisfacer sus demandas, sus peticiones. Cada
vez que les
ayudas se llevan parte de tu alma. Conmigo cuidándote estarás
más segura.
Raven se
abalanzó sobre el pecho masculino, intentando empujarle, pero sus
manos quedaron
atrapadas por el calor que desprendía su piel. Tom
simplemente
estrechó su abrazo, la diversión que le provocaban los inútiles
intentos de
Raven daban calidez a su mirada.
- No puedes
luchar conmigo, pequeña.
- Tengo que
volver, Tom -Logró controlar su voz. No estaba segura de
estar diciendo
la verdad. El la conocía. El sabía lo que ella realmente sentía,
el precio que
pagaba por su don. La atracción entre ellos era tan fuerte que
apenas si
podía poner en orden sus pensamientos.
La casa se
alzó delante de ellos de repente, oscura, amenazadora, una
confusa masa
de piedras. Raven se aferró a la camisa de Tom. El sabía
que en su
estado nervioso no fue capaz de controlar el revelador gesto.
- Estás a
salvo conmigo, Raven. No permitiría que nada ni nadie te hicieran
daño.
Con los
nervios a flor de piel, tragó saliva mientras él empujaba las pesadas
puertas de
hierro de la verja y subía las escaleras.
- Detrás de
ti.
Dejó que su
barbilla acariciara su sedoso pelo, sintiendo cómo su cuerpo se
sacudía en
respuesta.
- Bienvenida a
mi hogar -Pronunció las palabras dulcemente, arropándola con
ellas, como si
se trataran de la luz del fuego o de un rayo de sol. Muy
despacio, a
regañadientes, la dejó de pie en el suelo de la entrada.
Tom pasó a su
lado para abrir la puerta, después se apartó.
- ¿Entras a mi
casa por tu voluntad, libremente? -Le preguntó de modo
formal,
mirándola de forma abrasadora, clavándole la mirada en los labios
antes de
posarla en los ojos.
Estaba
asustada, podía leer en ella fácilmente, un ser salvaje y cautivo que
quería confiar
en él pero que se sentía incapaz de hacerlo, tentada a salir
corriendo,
arrinconada, pero deseosa de luchar hasta el último momento. Lo
necesitaba
casi tanto como él la necesitaba a ella. Tocó el marco de la
puerta con la
yema del dedo.
- Si digo que
no, ¿me llevarás de regreso a la posada?
¿Por qué
quería estar con él cuando sabía que era un hombre terriblemente
peligroso? Él
la estaba “empujando”; ella podía percibirlo porque sus poderes
psíquicos
estaban demasiado desarrollados como para no darse cuenta. Se
veía tan solo,
tan orgulloso, y sus ojos ardían de deseo por ella, hambrientos.
No le
contestó, no intentó convencerla, simplemente se quedó de pie, en
silencio,
esperando.
Raven emitió
un pequeño suspiro, sabiéndose derrotada. Nunca antes había
conocido a
otro ser humano con el que pudiera sentarse y hablar, incluso
tocarlo sin
sufrir el bombardeo de pensamientos y emociones. Eso ya era
una forma de
seducción.
Traspasó el umbral
de la entrada. Tom la agarró del brazo.
- Libremente; dilo.
- Libremente. Lo hago por
mi voluntad -Entró a su casa, mirando hacia el
suelo. No vio la alegría
salvaje que iluminó su rostro.
HOLA!!! EMPEZAMOS CON EL PRIMER CAPITULO ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ES CORTA LA NOVELA Y MUY ADICTIVA ... HASTA PRONTO Y BIENVENIDAS :))
Siguelaaa
ResponderEliminarMe encanto, espero el próximo cap..
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